Porque no somos como ellos

Imagino que la posible excarcelación de Jesús María Uribetxeberria Bolinaga despertará indignación entre los ciudadanos de a pie que cumplen las leyes, pagan sus impuestos y respetan a los demás, mientras los familiares de las víctimas del terrorismo se sienten, una vez más, humilladas. Yo mismo tengo que contener la rabia que siento al escribir estas líneas, para que el enojo no nuble mi mente. Pero si Instituciones Penitenciarias certifica que se cumplen las condiciones para conceder al reo el tercer grado y un juez considera que se ajusta a Derecho, habrá que aceptarlo. Y no sólo por imperativo legal —que sería suficiente—, sino por algo que va bastante más allá: porque no somos como ellos. Porque somos personas decentes. Gentes que creen en la humanidad, que ven incluso en los más abyectos criminales alguien de nuestro linaje. Y porque no matamos a los que no piensan como nosotros —como hacen ellos—, y ni siquiera aplicamos la ley del talión, como ocurre en las sociedades primitivas, a las que ellos pertenecen, sino a otra suavizada por la civilización, la moral y la ética. Sin duda Uribetxeberria merece morirse en una celda o en la enfermería de una cárcel. A fin de cuentas, eso fue lo que él y sus compinches habían decidido hacer con José Antonio Ortega Lara, en condiciones mucho más infrahumanas. Pero nosotros hemos superado ese nivel de infrahumanidad, de primitivismo, de rusticidad, de grosería, de salvajismo, y nos conducimos por criterios más altos, incluso contra nuestra propia naturaleza.

Es como actúan las personas decentes, razonables, civilizadas. No sólo ahora, sino desde siempre. A la memoria le viene a uno aquel noble consejo que don Quijote daba a Sancho para gobernar la Ínsula Barataria: «Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea por el peso de la dádiva, sino por el de la misericordia». Eso que Shakespeare llamaba the milk of human kindness, la leche de la generosidad humana.

Nada ha tenido que ver, por tanto, con las «huelgas de hambre», reales o fingidas, de otros presos etarras ni con las visitas al encarcelado de los que comparten sus objetivos ideológicos y prácticos, hoy al frente de instituciones vascas por decisión de unos magistrados que prefirieron mirar la letra de la ley más que su espíritu. Pero un Estado de Derecho acepta incluso eso como prueba de su civilización. Lo que ya no tolera es que tal generosidad sea aprovechada por quienes no la reconocen ni practican, e intentan presentarla como un triunfo de su causa. Jesús María Uribetxeberria Bolinaga puede irse a morir a su casa, con atención médica pagada por los españoles que él intentaba asesinar, porque España es bastante mejor, más digna y civilizada que esa Euskal Herria que él y la mayoría de quienes están detrás de él intentan implantar, a base de disparos en la nuca, coches-bomba, secuestros, extorsiones, manifestaciones, pancartas y falsas huelgas de hambre. No lo reconocerán nunca, pero esos son los hechos. Él estaba dispuesto a dejar morir de hambre, frío, inacción, en un cubículo bajo la maquinaria de una fábrica de Mondragón a José Antonio Ortega Lara. La misma Justicia para la que trabajaba José Antonio Ortega Lara le permite, pese a sus horribles crímenes, irse a su casa para un buen morir. ¿Hace falta alguna otra prueba para demostrar la superioridad de la democracia y del Estado de Derecho sobre el nacionalismo que proclama a Uribetxeberria uno de sus campeones? Ya sé que ellos no lo reconocerán nunca. Pero es su problema, no el nuestro. Un problema del que pueden estar más cerca de lo que creen todos esos vascos que contemporizan con el nacionalismo por las más distintas causas, desde el miedo al sentimentalismo.

Y pienso que este es un buen momento para precisar algunos puntos sobre el nacionalismo. Sólo la ingenuidad —por no decir ignorancia— sobre tal fenómeno político-social ha permitido que floreciese en nuestra Transición democrática como setas en primavera, sin tener en cuenta que algunas de ellas son altamente venenosas. Como hijo de la Ilustración y del Romanticismo, el nacionalismo tuvo su apogeo en el siglo XIX, con ramalazos bestiales en el XX, que aún llegan a nuestros días, sobre todo en nuestro país, lo que es otra prueba de que seguimos en uno de los vagones de cola de la Historia. No niego que el nacionalismo haya traído cosas buenas —la liberación de pueblos oprimidos es especial—, pero, juzgado en su totalidad, pienso que su balance es negativo. Por lo pronto, hay en él un fuerte contenido de racismo —sea genético o cultural—, una de las peores pestes humanas. Y del racismo se pasa, casi sin darse cuenta, a considerarse superior a los demás pueblos, lo que constituye uno de los principales atractivos del nacionalismo: ¿quién no se siente halagado si le dicen que es superior al resto? ¿Quién se opone a considerarse parte del «pueblo elegido»? Lo malo es que esa superioridad conlleva inevitablemente el derecho de explotar a los que no pertenecen a ese pueblo elegido. Quiero decir que nacionalismo identitario y explotación van del brazo. Aunque el mayor pecado del nacionalismo es su disposición a provocar guerras. Desde que surgió en Europa a raíz de la Revolución Francesa —donde se forjó el concepto de Estado-nación—, el nacionalismo ha sido el mayor promotor de contiendas internacionales, algunas de ellas tan recientes como las guerras balcánicas de las últimas décadas. Unido a lo anterior, creo que es un pliego de cargos lo bastante largo como para andarse con cuidado con él. Conviene, de todas formas, diferenciar entre patriotismo —el amor a la tierra que nos vio nacer, a sus gentes y costumbres— , que enriquece el género humano, y el nacionalismo, con su fondo de exclusividad y su carácter agresivo hacia los demás. Pues un nacionalismo es siempre «contra» otros, sea dentro del mismo país, sea fuera del mismo. Los «otros» serán siempre los culpables de nuestros males, de nuestras desgracias, mientras nosotros somos los puros, los elegidos, los tocados por el dedo de Dios.

Mantener esto en 2012, con el mundo convertido en una aldea global, es sencillamente alucinante. Pero ahí tienen a los nacionalistas catalanes empeñados en volver a una aldea que su país fronterizo, «la marca hispánica» carolingia, nunca fue, y a los nacionalistas vascos queriendo volver al caserío.

Por fortuna para uno de ellos, Uribetxeberria, no el mejor desde luego, en el resto de España no somos nacionalistas como él. Si lo fuésemos, le dejaríamos pudrirse en su celda. Pero los españoles pensamos que la raza humana es nuestra raza. Una de las cosas por las que sentirnos orgullosos.

José María Carrascal, periodista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *