Posible imposible

Las declaraciones del ministro Margallo en las que afirmaba que el único “paralelismo” entre el referéndum de Crimea y la consulta que se pretende en Catalunya es que ambos son contrarios al orden constitucional y al derecho internacional, por lo que no tendrán efectos jurídicos, obviaron quizá lo más relevante en cuanto a la sensación que se está proyectando desde aquella península: la idea de que todo es posible. Las reacciones de crítica e indignación suscitadas por las palabras del titular de Exteriores español dejan de lado la discusión sobre hasta qué punto una sucesión de hechos consumados podría acabar desbordando la legalidad en una democracia consolidada como la nuestra sin que ningún Putin maneje los hilos de la situación.

La celebración o no de la consulta prevista para el 9 de noviembre es motivo de pronósticos y apuestas. Lo que pretendía ser un medio se ha convertido en un fin, de modo que la realización misma del plebiscito representaría poco menos que una declaración unilateral de independencia. El derecho a decidir, interpretado unívocamente, es asimilable a la creación de un Estado propio. Pero como cuando se independizaron las repúblicas bálticas, o Chequia se separó de Eslovaquia, o se desmembró la antigua Yugoslavia, incluso al margen de la crueldad genocida de aquella limpieza étnica territorial, todo depende de que adquiera fuerza la idea de que todo es posible. Idea imposible de compaginar con la democracia constitucional porque choca abiertamente con esta.

Que todo sea posible es una aspiración siempre ventajista e hipócrita. Cuando alguien proclama tal quimera lo hace en pos de un determinado objetivo que, a su vez, ciega otros horizontes alternativos al mismo. Por ejemplo, la gran diferencia entre la autonomía y la independencia es que la segunda solo puede ser gobernada por independentistas. De modo que cuando se desprecia la democracia constitucional porque está en su propia naturaleza que no todo sea posible, o cuando menos que no todo sea igualmente posible, es porque en el fondo se pretende dar paso a un sistema aun más restrictivo y unidimensional. Forma parte de la dialéctica radical despreciar aquel orden que no haga posible y facilite todo porque nada de lo que permita o propicie tal orden le valdrá la pena. Pero el dibujo liberador de un prado de dimensiones infinitas e imposible de vallar oculta en realidad un cercado estrecho al que la consumación de hechos no pactados aboca mediante el simplísimo mecanismo del embudo.

Una vez instalados en la irreversibilidad de un proceso que no puede tener otro fin que la independencia, la mera tentación de volver la mirada hacia atrás se convierte en tabú, del mismo modo que a estas alturas parece imperdonable conducirse prestando atención hacia los lados. Así es como resulta ocioso preguntarse en qué medida el paulatino incremento de la pulsión soberanista e independentista en el parecer de los catalanes sostiene la consumación de los hechos, y en qué medida es la sensación de irreversibilidad instalada en el ambiente la que disuade a muchos ciudadanos de pensar en otra cosa. Lo que hace tan solo cinco años era un anhelo minoritario o una preocupación muy difusa aparece hoy como una meta al alcance de la mano.

La idea quimérica de que todo sea posible parte, en su aparente liberalidad, de la convicción de que no hay ninguna deuda pendiente ni respecto a la pluralidad de la propia sociedad ni en cuanto a las relaciones de vecindad que se hayan mantenido con las comunidades colindantes. De que si acaso son esa pluralidad propia y ese vecindario los que tienen contraída una deuda de siglos o décadas con la realización efectiva de la independencia. De modo que el derecho a su consecución incluiría el derecho igual de inalienable a que la operación no tenga coste alguno. Es decir, que el Estado resultante cuente con todas las ventajas que el estatus actual procura a Catalunya sin ninguno de sus inconvenientes.

La consumación de hechos deja de lado infinidad de preguntas, pero hay una que ni siquiera quienes reivindican que todo sea posible podrán soslayar: ¿qué dejaría de ser posible en la independencia? Es el interrogante que los promotores de la consulta, empezando por el propio Govern de la Generalitat, deberían despejar para que el plebiscito fuese claro en lo que más importa, en cuanto a sus consecuencias. Por ejemplo, sería conveniente saber si está en su ánimo prever la reversibilidad del proceso, que aun inaugurada la independencia por la vía de los hechos Catalunya pudiera volver a ser una comunidad autónoma con un marco competencial amplio dentro de la España constitucional.

Kepa Aulestia

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