Posverdad de la Transición y la guerra

Acabo de ver en la televisión a dos jóvenes barbados que dicen representar a una formación política (IU), que ellos se han encargado de enterrar. Están pidiendo un referéndum para que los españoles decidan si quieren Monarquía o República. Pero no nos dicen si se trata de resucitar la I República o la II, quizá no recuerdan cómo acabaron ambas. Tampoco recuerdan que eso ya lo votamos en 1978 y por no recordar también han olvidado que sus ancestros políticos (Carrillo, Camacho…) estaban a favor de la reconciliación nacional, que fue defendida por la izquierda en vida de Franco y puesta en práctica por todos los partidos en el periodo constituyente.

Hace ya algún tiempo que por estos pagos circulan argumentos según los cuales la Transición fue una cobardía y hasta una traición. Son los antifranquistas sobrevenidos quienes eso sostienen.

Me fijaré, a este propósito, en una de las consignas que más repite ese adanismo. Me refiero a la Ley de Amnistía (Ley 46/1977), contra la cual estos hooligans han puesto un especial empeño negando su vigencia, pues «los crímenes de guerra y los de lesa humanidad son imprescriptibles y por ello ninguna ley “de punto final” es válida». Otra mentira.

El único texto vinculante en materia de crímenes contra la Humanidad está en el convenio que se elaboró y aprobó en el seno de Naciones Unidas (Resolución 2391 –XXIII– de 26 de noviembre de 1968) y no contiene codificación alguna de Derecho Internacional. Es un Tratado que sólo obliga a los Estados firmantes, entre los que no está España.

Por otro lado, el Tratado por el que se instituyó el Estatuto de la Corte Penal Internacional establece –en su artículo 11– que esa Corte sólo tendrá competencia respecto de crímenes cometidos después de su entrada en vigor, lo cual deja fuera los crímenes del franquismo y también, por cierto, aquéllos que se cometieron en la retaguardia republicana. Y esta es otra, pues estas buenas (y sectarias) gentes afirman que durante la guerra sólo hubo asesinatos en la retaguardia franquista y si alguno hubo en la republicana fue a causa de los «incontrolados».

La verdad es otra: el Gobierno republicano estuvo implicado, por ejemplo, en la extracción de presos de las cárceles para llevarlos a la muerte (sólo en Madrid entre 3.000 y 4.000 asesinados).

Entre el 1 y el 6 de noviembre, es decir, con el Gobierno republicano todavía en Madrid, fueron sacadas y asesinadas 156 personas y también hubo sacas el 7 y el 8 de noviembre, con el Gobierno ya en Valencia, pero cesaron el 9 de noviembre, al ser nombrado al frente de las prisiones Melchor Rodríguez, quien, tras una bronca con el ministro de Justicia, García Oliver, dimitió. Tras aquella dimisión se reanudaron las sacas. Concretamente, entre aquel 14 de noviembre y el 4 de diciembre de 1936 hubo 57 sacas, 26 de la cárcel de San Antón, 21 de la de Porlier y 10 de la de Ventas. En total, 2.309 fusilados. Todas las sacas llevan la firma de quien las ordenó: hasta el 21 de noviembre, Vicente Girauta (9 sacas); el resto tienen la firma de Segundo Serrano Poncela.

Rodríguez volvió a ser nombrado el 5 de diciembre y las sacas cesaron definitivamente.

Pocos días después de comenzar la guerra ya aparecieron grupos en la retaguardia republicana tomándose la justicia por su mano. Una matanza silenciosa y tenaz que llenó de cadáveres los descampados, los jardines y las cunetas. Los madrileños, siempre dispuestos a tomarse a broma cualquier cosa, llamaban «besugos» a los cadáveres abandonados, quizá porque los ojos velados de los muertos recuerdan a los de esos peces.

Los asesinos «limpiadores» de la retaguardia disponían de sus «sedes» donde se reunían y también retenían a los secuestrados antes de convertirlos en cadáveres.

Se ha dicho que en Madrid llegaron a funcionar más de 60 checas. La mayor checa era la oficial a cargo del Consejo Provincial de Investigación Política (CPIP) y más tarde de la Dirección General de Seguridad. Según estudios históricos que son de fiar, las llamadas checas llegaron a contar con 4.500 participantes. ¡Qué bien hubieran estado en el frente!

Después de la guerra los familiares y amigos de los muertos en la retaguardia madrileña denunciaron más de 4.000 desapariciones. De 1.400 de esos desaparecidos sus deudos no supieron decir quiénes se los llevaron.

Hubo más «paseos» en la retaguardia franquista y desde luego más asesinatos «oficiales», tanto a través de juicios sumarísimos o de masacres como la de Badajoz. Y también es cierto que la represión con final en el cementerio continuó durante años después de la guerra; muchos fueron condenados en «procesos» militares. Procesos que de Justicia no tenían nada, pero todo eso no alivia las responsabilidades morales y políticas por los asesinatos perpetrados en la retaguardia republicana.

Aunque nunca se llegue a saber con absoluta precisión cuántos españoles fueron asesinados en ambas retaguardias, las cifras de los muertos en la guerra civil son ya bastante solventes. Tan solventes como impresionantes. En el frente, es decir, en el apartado estrictamente militar de la guerra, murieron 95.000 combatientes. Pero lo peor ocurrió en las retaguardias. Sólo los bombardeos (casi todos franquistas) mataron en torno a 10.000 personas. Por hambre y enfermedades, sobre todo en los campos de concentración y en las prisiones, otros 50.000 perdieron la vida antes de tiempo. Y la peor cifra de todas: los asesinados en las retaguardias: unos 50.000 en la republicana, entre ellos, unos 7.000 sacerdotes, seminaristas y monjas, incluyendo 12 obispos. Por su parte, en la retaguardia franquista se mató a 95.000 españoles durante la guerra y la inmediata posguerra. En total, 150.000 españoles fueron pasados por las armas en ambas retaguardias. Hubo, por lo tanto, tres veces más muertos en la zona rebelde que en la republicana, pero es preciso recordar que el avance territorial de los franquistas fue casi constante durante toda la contienda.

En suma, la única posición política y moralmente sostenible hoy es la de la reconciliación nacional. Una reconciliación que se ha de sostener bajo una promesa muy sencilla: ¡Nunca más!

Joaquín Leguina, expresidente de la Comunidad de Madrid.

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