Por una Ucrania unida, democrática y en paz

La ciudadanía europea encara de nuevo, con creciente temor, el desarrollo de un conflicto violento en el seno del viejo continente. Existen al este y al oeste dos visiones netamente opuestas.

De un lado, tanto en Rusia como en el este de Ucrania se afirma que tuvo lugar en Kiev un golpe de estado contra el presidente legítimo, Yanukovich, tendencialmente aceptado en Occidente, que invalida cualquier intento de sustitución de autoridades legales. En esas condiciones, Rusia aparece no como una potencia con intereses en Ucrania, sino como un país resentido que trata de proteger a los ciudadanos de idioma ruso que enfrentan el golpe de Estado. Esta visión y su correspondiente discurso han penetrado profundamente en la Confederación Rusa, de tal forma que el presidente Putin obtuvo el respaldo de más del 80% de sus conciudadanos cuando decidió la anexión de Crimea.

Del lado occidental, tanto la OTAN como amplios sectores de la UE señalan el mal gobierno de Yanukovich y justifican la agresiva protesta en su contra, en cuyo contexto se inscribiría la deposición del presidente, un tanto irregular, pero siempre como un asunto interno ucraniano. En tal visión, la OTAN y la UE, lejos de tener ningún interés estratégico en Ucrania, sólo desearían un gobierno democrático en Kiev que ojalá opte por integrarse en la UE (y si fuera posible en la OTAN).

Desde una perspectiva de paz es posible y necesario mostrar una visión alternativa ante la opinión pública, que sirva de base a una solución pacífica del conflicto. En el plano interno, la crisis refiere a un cuadro complejo de causas económicas, culturales, generacionales, étnicas, que se expresaron políticamente en las elecciones de octubre de 2012, cuyo mapa mostró un apoyo mayoritario a Yanukovich hacia el este del país, mientras el oeste votaba a favor de la opositora Tymoshenko. Es cierto que el presidente electo emprendió luego acciones autoritarias (como se reflejó en la persecución y encarcelamiento de Tymoshenko), que provocaron masivas protestas, pero también es cierto que su deposición en febrero de este año fue finalmente un golpe de mano, al margen del acuerdo parlamentario logrado con el patrocinio de la UE.

Y en el plano externo, la crisis de Ucrania se inscribe en el contencioso entre una Rusia que busca mantener su hegemonía en las ex repúblicas soviéticas que la circundan y un occidente, encabezado por la OTAN, que busca arrebatarle a Rusia tal hegemonía, movido por intereses geoestratégicos y económicos. Una competencia geopolítica que, si bien no refiere a un enfrentamiento sistémico como en el pasado, tiene efectos parecidos en cuanto al aprovechamiento vicario de las crisis nacionales o al relanzamiento de la carrera de armamentos, al estilo de lo que sucedió durante la vieja guerra fría.

Una solución pacifica debe promoverse privilegiando métodos democráticos y preservando la integridad del país. Algo que significa favorecer una solución interna negociada entre todas las partes, respaldada por un acuerdo entre los principales actores implicados (EE.UU., UE, Rusia y Ucrania). Un elemento principal de esos acuerdos debe referirse a la eliminación del poder de veto que parecen haber adquirido los grupos más radicales y armados. Por eso, no habría que descartar la opción barajada por diversos actores internacionales de utilizar al respecto fuerzas de Naciones Unidas si fuera necesario.

Todos los actores implicados en el conflicto, dentro y fuera de Ucrania, dicen apoyar una solución al mismo que evite la división del país. Sin embargo, luego no siempre subordinan sus acciones y preferencias a la consecución de ese objetivo. Varios observadores ya han señalado que la inclusión de Ucrania en la OTAN significaría una escalada del conflicto. Una lógica que, salvando las distancias, también vale para la UE. Diversos europarlamentarios consideran que la incorporación de Ucrania a la UE debe ser el objetivo principal. Sin embargo, desde un enfoque a favor de la paz, la ciudadanía europea no debería estar interesada en una integración que incremente el riesgo de división de Ucrania. La búsqueda de una solución que mantenga la unidad de ese país bien podría hacerse mediante una suerte de neutralidad política y militar, como sucede con otros países europeos (Suiza sólo es el caso más claro). Más adelante, asentado el proceso democrático, podría acordarse una fecha a partir de la cual Ucrania pudiera tomar las decisiones oportunas sobre su adscripción.

Desde luego, esta propuesta de paz no tiene garantía de éxito. No sería la primera vez que el movimiento pacifista realiza esforzadas acciones para evitar la guerra sin que logre conseguirlo (guerra de Bosnia, invasión de Irak).

Puede que la lógica de confrontación acabe por imponerse. Pero el trabajo por la paz incluye obligadamente el compromiso de ofrecer una visión alternativa, que contribuyan a la orientación de la opinión pública.

Francisca Sauquillo es presidenta del Movimiento por la Paz.

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