Portavoza y femeninos

De vez en cuando los políticos sacuden la conciencia normativa de los ciudadanos con la propuesta de femeninos rupturistas. Así ocurrió con jóvenas, miembra y, ahora, con portavoza. En tales casos, se producen debates intensos, incluso encarnizados, que, con independencia del costado al que se incline la razón, denotan una saludable preocupación por la salud y pureza de la lengua. Todos hemos interiorizado en los años de formación, primero, y, luego, a lo largo de toda la vida, una preocupación por las normas de la corrección. Es normal asimismo que, en el fragor de la discusión, los ciudadanos airados giren la mirada hacia los gramáticos y hacia los académicos pidiendo una condena inquisitorial («crucifícalo, crucifícalo»). Las personas menos airadas, solicitan una aclaración: «¿Está bien dicho?».

Con la norma hemos dado, amigo Sancho. En estas situaciones, recuerdo las palabras de Emilio Alarcos en el Prólogo a su Gramática de la lengua española: «Conviene así que el normativismo se forre de escéptica cautela». Incluía esta afirmación después de hacer referencia al Appendix Probi, un texto normativo del siglo IV en el que se condenaban la forma de pronunciar y de escribir más de 250 palabras en el latín hablado porque se apartaban de la norma del latín clásico: «mensa non mesa», «tabula non tabla», corregía. El éxito de tales anatemas fue nulo: casi la totalidad de las formas repudiadas triunfaron en las lenguas romances. El resultado del análisis coincide siempre con la tesis de Horacio en el Arte poética: la palabras perecen o reviven «si el uso lo quiere». El pueblo es el dueño del idioma.

En las discusiones sobre la corrección de una forma o de una expresión lingüística conviene diferenciar dos conceptos: el sistema y la norma. El sistema es el marco formal que establece las posibilidades de variación o de combinación que permite la lengua, muchas de las cuales no están explotadas por el uso. La norma recoge lo que en un momento dado los hablantes consideran correcto. El sistema es estable, cambia con extrema dificultad. Sin embargo, la norma es variable, tornadiza. Depende de la valoración del pueblo.

Pongamos algunos ejemplos. El sistema de la lengua nos dice que el femenino de sustantivos de profesiones se forma morfológicamente añadiendo la desinencia –a al masculino. Sin embargo, por diversas razones (muchas veces relacionadas con la realidad social), esa posibilidad no siempre se realiza. En las Cortes de Cádiz el término diputado era masculino y solo designaba a varones, pues la mujer no podía ser elegida parlamentaria. Cuando alcanza este derecho, el término diputada, perfecta según el sistema de la lengua, chocaba con la costumbre, con la norma, por lo que se prefirió durante algún tiempo diferenciar el sexo solo a través del artículo (el diputado/la diputado). Más tarde, el uso generalizará la forma femenina y hoy decimos con toda naturalidad diputada.

Más cercano tenemos el caso del arbitraje deportivo. En un principio solo teníamos la forma árbitro. Cuando acceden las mujeres a esta profesión, al principio la norma de los hablantes rechaza el femenino árbitra, que es perfecta según el sistema de la lengua. Se acudía a la forma común la árbitro. Pero pasó el tiempo, y hoy hemos incorporado el femenino árbitra con normalidad.

En ocasiones, posibles femeninos, formados siguiendo las normas de la lengua, encuentran restricciones a causa de prejuicios sociales o corporativos. Los femeninos jueza y fiscala, bien construidos, sufrieron (y a veces sufren) rechazo normativo, hecho que ya no ocurría con abogada, catedrática ni magistrada. Otro caso de rechazo corporativo es el de los grados militares: sargenta, tenienta, caba, soldada…

Un resumen de lo expuesto sería aconsejar que, cuando se presente un problema en la formación de un femenino de profesión, lo mejor es atenerse al sistema, ya que la norma «è mobile».

Vayamos ahora con la segunda parte: ¿Y no existen restricciones en la aplicación de esta regla de formación en los femeninos de profesiones? Sí existen, pero no son absolutas. Veamos, en primer lugar, el femenino miembra. ¿Está bien formado según el sistema? La respuesta es positiva. ¿Está aceptado por el juicio normativo de los hablantes? La respuesta es «aún no». La causa del rechazo proviene de las connotaciones. Resulta que los femeninos de sustantivos que designan individualidades suelen venir cargados de asociaciones negativas: tipa, individua, elementa, fulana, prójima, incluso socia. Sería difícil que miembra se librara de una connotación peyorativa.

Por las redes ha circulado estos días una crítica mordaz a los ignorantos e ignorantas que forman femeninos de antiguos participios de presente: no decimos cantanta, escribienta, atacanta, etc. Esta es, efectivamente, una de las restricciones originarias en la formación de femeninos en –a, pero no una restricción absoluta. En el inicio de la lengua se decía la infante, la parturiente, la sirviente; pero hoy se han generalizado la infanta, la parturienta, la sirvienta, la presidenta, la gobernanta, la clienta, la gerenta… Que no se digan aún cantanta, estudianta, videnta… es cuestión de norma, es decir, de aceptación de los hablantes (hecho mudable), no prohibición del sistema.

Algunas terminaciones de sustantivos presentan alguna resistencia a la creación de femeninos en –a, pero, como en los casos anteriores, la resistencia no es absoluta. No se usa cancillera, crupiera, sumillera, pero tenemos normalizado bachillera. Junto a lo extraño de alféreza, hallamos jueza y aprendiza. En cambio, sí parece representar una ruptura del sistema el femenino portavoza, mientras se mantenga la conciencia de que se trata de una palabra compuesta por la unión de porta y de voz (que ya es femenina y no designa persona). Pero tampoco en este caso quiero sentar cátedra. La lengua es caprichosa. En la calle he oído más de una vez guardiacivila.

Salvador Gutiérrez Ordóñez es catedrático de Lingüística General y miembro de la RAE desde 2008.

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