Por una diplomacia nuclear

En cierto modo, las últimas negociaciones sobre el programa nuclear de Irán entre este país y los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania (P5 +1), que se han celebrado en Ginebra estos días, parecen ser muy prometedoras. Como mínimo, el presidente iraní, Hasan Rohani, se ha comprometido a adoptar un enfoque más conciliador.

Pero los negociadores han de atravesar difíciles circunstancias, que incluyen la incertidumbre económica en Occidente y la intensa agitación política en Oriente Medio y el norte de África, por no hablar de una larga historia de desconfianza y estancamiento. Para maximizar las posibilidades de éxito, deberían considerar las “mejores prácticas” de negociaciones nucleares coronadas con éxito en el pasado, con el acuerdo de cooperación nuclear entre Brasil y Argentina.

Durante muchos años, Brasil y Argentina quedaron bloqueados en un dilema en materia de seguridad. Ambos anhelaban ser reconocidos como potencias nucleares y, de hecho, constaba un activo apoyo interno favorable a la proliferación en algunos círculos de ambos gobiernos. Hallándose ambos países al borde de la consecución de armas nucleares, el resto del mundo mostraba comprensiblemente un estado de nervios y preocupación. Pero desde mediados de la década de 1980, la amenaza en cuestión de seguridad ha menguado considerablemente. Si bien el inteligente liderazgo estratégico, los sistemas políticos democráticos y la interdependencia económica contribuyeron a este cambio, la transición de la competencia nuclear a la cooperación nuclear –favorecida por valores compartidos, intereses comunes y entendimiento pragmático entre destacados científicos, políticos y personalidades militares– desempeñó un papel decisivo.

Argentinos y brasileños nunca fueron ingenuos ni simplistas sobre sus objetivos e intereses. Fueron capaces de explorar y definir un escenario de negociación de consecuencias recíprocamente beneficiosas. Un fiable y eficaz Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y un relativamente equilibrado e influyente Consejo de Seguridad de la ONU ayudaron considerablemente sus esfuerzos de no proliferación. El fin de la guerra fría y la democratización interna fueron asimismo fundamentales, ya que dieron lugar a una observancia más estricta del Estado de derecho y a un mayor control civil de los militares.

Una serie de iniciativas de Argentina y Brasil –tales como la creación de la Agencia de Contabilidad y Control de Materiales Nucleares (Abacc) en 1991 y la posterior adhesión de ambos países al tratado de No Proliferación Nuclear– reforzó la desaparición de sus esfuerzos nucleares militares. La Abacc –única agencia de este tipo reconocida por el OIEA– tuvo un papel especialmente importante, ya que legitimó las intrusivas inspecciones bilaterales, reforzó el derecho al desarrollo nuclear civil, propició confianza mutua, ganó la aprobación popular en ambos países y se ganó la estima internacional.

En la actualidad, Argentina y Brasil desarrollan conjuntamente un reactor nuclear polivalente de carácter no militar. Son mucho más autónomos en materia de política exterior de lo que eran hace cuatro décadas, cuando equiparaban la independencia con la capacidad nuclear. Brasil se ha convertido en una potencia emergente importante en el escenario mundial y Argentina ha reforzado su programa nuclear civil y ha mejorado sus políticas exteriores sobre esa cuestión.

Sin duda, no ha resultado fácil llegar a este punto, pero era la única opción. Durante los sesenta y los setenta, el frecuente estancamiento diplomático obligó a los líderes de Argentina y Brasil a reconsiderar las negociaciones internacionales. Su comprensión fundamental –que los hechos concretos significan más nobles intenciones– configuró las conversaciones entre los dos países. En este sentido, la historia de estancamiento en las conversaciones nucleares con Irán podría servir de catalizador para el avance en la cuestión.

El caso de Argentina y Brasil sugiere cinco lecciones importantes para los participantes en las actuales negociaciones nucleares sobre el programa nuclear de Irán.

1) Las posiciones maximalistas están condenadas al fracaso, la cooperación siempre es posible.

2) Las soluciones parciales, paso a paso, pueden fomentar la confianza y la reciprocidad con más eficacia que las estrategias supuestamente globales y permanentes.

3) El realismo es esencial; la conducta coherente y verificable es más importante que las promesas idealistas.

4) Las instituciones y las normas internacionales son decisivas; deberían alentarse y garantizarse mediante procedimientos multilaterales los compromisos unilaterales o bilaterales para evitar o suspender proyectos de armas nucleares.

5) El objetivo estratégico de todos los protagonistas involucrados, directa o indirectamente, debe ser el fortalecimiento del régimen mundial de no proliferación. De lo contrario, tarde o temprano, el interés propio, la doble moral, los mayores riesgos internacionales y las preocupaciones internas alentarán la proliferación.

Las principales potencias nucleares pueden sobrevivir en un mundo en el que las potencias menores posean pequeños arsenales nucleares. Es el resto del mundo –especialmente en países vecinos de estos países– el que sufre las consecuencias de un régimen de no proliferación nuclear disfuncional e ilegítimo. Por el bien de todos, los participantes en estas conversaciones sobre el programa nuclear de Irán deberían aplicar las lecciones obtenidas en Argentina y Brasil.

Juan Gabriel Tokatlian, director departamento de Ciencia Política, Universidad Torcuato Di Tella, Buenos Aires. Copyright: Project Syndicate, 2013. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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