Postmodernidad como alternativa

Cada fase cultural crea sus géneros literarios propios o recupera del acervo anterior aquellos exponentes de la palabra, de la idea, de la ilusión con los que se puede orientar en la existencia. Porque de orientación se trata en la vida humana y eso es lo que esperan los hombres, bien sea de la palabra y mano amigas, bien sea del correspondiente Lázaro de Tormes, del ángel que acompaña a Tobías o de las ninfas que guían a Ulises en su retorno a Ítaca.

Uno de los rasgos que diferencia la posmodernidad de la modernidad es justamente éste. Aquella gestó «grandes relatos», como clarificaciones totalizadoras de lo real: la historia, la sociedad, la religión, el futuro. Con esta expresión del francés J. F. Lyotard se ha designado las narraciones de esa era que asumió en propia mano la entera historia, realidad y destino, queriendo comprenderlos. Fueron intentos de explicación primero, de dominación luego y finalmente de recreación a su medida. Los nombres de Hegel y Marx aparecen siempre como los exponentes límite de esta prometeica voluntad de explicación totalizadora y de este proyecto de apropiación dominadora, propias de la modernidad. Ésta lleva al límite en el orden de la teoría y de la praxis lo que ha sido siempre una necesidad y pretensión de la existencia humana: existir con sentido, ir más allá del instante, del fragmento, de la palabra aislada hacia la totalidad, al ser, hasta el fundamento, a Dios. Ser hombre es avistar al Infinito, necesitar marchar hacia él y contar con él, primero en el punto de partida apoyando el pie que despega, luego en la marcha reposando en él como fundamento y finalmente llegando a él como meta y hogar de descanso. El camino es la bella aventura de quien marcha hacia una patria de la que venimos. Esos tres elementos: patria, camino y meta son coextensivos y separar unos de otros es desestructurarlos, dejándonos en el borde de la locura.

Frente a la cultura de la modernidad, con su voluntad de abarcar el horizonte completo y su decisión de alcanzar soberanía sobre el mundo por la palabra, la acción individual y la revolución social, tenemos hoy la cultura de la posmodernidad. En cansancio frente a tantos absolutos que se han revelado falsos, o simplemente agotada por el esfuerzo requerido a generaciones anteriores, la inteligencia contemporánea se orienta ante todo por la ciencia. En cambio, desiste de los grandes libros y de las narraciones que, asumiendo al hombre entero, le llevan río atrás hasta compartir manantiales en el comienzo y y río adelante hasta compartir mar en la desembocadura. Necesitamos conocer los hechos en su origen, estructura y despliegue, pero a la vez necesitamos sentido, orientación, para entender nuestro destino y realizar nuestra libertad. A estas preguntas la ciencia no responde. La tentación de una época, que absolutiza la ciencia es sucumbir, en la vida personal, a la magia, la gnosis, y una mística que aborrece la razón y nos encierra en el universo del instinto, del solo placer o de la locura. Ni Marx fue la salvación hace medio siglo ni lo será ahora esa mística.

Nos referimos aquí a esa cultura que prefiere las frases hechas, el saber en píldoras, la información a mano lo más fácilmente asimilable y soportable. De ahí se pasa a las frases publicitarias, con afirmaciones tan brillantes como falaces, a los refranes, cuya verdad es expresión de sabiduría en unos casos, de pura locura y falsedad en otros, porque parten de la estricta particularidad que universalizan y por ello falsean. Para comprobar esta afirmación basta con asomarse al Refranero general ideológico español de L. Martínez Kleiser, con sus 65.803 refranes perfectamente clasificados por materias, o al Teatro universal de Proverbios,de Sebastián de Horozco (1510-1580), editado no hace mucho conjuntamente por las Universidades de Salamanca y Groningen.

La cultura de la frase hecha, del deslumbramiento por la palabra directa o por la idea fácil tiene que ir más allá de esos inicios hacia la totalidad, hacia el análisis primero de los múltiples elementos que siempre están en juego, para llegar finalmente a la difícil síntesis que nos es posible a los seres finitos y mortales. Habrá una tensión permanente entre el conocimiento particular y el horizonte universal, entre la síntesis encerrada en una palabra o fórmula y el sistema total. Por eso es necesaria la colaboración entre el fragmento y el todo. Porque solo quien ha visto o adivinado el todo puede identificar y admirar el fragmento. Este puede anticipar o reasumir la obra completa pero nunca sustituirla.

La posmodernidad es, en un sentido, una consumación o radicalización de la modernidad tanto en sus aspectos positivos como negativos; en otro, en cambio es una crítica legítima a ciertos aspectos y absolutizaciones que en el orden teórico y práctico, moral y religioso, ésta ha llevado a cabo. Ahora bien, en esta reacción la posmodernidad no puede pasar de las pretensiones desmesuradas de Prometeo a la desesperanza consumidora de Sísifo; ni ceder a la fascinación del fragmento, del instante, de la inmediatez, del placer directo y de la solución acelerada olvidando la totalidad e historia que nos preceden, a Dios que funda la circunferencia y el centro, la universalidad y los seres particulares, haciendo posible que estos se muevan en el mundo como en mar abierto y no en cerrada prisión. Los «valores líquidos» no sostienen ni los «amores instantáneos» saturan. No es suficiente la cultura de supermercado que une en la misma cesta realidades incomponibles entre sí. No tiene consistencia un pluralismo salvaje, que al no remitir a la unidad, reduce la vida a un montón de piezas inconexas. No basta una religión de bricolaje que elige unos hechos históricos y descarta otros, prefiere unos criterios morales y rechaza otros, se apoya en sus ideas particulares y retiene los dogmas solamente cuando corresponden a los propios gustos.

La raíz de esta cultura posmoderna está en rechazos mucho más fundamentales: la negación de las realidades suprasensibles y espirituales, que tiene lugar en el nihilismo, tal como lo pensó Nietzsche. Para él la «muerte de Dios» en realidad significaba la desaparición del ser, del fundamento, de la verdad, del futuro, de la salvación. Cuando se afirma o se decide la muerte de Dios, estas otras realidades quedan en el vacío. ¿Cómo podremos sostenerlas quienes somos finitos y mortales? Este es el abismo al que abre esa posmodernidad, reflejada en los títulos siguientes: Adiós a la verdad de G.Vattimo (Roma 2009), P.Sloterdik, Sin salvación. Tras las huellas de Heidegger (Madrid 2011), o en las frases finales de U. Ecco en El nombre de la Rosa: «Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus=De la rosa originaria perdura solo el nombre; no tenemos más que nudas palabras».

Del resentimiento y desencanto actuales, de la trivialización e inmediatez, hay que salir, volviendo la mirada del alma, la individual y colectiva, a los grandes problemas, relatos y autores. Ellos no nos resuelven momentáneas dudas pero nos acompañan en esas largas horas en las que la luz, la verdad y la esperanza se van sedimentando en nosotros. No nos piden nada: nos lo dan todo si nos lo dejamos decir y lo queremos oír. Hay que volver a leer a Homero, La Biblia, Sófocles, Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Pascal, Goethe, Dostojevski, Tolstoi, Machado, Unamuno, Ortega, Buber, Claudel, Bernanos, Delibes…

A una cultura del agotamiento y del cierre en sus límites solo se la salva abriéndola a los grandes horizontes, remejiéndole las entrañas con las dudas y certezas inalienables. Eso es ser hombres y mujeres con dignidad; solo así se tiene luz para descubrir las trampas que poderes, ideologías e intereses nos tienden cada día. Solo así se es libre; sólo así se vive con dignidad y esperanza.

Por Olegario González de Cardedal, teólogo.

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