Por una Europa menor

Por Franco Berardi (Bifo), escritor. acaba de publicar su primer libro en español: La fábrica de la infidelidad (Madrid, Traficantes de Sueños, 2003). Traducción del italiano por Patricia Amigot Leache y Manuel Aguilar Hendrickson (Archipiélago nº 58, NOV/03):

Europa ha sido derrotada y hay que repensarla. Sólo puede hacerlo el movimiento del general intellect, haciéndose autónomo del dominio de un capital retroglobal y nazi-liberal.

La derrota

A primeros de junio de 2003, interpelados por un artículo firmado por Jürgen Habermas y Jacques Derrida (1), algunos prestigiosos intelectuales intervinieron, mediante artículos publicados en diversos países, en el debate sobre el proceso de unidad europea, proceso que atraviesa un momento especialmente delicado y dramático. Ya era hora de que sucediese algo así, pues en los últimos años el proyecto político europeo no ha suscitado ni movilizaciones sociales, ni reflexiones intelectuales, ni pasiones cívicas. Hasta ese momento el proceso de unidad europea ha sido asunto de banqueros y burócratas, una aséptica obra de ingeniería administrativa. El concepto “Europa” ha quedado, así, desenfocado, la discusión sobre la elaboración de una Constitución europea ha alcanzado sólo a las élites políticas y el interés por el proceso de creación de una entidad política original ha sido exiguo. No son de añorar, desde luego, las retóricas nacionalistas que acompañaron en otro tiempo los procesos de formación de nuevas entidades políticas, entre redobles de tambor y proclamas de superioridad agresiva. Pero en el proceso de unidad europea está en juego la única posibilidad de invención política que podría innovar en el panorama mundial. Por ello, conceptualizar el espacio europeo debería convertirse en la principal finalidad del movimiento de pensamiento autónomo. El llamamiento de Habermas y Derrida tiene, por tanto, una función positiva, porque convoca a asumir las responsabilidades intelectuales y señala a Europa como el foco de atención, no sólo política, sino también filosófica. Pero me temo que el paradigma de pensamiento en el que se mueve su aportación es inadecuado para hacer frente a la situación actual. El intento de Habermas y Derrida es noble pero conduce a la derrota, porque parte del punto de vista de una identidad cultural del pasado. En los últimos meses hemos asistido a la derrota del proyecto unitario europeo tal como había madurado hasta la fecha. Esta derrota está ligada a la obsolescencia del paradigma conceptual ilustrado y humanista dentro del cual se ha movido la historia europea y que tal vez no sirva ya para elaborar lo que de novedoso emerge en la historia del mundo.

Los signos de la derrota se han hecho evidentes en la confrontación que ha opuesto el núcleo franco-alemán de la Unión Europea al frente belicista construido desde el inicio de la presidencia Bush. El primer objetivo de la presidencia norteamericana en la guerra iraquí de la primavera de 2003 era la derrota y la división de la Unión Europea. Este objetivo ha sido alcanzado. Europa debe redefinir estratégicamente no sólo su función geopolítica, sino también su especificidad cultural y social, si quiere tener un papel original y autónomo y si quiere conquistar su derecho a la existencia.

