Portugal y el temblor de Europa

Europa tiembla. Está temblando desde inicios de los noventa, cuando la URSS se desmoronó. Este derrumbe es la gran clave de la historia contemporánea: algo como la caída del imperio romano de Occidente, en 476. Hoy ya lo podemos afirmar porque han pasado un par de décadas y, desde ese desplome soviético, el mundo ha cambiado: es cada vez más otro mundo, muy distinto del que había antes.

Las consecuencias mundiales de la implosión de la URSS son conocidas: el neoliberalismo se ha transformado en un pulpo planetario, que todo lo controla y descontrola; el tercer mundo asciende, transformado en vivero de mano de obra barata, mientras el primer mundo decae; las sociedades se dividen en dos clases extremadas: una nueva aristocracia que flota en los palacios de Versalles de los aeropuertos y una gran masa de siervos de la gleba atados a contratos inciertos de sueldo bajo.

Con sutileza oriental, China inventó un camino del medio confuciano entre comunismo y capitalismo que, por ahora, está funcionando. Estados Unidos, bajo la presidencia de Obama, patina hacia abajo. Ante la nueva realidad mundial, el Vaticano se ha dado la voltereta: cuando la Iglesia, con su prudencia, cambia de rumbo es porque ya el planeta va lanzado en una nueva dirección. Y Europa tiembla.

Vivimos, en primer lugar, un temblor económico. Europa occidental ya no es el escaparate lujoso que el capitalismo exponía ante los países comunistas, para tentarlos con el cuento del bienestar basado en el hada madrina del capital. Poco a poco, en un angustiante goteo, las reglas generales del mundo se cuelan en nuestro continente: existe una esfera social privilegiada, que habla de recuperación económica, mientras una mayoría aprende, dolorosamente, las limitaciones de su nuevo estatus de servidumbre contemporánea.

Existe, además, un temblor político. Los misiles soviéticos apuntados a las capitales de Europa occidental eran una fuente permanente de cordura para los hombres públicos. Todo el proceso de aproximación entre los países de nuestro continente a lo largo de la segunda mitad del siglo XX tuvo, como una de sus bases, la necesidad de sobrevivir ante la inmensa amenaza soviética. Y ahora, aunque sigue habiendo misiles, ya no es lo mismo. Podemos considerar el regreso a los viejos países.

El temblor económico y el político se dan la mano y ahí está un consecuente estremecimiento fronterizo. Ese suave seísmo de las lindes nacionales nos muestra bien tres posibilidades que tienen, que siempre han tenido, las viejas culturas europeas. Primera: ser tragedias, como ocurrió en la antigua Yugoslavia y está ocurriendo, en parte, en Ucrania. Segunda: transformarse en islas, en castillos que, sin dejar de relacionarse con las otras naciones, controlan cuidadosamente sus murallas. Ahí están Noruega y Suiza. Por fin, seguirá habiendo confederaciones: casi siempre las ha habido en Europa.

La reunificación alemana ha contribuido para todo este desequilibrio. Hoy en día, está claro que Francia y el Reino Unido no se sienten cómodos con el actual poder germánico. La nación gala refunfuña: el país de las revoluciones está cogiendo carrerilla para armar un buen motín. Los británicos, aparentemente, quieren volver a lo suyo de ser isla. Por otra parte, el pegamento monetario del euro no acaba de funcionar.

En Portugal, vivimos una hora atípica de nuestra historia. Entre esas tres posibilidades que se ofrecen a una cultura europea -ser tragedia, isla o confederación-, lo nuestro era diseñar un país insular que, a través de su imperio, se transformaba en viable archipiélago. Vivíamos lejos de Europa, sin salirnos de ella. Así fue durante centenares de años. A lo largo de la primera mitad del siglo XIX, invadidos por Napoleón y heridos por una dura guerra civil, supimos lo que era ser tragedia. Pero ahora, curiosamente, nos hemos metido en una confederación: algo que no es normal en nuestra historia.

Nuestra única experiencia confederada ocurrió entre 1580 y 1640, cuando formamos parte de la corona hispánica con un Estatuto de considerable autonomía. Pero terminamos volviendo al cobijo de nuestro archipiélago imperial. Pudimos hacerlo porque teníamos el enorme pulmón brasileño, nuestra gran colonia de entonces, en la retaguardia: las riquezas americanas alimentaron la independencia recuperada. Ahora no tenemos nada de eso: por ello, el país está a la expectativa, incómodo con su actual situación, consciente de que, de momento, no existe otra salida.

El autor de estas líneas es un europeísta. Ve con tristeza las banderas nacionales renaciendo por todas partes. Todos los días los viejos países se afirman, y Europa retrocede. Ya no están ahí los misiles soviéticos para hacernos entrar en razón. En Europa, parece, van a pasar cosas. Después de la cuesta de la austeridad, estamos en la parte de arriba de una montaña rusa. Antes de zambullirnos en la turbulencia política que se avecina, conviene que sepamos qué casilla es la nuestra en el tablero europeo. Conviene, también, que tengamos claro si queremos ser tragedia, isla o confederación.

Gabriel Magalhães, escritor portugues.

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