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Postales del coronavirus #35. Un chispazo de conexión humana

En un cuarto de hospital en Barcelona. Credit Felipe Dana/Associated Press
En un cuarto de hospital en Barcelona. Credit Felipe Dana/Associated Press

BARCELONA — “¿Cómo estás?”.

Esa pregunta que ha recobrado su significado, que repetimos cada día de pandemia.

“¿Cómo estás?”, le insisto en urdu, pero no sé si la barrera de la mascarilla o mi acento español impiden que me entienda. O quizá no se lo acaba de creer.

“Bien”, me responde tímido, por fin, también en urdu.

Faiz es de Pakistán y vive en las afueras de Barcelona desde hace un año, pero aún no habla demasiado español. Lleva varias semanas hospitalizado: es un paciente con la COVID-19. Lo conozco en el Institut Guttmann, un hospital para pacientes neurológicos que se ha tenido que adaptar a la realidad de la pandemia.

“Pero… ¿hablas urdu?”, me pregunta.

“Hablo algo de urdu porque estuve dos años viviendo en Pakistán”, le digo.

Desde que fue ingresado, Faiz no ha podido hablar en urdu con nadie en persona: solo puede hacerlo por teléfono con sus familiares y amigos. Así que unas pocas palabras en su lengua le entran en el corazón e invitan al diálogo.

“¡Pero hablas muy bien!”, me dice Faiz, quien ha dejado atrás el desconcierto y ahora se emociona.

El regreso al urdu lo convierte en un torrente por unos minutos: me cuenta que es pintor, que vive con otros cuatro trabajadores en un piso en Badalona, que su familia está en Pakistán, que tiene cinco hijos, que ya son grandes, que el personal médico lo está tratando muy bien, muy bien, muy bien, que es de un pueblo cercano a Gujrat —origen de la mayoría de pakistaníes en Barcelona—, que lo pasó mal por la COVID-19 pero que ya está mejor, que en cuanto se recupere y haya aviones se va a Pakistán a visitar a su familia: ese horizonte de luz que todos necesitamos.

La doctora dice que el paciente está mejor y me pide que le traduzca algunas cosas. Lo hago como puedo, porque más que hablar, chapurreo el urdu.

“Vale, vale”, dice Faiz.

La doctora nos deja. Seguimos hablando.

“Mira, me encuentro muy bien, yo camino por aquí”, dice Faiz.

Se levanta de la silla que hay en un rincón de la habitación, frente a las camas, y empieza a caminar y a mover los brazos, a hacer ejercicios aeróbicos. Se gira, los brazos como aspas, y vuelve hacia la silla, donde me he quedado de pie: se acerca a toda velocidad. La idea de abrazarlo me produce tanta ternura como miedo.

Se detiene a un par de pasos.

Escribo mi teléfono en un trozo de papel y se lo doy. Le digo que me llame. Salgo de la habitación con la sonrisa estúpida de los enamorados. Gracias a una lengua del sur de Asia en un hospital catalán, en medio de una pandemia, un chispazo de conexión humana. Me siento útil —útil de verdad— por primera vez en mucho tiempo.

Me doy cuenta de que esta pequeña satisfacción no tiene nada que ver con el periodismo, que es a lo que me dedico con declarada y orgullosa pasión.

Lo pienso un rato. Y luego lo olvido.

Agus Morales es periodista y director de Revista 5W.

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