El nacional-liberalismo: devastación económica y guerra preventiva

El frente belicista que se constituyó bajo la dirección de la presidencia Bush tiene como objetivo la extensión ilimitada del principio liberal. Aunque ya es evidente que la primacía de los intereses privados sobre el interés colectivo ha llevado al colapso de las estructuras de la vida social civilizada, los grupos dominantes de la economía mundial no tienen ninguna intención de dar marcha atrás en esa política y, por el contrario, quieren llevar hasta sus más extremas consecuencias la privatización de cualquier fuente de energía, de todo espacio comunicativo y de todo bien y servicio primario. El egoísmo nacionalista o de clan prevalece ya sobre la retórica del globalismo. La intervención estatal autoritaria sustituye a la dinámica del libre mercado para imponer los intereses de las grandes empresas con frecuencia cada vez mayor. Un liberalismo nacionalista, profundamente antiglobalista, se está formando bajo el escudo de la guerra infinita norteamericana. Lo llamaremos nacional-liberalismo. La privatización del agua, del patrimonio genético y del espacio de la comunicación son los nuevos terrenos sobre los que se proyecta el plan de conquista de las empresas globales. El proceso europeo sólo tendrá sentido si es capaz de ser autónomo frente a esta tendencia y de preparar su inversión. Pero el actual grupo dirigente europeo no tiene ni la cultura, ni la intención ni, sobre todo, la potencia necesarias para oponerse al proyecto nacional-liberal. Por ello, dicho grupo dirigente no puede llevar a término el proyecto europeo, que debe, por el contrario, convertirse en objeto de reflexión y de acción de los movimientos sociales anticapitalistas. Sólo así podría tener un carácter original el proceso de unificación europea. Y, así, los movimientos sociales antiliberales hallarían una meta positiva.

La peligrosa ilusión del nacionalismo europeo

A lo largo del último año, en paralelo a la acentuación del tono belicoso del gobierno norteamericano, se han extendido las ilusiones sobre la autonomía de la entidad política europea. A pesar de su debilidad estratégica y militar, o tal vez gracias a ello, muchos han creído que una Europa bajo dirección franco-alemana podía constituir una alternativa al modelo norteamericano. En mi opinión ha sido un modo equivocado de plantear la cuestión. Al plantear el problema en esos términos se ha acabado por pensar en el proyecto europeo en términos nacional-europeos. La idea de que un polo ruso-franco-alemán pudiera constituir el partido de la paz y un punto de resistencia contra el naziliberalismo carece de fundamento.

Francia y Alemania defendían sus intereses económicos y geopolíticos al oponerse a la estrategia norteamericana de guerra de agresión. Y sus intereses económicos y geopolíticos llevan a la derrota. El nombre nazistoide de la película de guerra Shock and awe2 a la que hemos asistido impotentes durante la primavera de 2003 muestra con claridad que la estrategia norteamericana pretendía amenazar y aterrorizar no sólo a los países árabes, no sólo al mundo islámico, sino también a todas las potencias nacionales y a todas las fuerzas sociales que tratan de buscar caminos alternativos a la dictadura global nazi-liberal. Si a esta amenaza oponemos un proyecto de tipo nacionalista europeo la batalla está perdida de antemano.

De nada valdrán las alquimias sobre los mecanismos de decisión. Europa está dividida y subordinada, y no logrará convertirse en una potencia militar capaz de obstaculizar o condicionar el nazi-liberalismo norteamericano. Y si lo lograse, construyendo un ejército poderoso y unificado y una improbable capacidad de decisión político-militar, constituiría una pesadilla adicional, y no la liberación de nuestras actuales pesadillas.

Ni Norteamérica ni Europa: un movimiento global contra la guerra y el nazi-liberalismo

La idea de una contraposición entre hegemonismo norteamericano y autonomía europea, cuyo contenido sería la defensa de los derechos civiles y el liberalismo moderado de la socialdemocracia, ha ganado terreno también en el seno del movimiento global. Pero esta imagen debe ser rechazada. No hay Norteamérica y Europa. Hay una opinión democrática euroamericana contra la guerra. Es una opinión contra la guerra que es ampliamente mayoritaria en Europa y minoritaria en Estados Unidos. Ésa es la cuestión.

Europa ha salido derrotada de la confrontación. Pero lo que importa es la constitución de una cultura cosmopolita e internacionalista opuesta a la guerra. ¿Hay que olvidarse de Europa, por tanto? No, en absoluto. El movimiento democrático antiliberal debe oponerse a la reducción de la idea de Europa a un nacionalismo geopolítico y económico y debe afirmar una idea de Europa como principio de construcción extensiva, postnacionalitaria y desde abajo. Lo mejor de la experiencia europea es (ha sido), precisamente, eso: la creación de redes que no coinciden con ningún territorio y que se extienden hasta zonas distantes de la Europa histórico-geográfica.

Al mismo tiempo, es necesario pensar en el futuro de Estados Unidos sin caer en el antiamericanismo. Estados Unidos se encuentra hoy cercano a un fascismo militar. La presidencia Bush va decididamente hacia la imposición de un régimen violento, oligárquico y fascista. En un artículo titulado “Gaining an Empire, Losing Democracy”3, Norman Mailer escribió: “La combinación de poder capitalista, sistema militar y fanatismo de la bandera ha creado ya una atmósfera prefascista en América”.

Es difícil sustraerse a la idea de que el clan Bush es tan peligroso como lo fuera el partido nacionalsocialista alemán, dejando aparte la disponibilidad de armas de destrucción masiva de las que Hitler, afortunadamente, carecía. Pero Estados Unidos no es como la Alemania de los años 30. Es necesario apoyarse en la contradicción entre la cultura democrática y libertaria de los norteamericanos y el nacionalismo bushista si se quiere salir de la trampa que nos ha tendido la ideología de la guerra preventiva. Sólo un movimiento en Estados Unidos podrá librar a la humanidad del peligro del fascismo global, cosa que no se logrará oponiendo a los vicios del hegemonismo norteamericano las viejas virtudes europeas. Bush es, ante todo, el enemigo de los norteamericanos. El movimiento global debe derrotar a Bush en Estados Unidos, junto a su furia nacionalista y el liberalismo que ha llevado a esta locura. La elaboración de una idea de Europa debe servir, también, para eso: para suscitar un nuevo movimiento capaz de disgregar al bloque social nazi-liberal y no para crear una oposición entre identidad europea y desterritorialización norteamericana.

La herencia perdida de la Ilustración europea

Con el llamamiento de Habermas y Derrida, la aristocracia intelectual europea ha intentado relanzar un diseño más elevado, fundado en el patrimonio cultural europeo. ¿Qué queda con vida de ese patrimonio? Tratemos de señalar los elementos esenciales de la tradición política europea. En su base hallamos la lección del Humanismo que coloca la universalidad de la razón humana en el lugar de la fuerza. Hallamos igualmente los elementos distintivos de la historia política de la modernidad, construida a lo largo de sucesos decisivos como la Revolución Francesa, la afirmación wilsoniana de la autodeterminación de los pueblos, la declaración de los Derechos del Hombre y el proceso de descolonización.

El elemento común de estos acontecimientos es la suspensión de la fuerza a favor del derecho, que es manifestación de la universalidad de la Razón. Ahí se halla la especificidad de la época moderna. Pero esa especificidad parece desvanecerse ante la difusión de la violencia particularista y de las armas de destrucción masiva, ante la afirmación de un regulador político hegemónico pero no universal: un regulador que no es la Ley, el Derecho o la Razón, sino el terror, el uso de la fuerza como amenaza y constricción.

Los dos elementos filosóficos fundamentales de la modernidad, de la que la cultura europea ha sido cimiento, son la afirmación ilustrada de los derechos humanos fundados en el carácter universal de la Razón y la afirmación romántica de una identidad popular, nacional y territorial. Y son precisamente estos dos fundamentos irrenunciables de la identidad cultural europea los que parecen estar saliendo de escena en el mundo.

La desterritorialización producida por el infocapitalismo y la telemática digital ha hecho entrar en crisis las identidades tradicionales y, al mismo tiempo, ha excitado como reacción las reivindicaciones de identidad. Las identidades no han desaparecido, sino que se han transformado en obsesiones reactivas, agresivas y resentidas. Lo que queda del Romanticismo aparece hoy degradado, reducido a formas nacional-populares o, peor aún, a localismo racista y comunitarismo securitario. El Romanticismo no tiene ya ninguna capacidad de gobierno universalista porque en la sociedad real prevalecen los particularismos armados enfrentados entre sí.

