Portugal y España ante la globalización

Paradójicamente, con el advenimiento de la globalización el mundo es más ancho y ajeno que nunca. Su magnitud y su fuerza le dan algo de aquella indiferencia de las constelaciones sobre la que escribió Malraux. De ahí que los países tengan que reflexionar y prepararse, para aprovechar las oportunidades de la globalización, sin duda,pero también para hacer frente a sus retos. Algunas sociedades, en efecto, corren el riesgo de convertirse en simples canalizadoras de una irresistible marea anglófona y aposentadoras de contenidos culturales y científicos a cuya formación no han contribuido.Francia inició oficialmente esta reflexión en 2007, con un informe sobre la «mundialización» que el ex ministro de Asuntos Exteriores Hubert Védrine redactó por encargo del presidente Sarkozy. ¿Estamos haciendo en España y Portugal una reflexión parecida?Creo que no, y, por lo que se dice a continuación, quizá debamos españoles y portugueses abordar el tema conjuntamente.

Prepararse para la globalización implica la realización de dos tareas que parecen tener signos opuestos, pero que en realidad son complementarias. En primer lugar, el país tiene que reagruparse y, mirándose a sí mismo desde fuera, identificar sus propias fuerzas y debilidades. Y a continuación hay que saliral mundo, multiplicando los contactos internacionales, pero no de una manera indiscriminada, sino fijando muy cuidadosamente el rumbo, para que esos contactos puedan luego acabar convirtiéndose en alianzas estratégicas plenas de sentido. Hay que precisar que en el mundo contemporáneo ya no es suficiente con que las clases dirigentes se internacionalicen. Para asegurar su conexión internacional, a Portugal y a España les bastó durante dos siglos con el afrancesamiento de sus elites, fenómeno cuyo mejor análisis quizá se deba al gran novelista Eça de Queiroz; pero la situación ha cambiado.

Ciertamente, hoy sigue existiendo la necesidad de que las clases dirigentes adquieran una formación internacional. Los circuitos universitarios norteamericanos y europeos en los que se imparte esa formación son bien conocidos y no es necesario entrar aquí en su análisis. Sin embargo, y según se ha dicho, la actual globalización exige que los elementos extranjeros lleguen a capas muy amplias de la población. De este modo, si lo deseable es que los contactos internacionales se conviertan en un fenómeno de masas,resulta claro que, a largo plazo, España no tiene mejor socio que Portugal y viceversa. No existen dos países en Europa igualmente próximos y homogéneos en las formas de vida, en los valores, en la cultura, y sin embargo esa permeabilidad no está suficientemente aprovechada.

Se dirá que tanto Portugal como España ya tienen en la Unión Europea el mejor catalizador para su integración recíproca y con los demás países miembros.Es cierto, pero la Unión Europea se ha hecho muy grande y, en todo caso, su existencia no impide la búsqueda de ventajas adicionales, como las que disfrutan desde hace muchos años los países del Benelux. Cabría también argumentar que las alianzas estratégicas que verdaderamente tienen sentido son la del Brasil para Portugal y la de las veinte repúblicas hispanoamericanas para España. Sin embargo, la lejanía y lo divergente de los respectivos rumbos geopolíticos limitan necesariamente el alcance y los resultados de esas posibles alianzas. Particularmente claro es el caso del Brasil, gran potencia en ciernes donde apenas se conoce la realidad del Portugal contemporáneo. Por último, se podría decir que tampoco es tanto lo que España y Portugal podrían obtener de una mayor integración. Pero lo que aquí se propone es un proyecto de auténtico largo plazo: no es exagerado decir que hasta nuestra Constitución de 1978 no se recogieron los últimos frutos de la unión de Castilla y Aragón.

Con todo, la mayor dificultad de la tesis que aquí se sostiene viene a la hora de precisar las modalidades que haya de tener la integración hispano portuguesa. Resulta casi innecesario decir que se trataría de una integración plenamente respetuosa con la soberanía de los dos estados. Como escribió Ganivet, para fundar «la unidad intelectual y sentimental ibérica» había que «enterrar para siempre el manoseado tema de la unidad política y aceptar noblemente,sin reservas ni maquiavelismos necios, la separación como un hecho irreformable». La soberanía no se puede, pues, tocar, pero tampoco debe ser un obstáculo para una mayor integración de los dos países, como no lo es para el desarrollo del proyecto europeo.Por lo demás, la iniciativa más importante en la apertura de canales de comunicación entre España y Portugal corresponde a la sociedad civil y tiene lugar principalmente en dos ámbitos: el turismo y la vida de las empresas. En el orden turístico, las cifras son verdaderamente alentadoras, por lo menos en lo que hace a la parte española: en 2010, más de tres millones de españoles pernoctaron en hoteles portugueses, casi el 22 por 100 del total, constituyendo el grupo nacional más grande en esa estadística oficial portuguesa. Más allá de lo que resulta mensurable, se diría que la experiencia de muchos de nuestros compatriotas que visitan el país vecino puede calificarse de auténtico descubrimiento. Qué duda cabe de que Portugal —«Jardim da Europa à beiramar plantado»,por citar el verso que tanto le gustaba a Unamuno—tiene grandes atractivos para cualquier visitante. Pero al viajero español le esperan en Portugal unas emociones especialmente profundas, que se parecen a lasque provoca una melodía conocida cuando se oye enun tono distinto e interpretada por otros instrumentos. Ese hallazgo de algo nuevo, pero que puede fácilmente incorporarse como propio, acaba teniendo fecundos efectos formativos.

Todavía mayor importancia tiene, sin embargo, un segundo factor de integración, que es la convivencia de españoles y portugueses en el marco empresarial. Desde hace al menos medio siglo, las empresas —y muy en especial las multinacionales— son las organizaciones sociales que más favorecen los contactos entre personas de distintas nacionalidades. De esta colaboración en proyectos empresariales y profesionales cabe esperar los mayores avances de la integración hispano-lusa; así ocurría en nuestro Siglo de Oro, cuando Magallanes lideraba la primera vuelta al mundo, fray Luis de Granada era el guía espiritual de los dominicos portugueses (y del orbe católico) y Francisco Suárez, el teólogo más respetado de Coímbra (y de Europa). En la actualidad, son precisamente las multinacionales lasque antes se han dado cuenta del potencial de la integración ibérica, formando equipos conjuntos de españoles y portugueses, estableciendo unidades de gestión que se ocupan de los asuntos de los dos países y utilizando los dos idiomas para dirigirse a los clientes en los embalajes de sus productos (cualquiera que compre cereales para el desayuno sabe que«crujiente» en portugués se dice «estaladiço»). Está bien que el protagonismo de la integración corresponda a las sociedades civiles de los dos países. Pero los estados portugués y español deberían hacer más para respaldar y completar las iniciativas de ciudadanos y empresas. El objetivo merece la pena:se trata de favorecer la alianza de dos pueblos de modo que, apoyándose recíprocamente a través de mil contactos individuales, puedan afrontar mejor los retos de la globalización. Desde el lado de acá de la raya, y parafraseando la letra de uno de los fados más alegres y enigmáticos de Amália Rodrigues, permítaseme expresar la convicción de que nuestra sociedad ganaría mucho si aumentara el número de portugueses «no molho dos espanhóis», en la salsa de los españoles.

Leopoldo CalvoSotelo IbáñezMartín, profesor del Instituto de Empresa.

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