Por una historia a la altura del presente

Los inteligentes lectores de EL MUNDO habrán sabido leer la tribuna del Sr. Federico Soriguer sobre mi libro Imperiofilia. Por lo tanto, no me preocupa que hayan confundido mi ensayo con El gran libro de los insultos del añorado Pancracio Celdrán. En realidad, a eso se reduce el escrito del Sr. Soriguer. Como confiesa que no es competente en historia, se limita a elaborar una rapsodia de adjetivos. Como dice la RAE, los adjetivos no tienen significado propio al margen del contexto sustantivo. Sin este, nadie puede saber si están bien usados. Debo decir que la inmensa mayoría de los adjetivos que recoge el Sr. Soriguer se refieren a objetos materiales: libros, frases, opiniones, creencias, citas, valoraciones. Muy pocas veces se refieren a la persona de doña Elvira Roca Barea. Pondré un ejemplo: si ante su opinión de que la Inquisición era una institución ejemplar porque torturaba durante sesiones de sólo quince minutos, con médico a la vista, empleo el adjetivo «graciosa», todo el mundo podrá juzgar si soy equilibrado o si acierto al emplear ese término. Si no se menciona ese contexto, con solo registrar que uso el adjetivo «graciosa», no se dice nada sustantivo acerca de mi libro.

Los inteligentes lectores de EL MUNDO, gracias a los esfuerzos del Sr. Soriguer, saben lo que no es mi libro. Pero con su columna no saben lo que es. Por eso, deseo decir brevemente algo de eso. Ante todo, es una crítica de las «opiniones y creencias» de Roca Barea sobre los imperios, opiniones que califico con dureza porque creo que son dañinas y peligrosas. Pero mi libro también propone una explicación alternativa a las cuestiones fundamentales que trata Roca Barea sobre la Leyenda Negra. Así, propone otro significado de la Inquisición y muestra cómo fue el peor expediente para formar una comunidad nacional española; defiende que también hubo reformados españoles leales y patriotas; analiza el régimen de la conquista de América como neofeudal y por tanto diseñado para impedir el comercio; y describe cómo hubo una Ilustración española, limitada pero eficaz. Además, también explica las razones por las que el liberalismo español se vio como una segunda diáspora hispana, que compartía el triste destino de los sefarditas cuatro siglos antes. Por último, mi libro hace una breve descripción de cómo ha evolucionado la forma «imperio» y sus relaciones con la forma «nación», y muestra que el gran poder mundial español es la primera manifestación occidental de este fenómeno, que está todavía a caballo entre la Edad Media y la Moderna, y que contó con la menor base nacional, a diferencia del imperio nacional inglés, francés, ruso, alemán o el americano actual.

Mi libro reconoce que las potencias europeas con las que la Monarquía hispana luchó forjaron un arquetipo tenebroso de las realidades españolas. En este sentido, acepto que hubo algo parecido a una Leyenda Negra, pero llamo la atención sobre el hecho de que todavía Carlos V, antes de su abdicación, fue consciente de la fuerza de la inteligencia en los grandes conflictos europeos. Felipe II, apoyado en un providencialismo extremo, ya no se preocupó de contar con elites capaces de intervenir en la lucha ideológica. Esta falta de confianza en la inteligencia hispana dejó el campo libre a los poderes hostiles a la Monarquía. El que no se confiara en una defensa razonable quizá revelaba las dudas acerca de la justicia de la propia causa.

El caso es que la Monarquía hispana no elaboró un relato histórico alternativo capaz de hacer frente a la Leyenda Negra. Con el tiempo, esta pasó a convertirse en un conjunto de prejuicios, pero salvo en el caso de Cronwell, tras 1648 la Leyenda no fue un dispositivo político dirigido de propaganda. Tras esa fecha, un autor como Saavedra Fajardo salvó entonces el honor de la inteligencia hispana en toda Europa. La Leyenda Negra resucitaría como dispositivo cuando los jesuitas fueron disueltos por Carlos III y algunos de los hermanos hispanoamericanos de la Compañía entregaron documentos y relatos a los ilustrados franceses (Diderot entre ellos). Así, el Abate Reynal pudo mejorar las ediciones de su libro sobre la Historia de las dos Indias. Pero ya no era una guerra política entre Estados, sino una lucha intelectual paneuropea en una situación prerrevolucionaria.

Por supuesto, todo esto es muy matizable, y mi libro solo quiere enhebrar una conversación razonable sobre el significado de nuestra historia. Su finalidad es dotarnos de una conciencia del pasado a la altura de nuestro presente constitucional y sus posibilidades evolutivas. En mi opinión, el libro de la señora Roca Barea carece del menor espíritu constitucional. Por eso añado un último capítulo sobre la función de la historia, y cómo debería escribirse para distanciarnos del pasado, y no para dejarnos dominar por sus fantasmas. En este sentido, la historia capaz de producir distanciamiento es uno de los productos más refinados de la inteligencia para crear libertad en el presente. Pienso que el libro de la Sra. Roca Barea pretende, por el contrario, producir fijaciones sobre aspectos de nuestro pasado, en lugar de ayudarnos a conocerlo mejor.

En efecto, decir «sí» o «tú más», donde la Leyenda Negra dice un «nosotros, no», esa desnuda inversión no nos permite conocer mejor ni a nuestros socios y amigos europeos ni a nosotros mismos. Sin embargo, como dijo una vez uno de los padres de nuestra Constitución, don Miguel Herrero de Miñón, en el largo plazo la ignorancia no fue nunca útil a nadie. Los poderes hispanos entablaron un gran combate, pero no confiaron en la inteligencia, sino en la providencia y en la reputación. Y perdieron. Me he sentido obligado a escribir este libro porque España no puede ganar ningún combate de presente ni de futuro con la mentalidad, la subjetividad y la falta de comprensión hacia el otro (sea amigo o enemigo), que desde mi punto de vista pretende forjar el libro de la Sra. Roca Barea.

José Luis Villacañas

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