La barbarie

El enfrentamiento que el grupo neoconservador ha sostenido con la UF y la ONU ha marcado el fin de la primacía del derecho. En los meses que han precedido y seguido a la guerra iraquí, la presidencia norteamericana ha tratado de afirmar algo fundamental: nada es más importante que la fuerza. Quien posee la fuerza puede hacer cualquier cosa, y nada limita su uso. Por ello el Consejo de Seguridad de la ONU y la Unión Europea fueron condenadas a la irrelevancia en cuanto se distanciaron de las decisiones de guerra preventiva. La presidencia norteamericana no ha tratado de ocultar ni de atenuar el sentido de su acción. La primacía de la fuerza se ha convertido en elemento central de su doctrina. Es necesario tomar buena nota: ésa es la doctrina que ocupa el lugar del universalismo político moderno. El derecho no cuenta, y sólo vale la fuerza. Para el pensamiento ilustrado que se halla en la base de la construcción cultural europea significa, simplemente, la derrota.

Desde ahí debemos partir si queremos repensar el proyecto político europeo fuera y más allá de los límites del pensamiento político moderno, más allá del contexto filosófico ilustrado y romántico. No podemos pensar en detener la barbarie postmoderna reafirmando principios cuyos fundamentos sociales se han disuelto. La base social de la Ilustración fue, en Europa, la existencia de una burguesía hegemónica en la producción, la política y la cultura. Esta burguesía de tipo protestante y democrático ya no existe, o ha perdido su papel hegemónico. La sociedad del semiocapitalismo postindustrial produce e intercambia sobre todo mercancía-lenguaje. La ley rigurosa de la determinación del valor de las mercancías por el tiempo de trabajo necesario ha sido sustituida por la aleatoriedad de los valores fluctuantes. La mentira, la violencia, la arbitrariedad y la relación mafiosa no son ya desviaciones excepcionales de la norma, sino la ley misma del infocapital. La premisa de la democracia moderna era la existencia de una esfera pública en la cual podía formarse una opinión pública relativamente independiente. Una segunda condición era el respeto de esa voluntad por parte del poder político. El consenso era la base de la democracia. Pero hoy, de todo eso sólo queda la retórica y los rituales, no su sustancia efectiva. No hay ya ningún proceso de formación de la opinión que sea independiente del poder ilimitado de los medios de comunicación dominados por el gran capital.

El movimiento después del 15 de febrero de 2003

El 15 de febrero ha sido el punto de arribada de la historia del movimiento global iniciado en Seattle. Tras el 15 de febrero la historia del movimiento alcanzó un punto de inflexión. El movimiento se fundó sobre la premisa de que la movilización demostrativa podía erosionar el apoyo a la política liberal. Era cierto: fue cierto desde Seattle a Génova. Pero tras el 11 de septiembre, el poder sobre el proceso de globalización capitalista ha pasado de las manos de una clase política globalista a una clase puramente criminal. Por eso no tiene ya demasiado sentido seguir con la política demostrativa, con la contestación ritual (violenta o no, da igual) de las cumbres del poder global. La clase económica, política y militar representada por Bush es un conglomerado de intereses que busca la eliminación física de una parte de la humanidad, la destrucción sistemática del medio ambiente del planeta y la colonización definitiva de la mente humana. No es concebible que se pueda detener a ese grupo económico, político y militar con la crítica política ni erosionando su consenso. Ese grupo puede producir guerra a su antojo e imponer el consenso de ese modo. La actitud del gobierno Bush tras el 15 de febrero significa, simplemente, eso: “No necesitamos consenso. Ejercernos el poder gracias al uso de la fuerza, gracias al terror sistemático y a la gestión de un aparato global de infiltración de la mente colectiva, cuyos vértices son Rupert Murdoch y Bill Gates, y cuyos vasallos son pequeños mafiosos locales como Berlusconi”.

Es necesario comprender el mensaje que llega desde la presidencia Bush y sacar la conclusión lógica: el movimiento tiene que cambiar de método de acción. En estos años ha logrado un resultado extraordinario: ha erosionado los apoyos de las políticas liberales y ha abierto un proceso de autoorganización del trabajo cognitivo. Pero el contexto ha cambiado de forma tan dramática que no tiene sentido seguir por el mismo camino. El G8 de Evian lo ha demostrado. Los G8, los encuentros multilaterales de las potencias globalistas, no tienen ya demasiada importancia. El poder está concentrado en las manos de algunos grandes monopolios planetarios del petróleo, de la información y de la tecnología militarizada. Por ello, la manifestación periódica contra las grandes cumbres se vuelve puro testimonio.

