PP: Tiempo para las ideas

Al margen de la letra pequeña, las elecciones democráticas se ganan o se pierden en el punto de encuentro entre la oferta política y la demanda social. Nadie en sus cabales pone en duda que el PP gestiona mejor que la izquierda, sea ésta premoderna o posmoderna. Aquí y ahora, la prioridad es y debe ser la lucha contra la crisis. Crear empleo es el objetivo principal, no sólo por razones económicas, sino también sociales y morales. Además, el centro-derecha tiene buenos argumentos para ganar la imprescindible batalla de las ideas. Vivimos tiempos confusos, y hacen falta políticos que inspiren confianza e intelectuales dispuestos a decir la verdad. Si se confirman los pronósticos, las primeras semanas serán determinantes. Sabio consejo de Aristóteles: «El principio es más de la mitad del todo». Seguridad y certeza, propuestas rigurosas, saber a qué atenerse… Recuerden cómo empieza Masa y Poder, la obra clásica del gran Elías Canetti: «Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido». Por eso, la convención de Málaga ofrece la mejor versión de un partido capaz de asumir su propia experiencia para superar viejos errores, con un líder (felizmente) previsible, proyectos realistas y convicciones firmes servidas por estrategias flexibles. Las cosas han cambiado mucho desde el congreso de Valencia. También algunas personas…

La opinión pública agradece este enfoque moderado y positivo. Todo apunta a que el cuerpo electoral traducirá esa gratitud en votos suficientes para que Mariano Rajoy forme gobierno. Me permito recuperar una reflexión publicada en esta Tercera, hace casi cuatro años: «El PP puede ganar, y de hecho ganará de nuevo en las urnas. Sobre todo, cuando se convenza a sí mismo y convenza a los demás de que cuenta con un excelente patrimonio político» («Ideas para la derecha», 24 de marzo de 2008). El socialismo es incapaz a día de hoy de aportar soluciones sensatas a problemas complejos. Por el contrario, la «sección áurea» —herencia común de Euclides y de Vitrubio— aporta una dosis razonable de equilibrio, seña de identidad para el moderantismo contemporáneo. Aquí tienen una relación, incompleta pero significativa, de las «virtudes cívicas». Ante todo, preferencia por la libertad individual y el sentido de la responsabilidad. Imperio de la ley: hay que cumplir las reglas del juego, cuando ganas y también cuando pierdes. Educación, respeto y civismo. Principios éticos y espíritu solidario. Rigor, austeridad y honradez. Apuesta por el trabajo bien hecho. Reconocer el mérito: el triunfo de los mejores es bueno para todos. Espíritu abierto al mundo, cada día más global, cada vez menos local. Patriotismo sensato. Ideas claras y análisis objetivo: el sectarismo nubla el intelecto y anula la racionalidad.

Seguimos. Acaso lo más importante sea la perseverancia, la ilusión y el espíritu de servicio público. El peor enemigo, sin duda, se llama indolencia, dejadez, oportunismo, «sálvese quien pueda»… España es un buen país, muy mal gobernado durante un par de interminables legislaturas. Al final, todo llega. Escribe Isaiah Berlin, un liberal irreprochable: «Acaso nuestro margen de mejora no supera el uno por ciento, pero ese avance puede ser determinante». ABC tiene abierto un debate muy atractivo sobre los falsos paradigmas. Son prejuicios, ficciones y falacias que suponen un lastre para la sociedad española, tal vez mucho mayor de lo que imaginamos. Por eso, es el tiempo de las ideas para el PP, cuyo éxito o fracaso dependerá de la capacidad de los dirigentes políticos para emitir mensajes en la buena dirección. Muchos males recientes derivan del acceso de los mediocres a puestos que superan su escaso talento. Dadas las circunstancias, no podemos admitir la renuncia de la gente más valiosa, víctima del desencanto o el escepticismo. Una sociedad sanamente constituida premia el mérito de los mejores alumnos, los profesionales más eficaces o los artistas de mayor talento. En este contexto, hay que superar el dogma de la politización universal. En efecto, las ciencias, la cultura, la justicia, la gestión empresarial o las instituciones genuinas no están regidas por la lógica coyuntural, sino por principios de calidad y eficacia.

Un Gobierno que inspira confianza debe vertebrar el interés general frente a la mentira interesada de que no existe el bien común, sino un conflicto perpetuo entre individuos y grupos de interés que compiten con criterios hobbesianos en busca de su exclusivo beneficio. De ahí que sea preciso reivindicar la política contra el partidismo y procurar la búsqueda del interés general como un oficio noble al servicio de una buena causa. La raíz de las prácticas corruptas, las maniobras turbias y el oportunismo rampante deriva de esa concepción sectaria que sólo sabe distinguir entre los propios y los ajenos. Como es natural, los partidos son indispensables en una democracia pluralista, pero no agotan los cauces participativos ni deben ostentar el monopolio de la esfera pública. La expresión de la sociedad civil a través de sus propios canales es una necesidad acuciante al margen de ventajas particulares o del reparto de cuotas en el poder territorial o institucional. Tiene mérito, aquí y ahora, la capacidad del PP para lograr la sintonía con la gente de la calle. Por ejemplo, en la propuesta de reducir el número de diputados y otros cargos electos o de plantear reformas de calado en la Justicia. La democracia representativa es la mejor y también la única posible, entre otras cosas porque se mueve en el terreno de la realidad y no de la utopia. Recuerden en este punto la inteligente reflexión de Bentham: «Busquemos solamente lo posible…».

En fin, el sentido común es la antítesis del sedicente «buenismo», inspirado por una falsa ingenuidad. Apostar por el voluntarismo a ultranza supone desconocer la realidad radical de la condición humana. Es preciso luchar por el propio derecho y defender con energía las convicciones auténticas, siempre con pleno respeto al adversario pero sin caer en la tentación absurda de favorecer la causa del enemigo. En determinados ámbitos, como la política internacional, esta actitud causa un mal irreparable, porque transmite la imagen de un actor débil que resulta incapaz de desempeñar el papel que le corresponde. Más vale tarde…: es llamativo que, en tiempo de prórroga, Rodríguez Zapatero acuda al magisterio de Raymond Aron y se olvide del irrelevante Philip Pettit. Desde la tradición liberal e ilustrada, cabe formular propuestas atractivas para el siglo XXI en el marco de una sociedad abierta y una democracia constitucional madura. Ya hemos escarmentado sobre ocurrencias improvisadas para salir del paso. Ha llegado la hora de hacer bien las cosas. Otra vez hay que recordar la sensatez, el realismo y la moderación. También la concordia, centro y eje del discurso de Rajoy en Málaga, con estilo de hombre de Estado y no de líder partidista. ¿Habrá sorpresas? Relectura de Borges, inimitable: «La solución del misterio siempre debe ser inferior al propio misterio».

Benigno Pendás, catedrático de Ciencia Política, Universidad CEU San Pablo.

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