Por una economía sin populismo

Entre las conclusiones del seminario «Barcelona Economics Network», celebrado conjuntamente en Sevilla por la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo y la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras (Racef), destaca que es en la fase de recuperación del ciclo cuando las acciones emprendidas, si son las pertinentes, adquieren la mayor efectividad. Y esta es la fase en que nos encontramos en todas las orillas de nuestro mar. Es quizás este aspecto el único en donde existe coincidencia entre los estudiosos de los ciclos económicos, desde los primeros trabajos teóricos de Wesley Mitchell a los de Shumpeter. Sea el tratamiento del ciclo corto de Kitchin, el mediano de Juglar o el largo de Kondratiev, es momento ahora de hacer los ajustes que el sistema económico demanda, a la vez que insertamos los estímulos para una prosperidad sólida, duradera y compartida.

Como tantas veces hemos repetido desde la Academia, lo que nosotros no hagamos ahora lo harán otros y el desfase existente entre países y entre ciudadanos de un mismo país se agrandará y se hará crónico. Por eso, nos permitimos sugerir a nuestros políticos que dediquen unas pocas horas a leer los trabajos sobre la «Teoría del ciclo real» de los Nobel 2004, Finn E. Kydland y Edward C. Prescott, académico el primero de nuestra Real Corporación y presidente del Observatorio Económico Financiero. De manera especial, esa llamada va dirigida a los últimos gobiernos de mi querida Cataluña en relación con la quimera de la secesión de España. Les aseguro que las pocas horas invertidas en la recomendada lectura tendrán un rendimiento exponencial para la futura prosperidad de catalanes y españoles, una prosperidad compartida, si realmente es ese el objetivo que en verdad desean alcanzar.

Tenemos por delante un ejercicio combinado de razón y emoción envuelto en una alta dosis de tesón para preparar desde la recuperación una fase expansiva repleta de promesas, pero también llena de exigencias. Podemos ejercer el derecho de renuncia, pero si así lo hacemos, nunca después podremos culpar a los demás de nuestros propios fracasos.

Tic, tac. El reloj de la fase de recuperación no deja de avanzar. Cada tic, y cada tac es un movimiento de cierre de las posibilidades de hacer las imprescindibles reformas, de emprender los nuevos caminos que llevan al progreso. En su momento, hicimos una fuerte y firme apuesta por Europa. Durante años hemos recogido los frutos de esta opción. No es hora de abandonar el proyecto que ha rescatado de una manera u otra a países en grave peligro y está asumiendo con cierta dignidad la deserción de uno de los más poderosos.

Quizás sea ahora el momento de plantearnos la conveniencia de dotar a Europa de renovadas estructuras y normas de funcionamiento. La UE debe ser capaz de potenciar el crecimiento económico como lo ha hecho hasta ahora con mayor o menor éxito. Pero también debe insistir en el empeño de conseguir una mejor distribución del crecimiento.

Uno de los efectos del periodo recesivo y depresivo que acabamos de superar es la creciente sensación de injusticia que ha propiciado el mal reparto de las pesadas cargas propias de las políticas antidepresivas. Eso es cierto. Como también lo es que el desfase que existe entre las realidades de nuestro entorno y las políticas económicas adoptadas para mejorar la convivencia ciudadana, es un terreno propicio para los populismos.

El populismo ejerce su «magisterio» a través de criterios binarios que consiguen simplificar y convertir realidades complejas en planteamientos sencillos, comprensibles por un amplio espectro de la población, sin necesidad de esfuerzo alguno. Unos mensajes populistas que insistentemente repetidos se aceptan como verdades incuestionables convirtiéndose en prototipos de «posverdad», que es peor que la mentira, porque añade a su maldad el contagio de la confusión.

Ante problemas complejos no valen soluciones simples. Así, cuando en Cataluña, mi tierra, como consecuencia de los rigores que sucedieron a la crisis del 2008 se establecieron recortes en los servicios públicos, el populismo independentista gritaba «España nos roba». Pero también cuando en Alemania los rigores de la obligada austeridad hacían mella en el poder adquisitivo, el extremismo populista proclamaba «los inmigrantes nos quitan el pan».

Afortunadamente, aquí, allí y en todas partes disponemos de una repuesta humanista. Un grito y una proclama surgida desde la fuerza de la razón y desde el valor de la emoción que dé respuesta a la complejidad de nuestros sistemas económico y social para encontrar buenas soluciones desde lógicas multivalentes y la matemática difusa para que el crecimiento posibilite la redistribución de la riqueza y propicie la reducción de la desigualdad socioeconómica.

Jaime Gil Aluja, presidente de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras.

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