Pre-gay, gay, post-gay

Nadie más indicado que yo para escribir este artículo-arcoíris. Nadie menos indicado que yo para escribir este artículo-arcoíris. Confío que el atento lector entienda la dialéctica de este arcoíris al final. Cada vez que, con la entrada del verano, llega el día del Orgullo gay a Madrid y al mundo mundial, tengo la sensación de que debiera decir algo. Y a la vez la opuesta sensación de que no debería decir nada, porque este importante asunto, tan espectacular, tan polimorfo y tan profundo, me sobrepasa por completo. No basta ser como soy yo, a los 80, pre-gay, ni como nuestro ministro de Interior en su espléndida madurez, post-gay. Ni es suficiente ser militante de carroza, ni es suficiente haber salido del armario o estar dentro todavía. A raíz de la publicación de mi extensa novela Contra Natura (2005), mi buen amigo Eduardo Mendicutti declaró rotundamente -y, por decirlo así, en mi propia cara-: «Tú eres, Álvaro, pre-gay». Y yo dije: «¡Pero Eduardo. Yo soy gay! ¿No lo ves tú mismo?» Él respondió: «Sí. Pero pre». Le escandalizaba e irritaba a Mendicutti que los profusos encuentros homoeróticos de mis personajes fueran sin condón. Y es cierto que el erotismo homosexual que preside esa novela corresponde a mi juventud y madurez, una época en que se follaba quizá menos, más montarazmente, más mudamente, en los váteres, en los descampados, en las cuadras, sin condón. Así que, pre. Creo, sin embargo, que la perspicaz ocurrencia de Mendicutti no sólo sirve para designar la accidentalidad y la furtividad de esos encuentros, sino, sobre todo, que yo fui pre-gay porque el Orgullo gay no se había manifestado todavía. Hablando por mí mismo, siempre he estado soberbiamente orgulloso de mi condición (he vivido toda mi vida fuera del armario), pero no la he disfrutado. En mi época, ser como era yo era ser un solitario, un cazador furtivo. El Orgullo gay era la soledad, la incomunicación y el silencio. He sido lo que he sido y no he dado nunca explicaciones. Eso es, esquemáticamente expuesto, ser pre-gay. Siempre mantuve, contra la Iglesia católica y contra la opinión generalizada de mi época -incluso poseído por un angustioso sentimiento de culpabilidad- que los homosexuales éramos limpios de corazón. Siempre consideré, por lo tanto, que éramos bienaventurados: Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. El Orgullo gay de mi juventud era, y sigue siendo, profundamente teológico. El hecho de que la teología dialéctica o reformada estuviera presente en esta historia significaba, en mi caso, que tenía yo que ser virtuoso. Tenía que ser, para empezar, severo conmigo mismo y casto. La promiscuidad era un emborronamiento inaceptable. Esto incluía una fuerte dosis de soledad y de soberbia. Fue un tiempo creador brillante, llevadero, pero no feliz. La felicidad me parecía una ilusión de criadas.

En 1969-70 tuvo lugar el alzamiento de Stonewall y, muy lentamente -pero también muy tenazmente-, la gran reivindicación de los derechos de la comunidad homosexual de todo género. Quiere decirse que el asunto se volvió público, sociológico, político, civilizado y propio del primer mundo, del mundo occidental. Esta situación llegó a cansarme. Llegué a sentir una nostalgia pre-gay del homoerotismo privado de Hampstead Heath, por decir un sitio. La publicidad, el postureo, llegó a cansarme. Pero, en fin, era obviamente preferible la plena luz que la plena sombra. A partir de 1981 se declaró el sida, que se llamaba entonces el «cáncer rosa» y que había estado inmediatamente precedido por una explosión de felicidad pre-gay que todavía vemos reflejada en las películas y documentales de la época. Se trataba de una felicidad escurridiza y poética, hipócrita también. Brokeback Mountain y Far from Heaven son ejemplos cinematográficos excelentes de aquella época. El sida no era evidentemente un castigo de Dios, sino una epidemia. Afectó a muchos amigos míos y quizá promovió, à contrecoeur, una nueva castidad forzada y medrosa. Pero lo gay pasó de ser una actividad privada, cultivada más o menos en secreto, una delicia floral y primaveral (Gay is, gay was, the gay forsythia), a ser un asunto claramente ético, y a partir de entonces parte ya de una ética pública y no sólo privada.

