Pragmatismo e idealismo

En un reciente debate celebrado a puerta cerrada y presidido por las reglas Chatham House (se puede citar la opinión, pero no el autor de la misma) que el foro LVL coorganizó con la Fundación Naumann sobre la cumbre de la OTAN y la vecindad sur europea, quedó planteado el asunto que se refiere a si en la negociación de los países de la UE con los situados al otro lado del Mediterráneo resulta indispensable o es accesorio que los primeros pongamos encima de la mesa los principios y valores democráticos y el respeto a los derechos humanos que, como es bien conocido, se sitúan en el centro de la identidad de nuestra unión política y económica. Una discusión que siempre establece un «a priori» fronterizo entre los que podríamos definir como idealistas y los que parecen percibirse generalmente como pragmáticos.

La definición de nuestras relaciones con terceros países sobre la base de la dualidad entre las aproximaciones realistas y las utópicas está cargada con la mortífera metralla de la esterilidad. Establece en realidad una escala de superioridad moral para los que no se rebajan a mancharse las manos en el barro de la realpolitik, o concede una cierta ventaja práctica para quienes obtienen resultados precisamente por la vía de aceptar que las cosas son como son y no como nos gustaría que fueran.

Existe además una cierta dosis de impostación en este debate que nos conduce a la consideración clásica de la validez de los medios en relación con los fines emprendidos y que recuerda la esencia clásica de la política maquiavélica que el autor florentino evocaba en El Príncipe. Y podríamos formularnos la pregunta de si no hemos avanzado un ápice desde el siglo XVI, en el que el autor de la época renacentista escribió su obra; si los totalitarismos comunista y nazi y el exterminio genocida al que condujeron a significativos sectores de la población han pasado sin dejar huella; o si los conflictos y las guerras, entre ellas dos muy cercanas mundiales, no nos han enseñado nada.

No es posible que podamos responder de forma negativa a estas preguntas. Al menos no desde la Unión Europea que nace de la guerra y no sólo –aunque sí de manera principal– para evitar nuevos escenarios bélicos. Es que también procede el proyecto común europeo de la consideración por la que las libertades, los derechos humanos y el juego libre democrático son la garantía más adecuada y el medio más propicio para evitar las tentaciones expansionistas de algunos estados que, partiendo del enemigo exterior y/o de pretendidos derechos territoriales, emprenden acciones de agresión exterior, no sin antes haber conculcado el derecho a la expresión de los medios de comunicación, la competencia crítica de la oposición interior y el conjunto de las libertades civiles y democráticas de la ciudadanía.

Se trata además de un debate falso porque ninguno de los actores que interviene en el mismo puede reputarse de más demócrata o autoritario que el contrario; no existe, por lo tanto, no sería posible, ni superioridad moral ni bajeza deshonesta entre estos contendientes –siquiera dialécticos–. Lo que sí parece conveniente es señalar que, con independencia de la salud global de los sistemas de gobierno democráticos, estas organizaciones cuentan con la ventaja –además de la decencia que comportan– de la seguridad y la previsibilidad en el trato con las mismas. No existe un impulso ingenuo de confiados defensores de la libertad porque procuremos aspirar a que en otros pagos diferentes a los nuestros prevalezcan procedimientos basados en normas y no en la omnímoda voluntad de sus dirigentes.

Además, como han escrito Haizam Amirah-Fernández y Eduard Soler y Lecha en Creating Euro-Mediterranean bonds that deliver para la Fundación Naumann: «Las políticas de apoyo al paradigma de la 'estabilidad autoritaria' han contribuido decisivamente a fortalecer actores que favorecían el statu quo. Todo ello conduce a un deterioro de la estabilidad, a la falta de progreso económico, al aumento de las desigualdades y el malestar social y a la instrumentalización de políticas identitarias y del miedo para ocultar la incapacidad de responder a las demandas y necesidades de la ciudadanía de la región».

Y estas afirmaciones no significan que la pretensión de los miembros de la Unión Europea consista en implantar regímenes democráticos en los países con los que mantenemos relaciones políticas o comerciales. Experiencias como la de Irak después de la campaña aliada en contra de la dictadura de Sadam Husein nos demuestran la fragilidad de las imposiciones provenientes de otros pagos sobre modelos políticos, sociales, económicos, étnicos o religiosos que responden a sus propios paradigmas y no a los nuestros. Pero siempre es posible –añadiría que necesario– introducir en nuestros acuerdos comerciales –que son, por cierto, ámbito de competencia de la Unión– el respeto a determinados derechos laborales, los requisitos medioambientales, o el cumplimiento de determinadas garantías alimentarias o de productos que, si no conllevan de manera inmediata la implantación de regímenes abiertos, sí se encaminan en la buena dirección.

La política del «palo y la zanahoria» –administrando seguramente más el segundo elemento que el primero– nos permite cohonestar el pragmatismo con el idealismo en la integración de un círculo que resultaría virtuoso. La consideración de que la batalla está perdida de antemano nos conduce simplemente a no presentarla y, por consiguiente, a perderla.

Fernando Maura es director del foro LVL de política exterior.

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