Possumus

Cuando los Apóstoles se pronunciaron con esta rotundidad dirigiéndose a Jesucristo -«podemos beber del mismo cáliz que Tú has de beber»- probablemente no eran conscientes de las innumerables veces que estas palabras iban a ser repetidas a lo largo de la Historia y teniendo como destinatarios a personas de toda clase y condición. En esta ocasión y ante un cáliz que se me antoja terrible para un país como España, en el que cerca de cinco millones de personas sufren ya las consecuencias del paro, y no hablemos de todas aquellas que con anterioridad a la crisis vivían bajo el umbral de la pobreza, y cuya economía puede retroceder quince años, el possumus debemos dirigírselo a José Luís Rodríguez Zapatero y convencerle de que la salida a la crisis es posible, y que este cáliz puede y debe superarse: para ello existen mecanismos válidos.

La Historia, que es tan sabia y de la que nunca se deja de aprender, nos enseña que situaciones peores se han vivido y que con el esfuerzo de todos se han superado. Pero tocamos aquí dos conceptos en desuso hoy en día. En efecto, habría que explicarle a la juventud actual los motivos por los que la Historia es tan importante, la razón por la que no cabe estudiar una carrera en la que no se incluya la Historia de dicha doctrina: Historia del Derecho, del pensamiento económico, de la medicina... Los pensadores socialistas siempre se han percatado de ello y lo han puesto en práctica. ¿Por qué no hace usted lo mismo, Sr. Presidente?

Si hay que negociar, se negocia. ¿Quién no recuerda la conferencia de Yalta, de Bretton Woods, y más recientemente y en nuestro país los Pactos de la Moncloa?

Si hay que explicarle a la población que las medidas de política económica pasan por apretarse el cinturón, hágase.

Si hay que sentar a los presidentes autonómicos para conciliar las reglamentaciones de sus respectivas Comunidades, siénteles e impóngase: todos están interesados en «sacar a su gente» de la crisis. Con sólo dos o tres medidas unificadoras en el campo del intercambio comercial, se conseguirían grandes resultados.

Si hay que reformar la justicia, no deje transcurrir más tiempo. Una sociedad, una economía no prosperarán jamás sin una justicia que suscite confianza en todos sus estamentos, y esto, hoy por hoy, no sucede en España; y por favor, no «toquemos» lo poco que en este país sigue funcionando, y a un coste sumamente barato, como es la justicia preventiva.

Devolvamos al Banco de España la autoridad económica de la que siempre ha gozado y «utilicemos» a sus técnicos tan prestigiados dentro y fuera de nuestras fronteras, sin por ello incumplir las directrices emanadas del Banco Central Europeo, para intentar frenar, moderar la prociclidad y la inestabilidad propias de todo sistema financiero. No introduzcamos en él ahora demasiadas reformas que nunca son buenas de realizar en épocas de crisis, y sobre todo en un buen sistema financiero como el nuestro, que junto con el canadiense ha sido calificado como el mejor del mundo.

No tengamos la sensación de que el Banco de España sólo actúa como policía de entidades. Pensemos en supervisar y controlar las actividades: algunas compañías de nuestro IBEX no habrían caído en picado si no hubiesen sufrido sobre sus espaldas tantas ventas al descubierto. (Hay que plantearse el papel que han jugado y deben jugar en un futuro los hedge funds y los mercados de derivados).

Reflexionemos a nivel internacional sobre las agencias de rating: que no vayan a caer en los excesos de las compañías auditoras que tantos ríos de tinta hicieron correr. Quizá debemos volver a las raíces del capitalismo, donde el sistema financiero actuaba como el soporte, como el instrumento de toda economía real. ¿Qué sentido económico tiene que se pueda, a modo de ejemplo, «apostar» a que un índice va a bajar y por lo tanto «vender» dicho índice hoy con la idea de «comprarlo» dentro de un mes? Este caso sumamente sencillo, pero que a más de un lector le sonará a jerga ininteligible, es el pan nuestro de cada día en todas las Bolsas desarrolladas.

También ha llegado el momento de valorar las masas patrimoniales entre costes históricos y precios de mercado, aun a sabiendas de la repercusión que ello conllevará en las cuentas de resultados.

Los economistas, a quienes desde Keynes tanto nos gusta compararnos con los médicos, deberíamos reflexionar una vez más sobre la actitud del cirujano en el quirófano ante un tumor de grandes proporciones. ¿Se imaginarían ustedes, queridos lectores, a alguno que decidiera extirpar sólo un trocito del mismo y dejar el resto dentro del cuerpo humano? Yo, sinceramente, no. En todo caso, si el enfermo padece una fuerte metástasis, y sigo esperando que la economía española no haya alcanzado todavía esta condición, en el peor de los casos, lo que procedería es «no hacer nada», que quizás es lo que deberían hacer las autoridades económicas a la vista de algún despropósito financiero grave.

Recuperemos el optimismo y volvamos al «se puede»: la psicología, que desde la década de los 70 tiene un enorme influjo en la economía, debe jugar un papel clave en los próximos meses. Hay que intentar suprimir las situaciones de pánico, de excesivo optimismo en épocas de crecimiento y de desmedido pesimismo en momentos de contracción. Transmitamos, ya que estamos en la era de la imagen, que ha llegado el momento de comprar, de invertir, de conseguir buenas oportunidades.

Saldremos de esta crisis porque possumus, pero tendremos que utilizar todo nuestro ingenio y sobre todo la puesta en práctica de valores que también hemos creído que pertenecían al baúl de nuestros antepasados y que sin embargo están demostrando que tienen la llave para abrirlo casi todo: en efecto, la ética, la prudencia, la credibilidad, pueden ser a la postre los artífices de nuestra recuperación. Qué mejor que recordar a Bruckner, para quien una sociedad no puede sobrevivir sin valorar el trabajo y el esfuerzo, ambos garantes del progreso.

Si, como sentenció el filósofo Adorno, después de Auschwitz no se podía escribir poesía, después de esta crisis podremos entre todos escribir la recuperación económica de España.

Isabel Estapé, notaria. Miembro de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras.

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