Por una agenda global de salud más sana

El 25 de septiembre los líderes mundiales se reunirán en Nueva York en una sesión especial de las Naciones Unidas para trazar un camino hacia un nuevo conjunto de Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Descrita como una «oportunidad generacional», tiene un potencial realmente grande. Pero las señales que se pueden advertir hasta el momento sugieren que las metas óptimas de salud podrían no llegar a lograrse.

Los ODS sucederán a los Objetivos de Desarrollo del Milenio, adoptados en 2000 y que tienen como plazo el año 2015. Han demostrado ser útiles para movilizar la voluntad política y concentrar los recursos financieros en un conjunto limitado de necesidades básicas en países de ingresos bajos y medianos, y han logrado mejorar las vidas de millones de personas, especialmente en el África subsahariana.

El marco de los ODS ha sido objeto de un año de amplias consultas, presiones de grupos de interés y debates. En unas cuantas áreas está emergiendo un consenso: los nuevos objetivos deben abordar los ODM que no se han podido alcanzar aún; deben abarcar no solo la pobreza, sino también los límites del planeta, incluido el cambio climático, y tener un alcance universal, abordando por igual retos como la creciente desigualdad en los países pobres y ricos.

Tiene mucho sentido plantearse un objetivo universal de salud. Algunas afecciones, como determinadas enfermedades tropicales, son exclusivas de los países en desarrollo, mientras que otras, como el SIDA, la tuberculosis, la malaria y la mortalidad materna, afectan a los países pobres de manera desproporcionada. Pero, en su mayor parte, en la última década se ha logrado determinar un conjunto universal que abarca la gran mayoría de las enfermedades y muertes prevenibles en todas las regiones del mundo. Desafortunadamente, la agenda de salud propuesta parece pasar por alto esta tendencia.

El estudio Global Burden of Disease (“Coste mundial de la enfermedad”), realizado por cientos de científicos a lo largo de varios años, ofrece las mejores estimaciones comparables con respecto a las causas de muerte y discapacidad y sus factores de riesgo subyacentes. Los datos son contundentes acerca de lo que nos enferma y mata prematuramente.

Las enfermedades no transmisibles (ENT) causaron dos de cada tres muertes en el mundo en 2010, y las proyecciones indican que para el año 2030 serán la causa más común de mortalidad en África. En gran medida, algunos comportamientos de riesgo les abren camino: el tabaquismo (segundo puesto en la clasificación mundial de factores de riesgo), el consumo de alcohol (tercero), la obesidad y la mala alimentación (sexto y séptimo, respectivamente) y la inactividad física (décimo).

A finales de julio, el secretario general de la ONU Ban Ki-moon publicó un breve informe para el próximo debate de la Asamblea General. Si bien plantea con claridad la necesidad de abordar los ODM existentes, solo menciona brevemente el problema de las ENT. A pesar de que hace un llamado para «promover comportamientos saludables», no incluye ninguna medida para controlar el tabaquismo, reducir el consumo excesivo de alcohol ni mejorar los hábitos de alimentación; en lugar de ello se centra únicamente en temas relacionados con el agua, el saneamiento y la higiene (sin duda, aspectos benéficos todos ellos).

¿Por qué las ENT, que más muertes causan en el mundo, tienen un perfil tan bajo si se tiene en cuenta la evidencia sobre las necesidades de salud actuales y futuras?

Es posible encontrar algunas pistas si se da una mirada a los procesos de consulta que llevaron a la elaboración del informe del Secretario General. De los 99 artículos consultados, 15 procedían de organizaciones que promueven la salud y los derechos sexuales y reproductivos, mientras que solo cinco eran de grupos centrados en las ENT (seis si se incluye un documento de un grupo que recibe apoyo de la industria del alcohol).

Lo que es igual de importante: simplemente se pasó por alto una gran cantidad de evidencias. Una revisión de los documentos presentados al Secretario General por el Grupo de Alto Nivel sobre la Agenda de Desarrollo post-2015, encabezado por los Presidentes de Indonesia y Liberia y el Primer Ministro de Gran Bretaña, revela una amplia gama de recomendaciones sustentadas en una comprensión profunda de los problemas de salud globales actuales y futuros.

Los expertos reconocieron que se está dando en el mundo una transición de los problemas de salud desde las enfermedades transmisibles a las no transmisibles. Recomendaron enfáticamente incluir «intervenciones para reducir el consumo de alcohol y tabaco». Sin embargo, el Grupo de Alto Nivel llegó a una postura que la revista médica The Lancet caracterizó como un compromiso «débil» para hacer frente a las enfermedades no transmisibles.

No es ninguna novedad que las ENT acaben en un lugar poco prioritario en la agenda de salud global. Un comité independiente de expertos convocado por la Organización Mundial de la Salud encontró que la industria del tabaco ha utilizado por años tácticas creativas, secretas y eficaces para desviar la atención de la OMS de las enfermedades no transmisibles. Recientemente, se ha revelado en varias publicaciones que la industria alimentaria ha seguido estrategias similares para influir en las políticas de salud mundiales.

¿Cómo podemos superar el papel que los intereses creados pueden estar jugando en el establecimiento de una agenda de salud mundial que no logra hacer frente a las principales causas de las enfermedades? Tal vez una respuesta esté en escuchar más a las comunidades directamente afectadas.

Por ejemplo, las personas que viven con VIH o están afectadas por el virus han sido protagonistas de dinámicos movimientos sociales que han planteado exigencias de cambios a nivel nacional y mundial, logrando desmantelar barreras legales y sociales que elevaban los riesgos, y articular normas y estándares en materia de derechos humanos. Como resultado, se han alcanzado enormes avances en cuanto a prevenir las infecciones y mantener con vida a las personas seropositivas.

La Asamblea General de la ONU haría bien en escuchar y aprender de esa experiencia. Todo el mundo, incluidos los más marginados y vulnerables, tiene derecho a una buena salud, que es esencial para la dignidad humana y el desarrollo económico. Pero la defensa de este derecho exige que quienes diseñan las políticas se centren en lo que hace que las personas se enfermen. Puede que una agenda que los poderosos intereses corporativos prefieran sofocar sea un trago amargo para los líderes del mundo, pero más temprano que tarde lo deberán asimilar.

Kent Buse is Chief of Political Affairs and Strategy, UNAIDS. Sarah Hawkes is Reader in Global Health and Wellcome Trust Senior Fellow in International Public Engagement at the Institute for Global Health, University College London. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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