A fuerza de volverse público y notorio, acabó lo gay por estar bien visto, por lo menos en la izquierda. Confieso que estar bien visto me irrita siempre un poco. Me acostumbré de joven, y aún conservo esa costumbre, a considerarme marginal, mal visto y valeroso. La valentía personal es la parte de la homosexualidad que más admiro. Se volvió, pues, lo gay, campal, mundial, excepto -como todo el mundo sabe- donde no. Y ahí te ahorcan colgado de una grúa. Todavía ser gay es, en esos sitios, una cuestión de vida o muerte. Por oposición, curiosamente, a las teocracias y las dictaduras asesinas, todo el occidente gay se volvió, con naturalidad, demócrata. Two cheers for Democracy!, sin duda. Pero el futuro -como nos recuerda José María Aznar- es ahora. El ahora es post-gay.

El sábado 22 de junio leí en EL MUNDO una larga entrevista de José Luis Romo con el ministro del Interior titulada Se puede ser gay y de derechas. Me quedé muy edificado, ligeramente enfurruñado, como corresponde a un romántico de la homosexualidad pre-gay, pero muy edificado también, eso sin duda. ¿Se trataba de una invitación a echar un polvazo polimorfo en los sótanos de Gobernación? Mejor sitio imposible. Pero no. Era, nada más y nada menos, que una sedada y razonable entrevista post-gay. Me alegra pensar que ahora, en el futuro ya, se pueda ser amansadamente, ministerialmente y normalmente de la acera de enfrente y además, de derechas. Lo que va de ayer a hoy. Sólo nos queda ya oficializar la situación de El Vaticano.

La posición de Fernando Grande-Marlaska en este asunto es ejemplar. Y lo es, eminentemente porque refleja sin estridencias, razonablemente, lo que el movimiento gay, en su versión menos festivalera y carrocera, en su sentido más profundo, ha logrado en estos años. Adviértase que Grande-Marlaska, en esta entrevista, pone con gran habilidad entre paréntesis su posición actual de ministro del Gobierno socialista. Esta suspensión no sólo es inteligente, sino también virtuosa: renuncia a hablar ex cátedra y habla, como lo haría un fenomenólogo, en primera persona del singular: no se trata, sin embargo, de una confesión. La tonalidad emocional del texto no es confesional y no es -a Dios gracias- tampoco intimista. Es factual. Se diría que no pretende conmover o persuadir a sus lectores: sólo describirse a sí mismo poniéndose ante sus lectores, no con un yo soy sino con un esto es. Rilke llamaba santa a la actitud espiritual que permite este posicionamiento objetivo con respecto a la propia vida: esto es lo que hay, la mirada objetiva a la propia experiencia íntima del yo. Una mirada limpia, es decir: santa.

El gran asunto espiritual de los gays post-gays (y, por supuesto, de todo el género humano, ya de paso) es alcanzar la perfección individual y, mediante ella, el bien, el sumo bien, que no es, ni muchísimo menos, la felicidad perfecta. La felicidad -no obstante la acreditada veteranía del concepto- es un tema festivalero, una carroza musculoca recargada de falsas expectativas. La felicidad es una cualidad no-natural de la acción humana. Hay, en esto, que dejar de lado, de momento al menos, la primera línea de la Ética a Nicómaco. No es verdad (del todo) que los hombres busquen por naturaleza la felicidad. La dignidad, por ejemplo, es un anhelo más profundo que el festivalero anhelo de felicidad. La dignidad fue, por cierto, el gran tema del alzamiento gay de Stonewall. Los felices acaban aburriéndose porque la felicidad no les retroalimenta. La felicidad aísla más que el aislamiento social en que vivimos los pre-gays de mi edad. Me interesa acabar este artículo con un texto sobre la aceptación de su orientación sexual por parte de la madre de Grande-Marlaska: «Lo de mi madre fue mucho más duro que lo de ETA. Tengo un montón de dudas en mi vida pero en eso no tengo ninguna. Luego nos fuimos reconciliando poco a poco». Y, por último: «Así no tendré la sensación de ser de los pocos. Somos muchos. Sólo falta que muchos más den un paso adelante».

Álvaro Pombo es escritor y miembro de la Real Academia Española.

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