El suicidio homicida de masas

En otros momentos de la historia moderna, frente a la tiranía y la violencia, hombres y mujeres respondían legítimamente tomando las armas, formando grupos partisanos y combatiendo contra la opresión. Esto no sucederá esta vez, porque la nueva generación ha comprendido que la violencia genera fascismo, como el fascismo genera violencia, y porque la existencia de la que este movimiento es expresión es incompatible con la acción militar.

Además, no es imaginable una inversión de las relaciones de fuerza, porque en el terreno de la fuerza la distancia entre quienes detentan el poder y la mayoría de la sociedad planetaria es absoluta: es la distancia que media entre el cóctel molotov y la bomba atómica. Hay otra forma de acción que resulta razonable para la desesperación de quien no ve ya posibilidad alguna de futuro humano: el suicidio homicida. El suicidio se está convirtiendo en la principal causa de muerte entre la población juvenil y debemos esperar que un número creciente de personas, y no sólo de fe islámica, elijan transformarse en bombas homicidas y se vuelen a sí mismos en lugares concurridos, para aplacar su desesperación y vengarse de los opresores. Es una perspectiva pavorosa, pero la más probable, y vemos cómo se dibuja con claridad, como una moda de masas, como un comportamiento contagioso, ejemplar y extendido.

No hay ninguna esperanza: ¡inventémosla!

Es difícil afirmar, en este momento, que haya esperanza. Hasta en los momentos más terribles del siglo xx, cuando las tropas de la Wehrmacht invadían Europa y la bestia nazi se ensañaba con sus víctimas indefensas, se atisbaba una esperanza en el horizonte. Era la esperanza del comunismo que animaba a millones de obreros, era la esperanza de la democracia, era la esperanza del progreso técnico y social. Pero hoy no queda nada de esas esperanzas. La palabra “comunismo” evoca recuerdos de opresión, de hipocresía y de oscurantismo. La palabra “democracia” ha perdido toda credibilidad desde que su paladín es Bush. La técnica ha logrado éxitos portentosos, pero de ellos se ha apropiado el sistema de poder y los ha convertido en instrumentos de control, de violencia y de muerte. No podemos hablar en nombre de la esperanza, porque hoy sólo los hipócritas pueden alimentarla. Pero tampoco podemos quedarnos en el hecho de la desesperación, como si fuese la última palabra de la historia de la humanidad. Tenemos que inventar. Ésta es la tarea del movimiento en la fase que se inicia. Inventar lo que no existe y sabotear lo que existe. Desertar de todo lugar donde se perpetúe el dominio, la explotación y la guerra, y construir un horizonte nuevo. Europa está por inventar. Esa Europa de la que hablan los políticos que se sientan en Bruselas es un cadáver. Debemos inventar la idea capaz de funcionar como principio generador de un cuerpo nuevo, original, nunca visto, pero adecuado a la riqueza que el semiocapital despierta y comprime, a las potencialidades contenidas en la red del intelecto general.

Europa no es una identidad, sino un devenir en el que se han puesto en juego enormes fuerzas sociales y económicas a las que les falta un horizonte positivo. ¿Es acaso Europa un territorio? Yo diría que no. Europa no puede entenderse como una relación entre territorios nacionales o regionales. No es un Estado internacional, ni un pacto entre naciones.

