Pornografías de la violencia

Por Jesús Prieto Mendaza, antropólogo (EL CORREO DIGITAL, 26/07/07):

En numerosas ocasiones las grandes incógnitas de la teoría social se ven explicadas de forma magistral por personas sencillas y en situaciones de absoluta cotidianidad. Después de años de reflexión sobre la situación de violencia que padecemos, y tras tormentosos acontecimientos que no acaban de fijar cuál ha de ser el papel que las víctimas del terrorismo han de tener en el futuro más inmediato, una anécdota personal reciente me ha mostrado los déficits que, a día de hoy, anidan fuertemente arraigados en algunas de nuestras estructuras de poder y también, por qué no decirlo, en un sector nada desdeñable de la ciudadanía vasca.

Paseábamos con los perros por un parque, la noche era cálida, extraordinariamente cálida en este fresco verano vitoriano. Debajo de un árbol, sobre la hierba, una pareja se entregaba con efusividad a la llamada del amor. Mi acompañante, visiblemente molesto y enfadado, me evidenció su desaprobación ante estas manifestaciones carnales en los espacios ciudadanos comunes; según él, estos jóvenes, auténticos guarros degenerados, deberían ser encarcelados por escándalo público y sus padres multados e investigados acerca del tipo de educación que están dando a sus hijos.

Recordé entonces la conversación que nos ocupó, hace ahora dos años, también en uno de esos paseos cuyo objetivo es que los canes hagan sus necesidades, pero que invariablemente finalizan filosofando sobre los problemas del mundo.

Mi acompañante se encontraba en aquel momento preocupado porque un sobrino suyo había sido detenido en el marco de una operación antiterrorista; parece ser que estaba implicado en algún asunto relacionado con pasar información sobre posibles objetivos de la banda a un comando y también con acciones de kale borroka. Despotricaba mi interlocutor contra la justicia que encarcela por tonterías a un joven vasco y defendía la teoría de la justa lucha de estos jóvenes contra la tiranía del Estado opresor. Nuestros jóvenes, decía, no tienen acceso a la vivienda, no pueden desarrollar sus proyectos e ideas, se encuentran absolutamente explotados, por lo que no tienen más remedio que recurrir a la lucha armada.

Lo realmente pornográfico, según él, en este País Vasco que ha soportado de la mano del terrorismo una de las mayores vergüenzas de la Europa contemporánea durante varias décadas, no es el hecho objetivo de poder ser colaborador en un asesinato, sino ser visto por los vecinos, embriagado por Afrodita, tras los arbustos del parque de Arriaga y en brazos de Cupido. ¿Eso sí que avergüenza a la familia!

Pierre Bourdieu hablaba de las ‘pornografías de la violencia’. De cómo las situaciones violentas vividas en los barrios periféricos de Francia eran pervertidas por los medios de comunicación a interés del poder y de los buenos franceses. Interesaba magnificar en la prensa el hecho de un pequeño hurto por parte de un joven de origen magrebí, pero no convenía mencionar la gran violencia ejercida por las clases dirigentes o por los jóvenes afines al Frente Nacional; pues estos últimos son de los nuestros, pertenecen a nuestras esencias, son por lo tanto jóvenes franceses.

Algo similar ha ocurrido y está ocurriendo en Euskadi. Estamos utilizando de nuevo de forma inmoral ‘la otredad’ para reafirmar nuestra identidad como vascos, estamos estigmatizando al diferente, al ‘ajeno al país’, al español, para justificar lo injustificable. Confundimos la necesaria reivindicación de los derechos humanos para los presos por delitos de terrorismo, con el apoyo a la ideología que justifica su actuación delictiva. Equivocamos la necesaria explicación, desde la investigación social, de las raíces que pueden aclararnos el origen de la violencia en Euskadi, con la justificación de ese fenómeno al categorizarlo como ‘violencia política’ o ‘expresión de un conflicto’.

Nunca un conflicto debe ser satanizado, es cierto, pero jamás se puede reivindicar su solución mediante el horror y la sangre. Si esto fuera así, estaríamos sentando las bases para justificar a los agresores sexuales, a quienes infligen malos tratos a sus compañeras, al policía torturador, o al descerebrado miembro de ultrasur que la emprende a golpes con su bate de béisbol contra los inmigrantes subsaharianos que viajan en metro. Estaríamos justificando todas las deplorables violencias a las que he aludido, y muchas más, en aras de un supuesto conflicto sufrido (sea éste afectivo-sexual, familiar, de orden público o deportivo) por los agresores y en el que olvidamos, una vez más, a las víctimas que sufren la agresión. De esta forma arrojaríamos al más profundo pozo del olvido la dignidad, anterior a toda forma de regulación social, inherente a todo ser humano.

Puedo decirlo más alto, pero no más claro. En este país, algunos confunden la reivindicación de los derechos humanos, de la libertad de expresión, de la raíz política de alguno de nuestros problemas, con la creación de espacios de impunidad para los victimarios. José Saramago parece que estuviera pensando en nosotros cuando escribió: «Aquel que antes fue explotado y perdió la memoria de haberlo sido, acabará explotando a otro. Aquel que antes fue despreciado y finge haberlo olvidado refinará su propia capacidad de despreciar. Aquel a quien humillaron humillará con más rencor si cabe».

Sé que no todo se dibuja en blanco y negro, es evidente que existen zonas con una amplia gama de grises, pero todavía, a pesar de homenajes, monumentos y reconocimientos públicos, un sector importante del poder y también grupos significativos de ciudadanos prefieren la proximidad de los causantes del horror, si son vascos, a la de quienes lo han sufrido, pues o bien ‘son de fuera’ o ‘deben estar manipulados desde fuera’, es decir, son portadores del estigma.

Quienes así se sientan deben ocultar sus marcadores identitarios, pues existen símbolos de prestigio y por el contrario símbolos de estigma; en conclusión, deben sufrir así una real desposesión simbólica. Todo aquello que no puede ser visibilizado, en realidad no existe. Fórmase entonces, como explicaba en vida Michel Foucault, toda una política de coerciones, una manipulación calculada de los gestos, de los comportamientos y de los cuerpos. Una anatomía política que no es sino una mecánica de poder para conseguir que los otros no hagan lo que desean y hagan lo que se desea. Se fabrican así personas sometidas, lo que él denominaba ‘cuerpos dóciles’. Se construye, de forma perversa, toda una ideología para explicar su inferioridad y dar cuenta del peligro que representan, racionalizando una animosidad que tiene por base la diferencia. En esta situación es preferible, por si acaso, abrazar la identidad aceptada públicamente, quedarse en el regazo de la comunidad.

La comunidad de identidad es percibida como un salvoconducto ante el ostracismo, la marginalidad o la clandestinidad. Para muchos vascos es un lugar cálido, una fogata ante la que calentar sus manos en un día helado. Es un ‘lugar refugio’ donde sentirse seguros. Fuera de ella, para quien ose cuestionar nuestras formas de vida ancestrales, acechan todo tipo de peligros. En Euskadi, incluso la muerte.