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Postales del coronavirus #24. Soy médico en Ecuador y me enfermé de la COVID-19

QUITO — Cuando recibí el resultado positivo por el coronavirus sentí miedo. Imaginé todo lo que podía pasarme como paciente de la COVID-19. Las posibilidades no eran buenas: podría morir o podría tener una enfermedad larga que, como doctor, significara una ausencia inadmisible en el hospital en el que trabajo, en la capital de Ecuador.

Desde entonces, los días han pasado y sigo aislado en casa. No he presentado síntomas graves, así que he podido manejar remotamente los temas administrativos de la unidad de cuidados intensivos (UCI) del Eugenio Espejo, uno de los principales hospitales públicos del país. Es la unidad que, junto con otros colegas, fundamos hace treinta años y de la que actualmente soy su director.

En toda mi carrera profesional como médico intensivista nunca experimenté lo que he vivido en estas últimas semanas. Estoy en contacto con redes de intensivistas de Italia y España y compartimos experiencias que no habríamos imaginado. En ambos países, se aumentó vertiginosamente la cantidad de camas de cuidados intensivos. Aún así no se daban abasto. ¿Cómo haríamos en Ecuador, en donde no tenemos esa misma opción de ensanchar la capacidad?

En Quito aún no nos hemos visto en una situación trágica: el sistema de atención no ha sido sobrepasado. Es distinto del caso de Guayaquil, la capital comercial del país. Ahí, la crisis se ha acumulado: los hospitales están rebasados, los servicios funerarios están colapsados y las muertes aumentaron a un ritmo desalentador.

Ahora, contagiado y haciendo la cuarentena forzosa, pienso mucho en mis colegas en Guayaquil; me conmueve su esfuerzo monumental, su valentía.

Los médicos intensivistas estamos entrenados para las decisiones duras. Solemos trabajar con pacientes que se debaten entre la vida y la muerte. Pero aún así, ni siquiera nosotros —o algunos de nosotros— estábamos preparados emocionalmente para esta crisis, para las deliberaciones difíciles que debemos tomar de manera rápida y asertiva, para el cansancio físico y anímico y la posibilidad inminente de contagiarnos y a nuestras familias.

Pero con el paso de los días, médicos, enfermeros, auxiliares y administrativos hemos tenido que vencer los miedos.
Aunque hacerlo no ha sido sencillo, ayuda saber que no estamos solos. Cuando recibí mi prueba positiva, sabía que el mío no era un caso aislado. Muchos trabajadores de la salud antes que yo han estado en mi lugar. Sabía, como todos en el hospital, que así pasó en Italia y España. Estamos en la primera línea de batalla. Luego de jornadas interminables en los que debemos usar prendas de protección incómodas pero indispensables, he visto en los rostros de mis colegas ansiedad y hasta lágrimas. También he visto determinación y resiliencia.

Ambas cualidades serán muy necesarias ahora. Es inquietante enfrentarse a una enfermedad nueva: vamos a ciegas en cuanto a un tratamiento específico contra el virus SARS-CoV-2. No tenemos estudios rigurosos en humanos y hay incertidumbre respecto a la evolución que va a tener en los pacientes que presentan la enfermedad de manera más agresiva.

Quizás no lo sabes, pero en las unidades de cuidados intensivos el mundo se cierra a un sistema muy pequeño: el enfermo grave, el familiar del paciente, el médico y el equipo que los atienden. Entre todos conformamos una relación que, caso a caso, pone a prueba nuestra paciencia y hasta nuestra vocación. Pero también la fortalece. Ahí he podido conocer la potencia del cariño que las familias sienten por sus parientes enfermos. Y es particularmente difícil ahora, mientras lidiamos con un virus tan contagioso, que los enfermos deben estar tan aislados como sea posible. Los familiares deben permanecer a distancia y el personal médico debe tomar muchas precauciones. La posibilidad de brindarnos cariño mutuo se reduce.

Una de las situaciones más arduas de esta contingencia es que nos vemos forzados a comunicarnos con las familias por medios electrónicos. Comunicar noticias malas o terribles a través de un aparato electrónico tiene una cualidad impersonal que no anticipaba. Hemos perdido la posibilidad de abrazarnos y llorar juntos. Pero lo que no debemos perder es la voluntad de seguir adelante.

Manuel Jibaja Vega es médico intensivista. Dirige la Unidad de cuidados intensivos del hospital Eugenio Espejo, en Quito, Ecuador.

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