Predicamento

Hay conceptos que nadie se atrevería a cuestionar jamás. Uno de ellos, quizá el más notable, es el de democracia. No seré yo quien niegue sus virtudes pero pienso que es un término que no debe aplicarse necesariamente a todo. Si vamos a su definición en el diccionario, democracia es «la forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos». Y también «la forma de sociedad que practica la igualdad de derechos individuales con independencia de etnias, sexo y credos religiosos». Por tanto, una persona democrática es alguien que respeta estos principios y se deja regir por ellos. Las ventajas de la democracia son evidentes. Las sociedades más prósperas e igualitarias son democracias. Su estructura permite y estimula la movilidad social y la meritocracia. También se ha constatado que las sociedades democráticas son más eficientes y prósperas desde el punto de vista económico y por supuesto este sistema permite, mediante el voto, que los ciudadanos se libren de gobernantes ineptos o corruptos. Sin embargo, hasta las mejores construcciones humanas tienen sus puntos débiles y la democracia no es una excepción. Por su propia definición, esta depende de los deseos de la mayoría y la historia nos enseña que los deseos de la mayoría no son siempre atinados, sensatos y ni siquiera éticos. Existen luego los peligros de la llamada democracia directa por la cual se consultan al pueblo diferentes cuestiones en referéndum. Como bien sabemos por el Brexit, los referendos los carga el diablo y si la prudencia y la experiencia se han decantado desde hace años por la democracia indirecta es porque ciertas cuestiones es preferible que las decidan los responsables elegidos por los ciudadanos y no los ciudadanos directamente. Mención aparte merecen las consultas pseudo-democráticas que los partidos hacen a sus bases para que refrenden lo que ellos ya han decidido de antemano. Que el 68 por ciento de 128.000 votantes de Unidas-Podemos refrendase la compra del casoplón de la pareja Iglesias-Montero; o que el 94,6 por ciento de los militantes de Esquerra Republicana dijera sí a la jesuítica y enrevesada pregunta de sus líderes sobre la conveniencia de negociar la investidura de Sánchez, no son más que dos ejemplos de cómo se utiliza la democracia para sacralizar exactamente lo contrario, la autocracia.

PredicamentoTodas estas imperfecciones del que hemos dado en llamar el menos malo de los sistemas políticos, son de sobra conocidas y a ellas apelan quienes desde la extrema izquierda y desde la extrema derecha empiezan, inquietantemente, a cuestionar su eficacia. Pero es de otra distorsión -o mal uso del concepto democracia- de la que me gustaría hablarles hoy, de esa que algunos llaman la democratización de las opiniones. Se dice con frecuencia que todas las opiniones son respetables. Lo respetable realmente -e incluso sagrado- es que todo el mundo pueda expresar libremente su opinión. Pero es obvio que no todas las opiniones son aceptables. Las hay necias, banales, tendenciosas, injuriosas y otras directamente xenófobas o fascistas. Hasta hace unos años, la opinión de la mayoría de nosotros no trascendía nuestro entorno más próximo. A todo andar, si una persona escribía en la prensa o hablaba en la televisión o la radio su punto de vista llegaba a un número mayor de personas, pero rara vez se hacía viral, como ahora se dice. Además, en el mundo analógico, no todas las opiniones valían lo mismo. Uno sabía distinguir entre la opinión del vecino del quinto y la de un periodista renombrado, un intelectual, o un profesional de prestigio. Existía lo que llamamos predicamento, es decir el peso específico y grado de estimación de una persona, y las opiniones se valoraban según quien las emitiera. Ahora no es así. Ahora, según palabras de Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, la gran revolución es que quinientos millones de personas pueden manifestar sus opiniones y hacer que sus voces sean oídas. Magnífico avance, si no fuera porque el modo de calibrar el predicamento ha cambiado. Este se mide ahora por baremos tan de peso como que quien emite tal opinión o tal otra es un entrenador de fútbol o una estrella de rock. O un influencer, que sin duda debe de tener razón en absolutamente todo lo que dice, porque cinco, siete o diez millones de likes no pueden estar equivocados… Hemos llegado así a la grotesca situación de que tiene más resonancia -y en no pocas ocasiones también más ascendiente- lo que diga Belén Esteban que lo que razona un premio Nobel. Puede sonar elitista decir, y sin embargo es cierto, que antes las opiniones iban de arriba abajo. En otras palabras, una persona cuyo criterio se valoraba proponía ideas y otros acababan haciéndolas suyas. O puede que no. Porque, a diferencia de las ideas simplonas que se tragan sin pensar ni procesar, las opiniones valiosas hacen que uno reflexione y adquiera instrumentos, no para pensar lo mismo que quien las emite, sino para conformar un criterio propio. Lamentablemente, también esta posibilidad se ve restringida en un mundo regido por la tiranía de los likes. Porque la gente solo escucha y lee a quienes son de su cuerda, y no para aprender sino para reforzar lo que ya piensa de antemano.

Así, en este marasmo, mezcla de onanismo informativo y de opiniones simplistas emitidas por gurús e influencers, la sociedad acaba chapoteado en esas ideas melifluas y bobas que llamamos la corrección política. Una nueva tiranía, por cierto, puesto que a quien no abraza sus postulados con rendido entusiasmo se le tacha de carca y de intransigente. ¿Es posible que en el siglo XXI, con el mayor número de personas alfabetizadas y formadas de todos los tiempos, abunde más que nunca la desinformación y el dogmatismo? ¿Cómo tener criterio si uno no sabe discernir entre una fuente fiable y otra irrelevante?

Conviene no confundir la opinión de la mayoría con la verdad -apuntaba Jean Cocteau, que tampoco debía de ser muy partidario de la democratización de las opiniones-. Su recomendación parece una obviedad pero pienso que no está de más recordarla, sobre todo cuando intentan hacerle comulgar a uno con cada vez más grandes e indigestas ruedas de molino.

Carmen Posadas es escritora.

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