Europa, red de redes

Si nos preguntamos qué ha sido Europa en nuestra experiencia, debemos contestar que una red de redes. Pero es una red que tiene rasgos nuevos respecto a la historia de la política territorializada. Ante todo, la red no tiene geometría fija, es decir, puede ampliarse o reducirse según la función específica que deba desempeñar. Además, una red puede convivir con otras sin superposiciones territoriales, y puede interactuar con otras sin identificarse con ellas. Plantearse el problema de la constitución del espacio europeo significa, por tanto, constitucionalizar el devenir, porque las redes no son, devienen. ¿Se puede constitucionalizar el devenir? Sólo es posible si se piensa una constitución que sea similar al software, como un conjunto de técnicas predispuestas a cambiar sus reglas a medida que se modifica su contenido aplicativo. El método general es el del privilegio de la minoría. La minoría es la línea de fuga a lo largo de la cual una red crece, se desarrolla y deviene.

En red prima el gobierno de las minorías

La democracia moderna se fundó en el principio del gobierno de la mayoría. Naturalmente, esta regla tenía poderosas razones a su favor mientras el ámbito de aplicación de la ley era el territorio, un espacio en el que rige el principio newtoniano de impenetrabilidad de los cuerpos y en el que los intereses son contrapuestos porque son coextensivos.

Pero en la red todos son minoría, porque en un espacio indeterminable (un espacio en constante expansión) no es posible definir mayorías estables. Nadie puede mandar. Es necesario repensar de modo radical la democracia. La palabra “democracia” ya no corresponde casi a nada, desde que la dimensión global predomina sobre la local, la nacional o la regional. ¿Qué democracia es esa que permite a las grandes empresas establecer reglamentos que afectan a la vida cotidiana de millones de personas sin someter al juicio parlamentario o a la legitimación electoral decisiones tan trascendentales? Por lo demás, no cabe pensar que la democracia del futuro sea simplemente la aplicación del principio one man, one vote a escala planetaria. Se puede presentar esta propuesta, pero sólo sirve para señalar un problema; no es un camino que pueda recorrerse. No sólo por las dificultades (superables) de las votaciones planetarias, sino sobre todo porque la formación de la voluntad política planetaria debe tener en cuenta diferencias, especificidades y grietas irreducibles, tales que sobre ellas actuarían enormes e incontrolables agencias de manipulación de la voluntad, empezando por las empresas globales que ya cuentan con los instrumentos para modelar el imaginario, la demanda, los gustos, los miedos y las ilusiones. Democracia global no quiere decir suma planetaria de la voluntad general, sino reducción de los espacios de decisión, fractalización de la decisión política.

Minúsculas comunidades tendrán que ser puestas en condiciones de autogobernarse como redes independientes pero interconectadas que constituyan la sociedad. El proceso constitucional europeo debe partir de una concepción fractal, reticular, menor de la formación de la voluntad general.

Democracia postmoderna

Nos enfrentamos con una crisis postmoderna de la democracia que exige un modelo postmoderno de redefinición de la democracia.

El movimiento debe ser capaz de transferir la potencia que se manifestó el 15 de febrero desde la protesta contra la guerra hacia la construcción de una forma nueva de democracia. Una vez que el nazi-liberalismo ha declarado la guerra contra la humanidad, no basta con defender los valores del humanismo pisoteado. Es necesario reinventar el marco de la democracia y sus modos de funcionamiento.

Notas:

1 Varios destacados intelectuales europeos –Umberto Eco, Jürgen Habermas, Jacques Derrida, Gianni Vattimo, Adolf Muschg y Fernando Savater- publicaron el 31 de mayo diferentes artículos en varios medios del continente, animados por la necesidad de formular un común llamamiento sobre el papel de Europa en la actual conformación del mundo. El artículo del filósofo alemán Habermas y del pensador francés Derrida se publicó en el diario El País el 4 de junio de 2003. El texto fue escrito por Habermas y, a propuesta de Derrida –quien por razones personales no pudo redactar un artículo propio-, lo firmaron conjuntamente, al compartir sus premisas y perspectivas. Fue publicado en Franfkurter Allgemeine Zeitung y Libération.

2 «Impacta y espanta» sería la traducción literal del nombre dado a las operaciones de bombardeo de la primera parte de la guerra contra Irak en la primavera de 2003. 3 Norman Mailer, «Ganar un imperio perdiendo la democracia», Internacional Herald Tribune, 25 de febrero de 2003.