Preguntas y respuestas sobre España

Lo que tiene de particular la historia de España respecto a la de otras naciones europeas y del resto del mundo es que empieza antes que las demás. Existen excepciones fuera de Europa, como China o Persia, cuyas expresiones actuales, el Irán de los ayatolás y la República popular china, resultan tan imperiales en su comportamiento y tradiciones políticas como lo eran en 1492, cuando los Reyes Católicos concluyeron la unificación de los reinos peninsulares, a falta de la incorporación de Navarra en 1512. Esta circunstancia de la antigüedad determina elementos cruciales. España fue imperio global (el primero, tras la incorporación de Portugal en 1580) antes que Estado-nación, bajo la forma de una monarquía compuesta. Aquella España de los Austrias se caracterizaba por la reunión de reinos y señoríos bajo un monarca y señor natural. No era una nación definida por el nacionalismo. Este no existía. Fue un invento nefasto del romanticismo decimonónico, según el cual existen identidades políticas obligatorias a partir de elementos inventados de exclusión, vinculados sin duda a la antigua «limpieza de sangre». Algunos pretenden que estas divisiones supuestas de clase, etnia, lengua, religión, familia u origen, conducen para adquirir expresión completa –otra ficción– a la existencia de un Estado. En perspectiva histórica, un supuesto Estado-nación «plurinacional» resultaría una entelequia, pura retórica, o directamente un imposible. Remitiría si acaso en su arquitectura constitucional a formas barrocas de gobierno, premodernas, previas a la nación de ciudadanos libres e iguales ante la ley.

La disonancia entre homogeneidad y heterogeneidad de los cuerpos políticos fue resuelta desde finales del siglo XVIII en diferentes formas. En el caso de los padres fundadores de Estados Unidos, invocaron en la constitución de 1787 el federalismo. Este sirvió y sirve para unir, no para separar. Funciona en primer lugar y sobre todo para mantener la nación y la lealtad constitucional, a cambio de concesiones y balanzas de poder. La alternativa, el centralismo o unitarismo, ha funcionado bien en otros países, como Francia y multitud de antiguas colonias europeas convertidas en repúblicas independientes en los cinco continentes. En el caso español, como señaló el gran politólogo de Harvard Jorge I. Domínguez al explicar la emancipación hispanoamericana, el mayor problema fue la existencia a comienzos del siglo XIX de elites disgregadas, cuidadosas no del bien común de la nación española de europeos y americanos juntos, sino como se decía en la época, de «intereses privados y de partido». Tras la invasión napoleónica de 1808, pusieron en marcha estrategias de ingeniería social para lograr sus fines –el poder– y también para mantener el orden social y evitar la revolución. Desde entonces, el pasado, la cultura, la educación, constituyen el escenario en el que se determinan y proyectan las comunidades políticas, donde movilizan emociones y sentimientos. Desgraciadamente, a pesar de la existencia de una sólida historiografía científica reciente, que cuestiona presunciones, consignas, falsedades y mitos antiguos y modernos, la historia de España padece un proceso de desvertebración y propaganda sectaria. Pero existe una verdad histórica, que remite a las evidencias disponibles y la crítica científica. Por eso resulta de interés poner al día algunas de las cuestiones más debatidas, entre las que se hallan las siguientes:

1. ¿España es un invento de Franco? Evidentemente no. Piedra angular de la ficción independentista sobre el pasado compartido, presupone negar la antigüedad de la nación española y atribuirle rasgos antidemocráticos. Buena parte de la generación del 68 y sus émulos, autoproclamada antifranquista, ha vivido y vive blandiendo la sombra del general ferrolano, cuya visión de España fue generacional, integrista y decimonónica.

2. Mejor no celebrar el 12 de octubre. Los españoles, malos y avariciosos, conquistaron a los pobrecitos indios americanos, que vivían en un paraíso terrenal. Esta falsedad es un invento de la leyenda negra que los criollos y sus descendientes no dejan de propagar. En realidad, los indígenas pelearon hasta 1825 e incluso después contra la independencia de España, porque la ley real los defendía de la rapacidad de las elites locales. El imperio español tuvo un componente negociador y de consenso; por eso duró tres siglos. Las deudas históricas no existen. En todo caso, los descendientes de los conquistadores, gente valiente y emprendedora en su mayoría, no están en España. Aquí no regresaron, porque en los reinos de Indias se vivía mucho mejor.

3. Catalanes y vascos apenas participaron en el imperio español. Falso. No sólo estuvieron allí, sino que fueron determinantes en su organización y se lucraron, cuando los hubo, de sus beneficios. Ciertas limitaciones legales iniciales en el paso a América para súbditos de la Corona de Aragón duraron poco y no fueron respetadas. El siglo XVIII americano fue gestionado desde la periferia peninsular. El siglo XIX antillano y filipino no cambió esa orientación histórica.

4. En la América española mandaba la Inquisición y no había educación, Ilustración e imprentas. El mito del oscurantismo es otra falsedad. El Santo Oficio, que no tuvo jurisdicción sobre indígenas, era residual en 1800 y las ciudades se habían llenado de universidades, bibliotecas públicas, teatros, alamedas y jardines. México era la ciudad más rica del hemisferio occidental y una de las grandes urbes del mundo. Existía censura, pero el empeño por leer y escribir apenas se veía afectado. Entonces, como ahora, prohibir un libro era la manera de promocionarlo.

5. El siglo XIX español fue un desastre sin paliativos. Como muestra el Brexit, los finales de imperio son complicados. El revisionismo historiográfico ha mostrado en cambio que la mejora española fue constante durante aquella centuria. Hubo ciencia e investigación, ingeniería y medicina, crecimiento de la renta y modernización. Comparable con el resto de Europa, que vivió también entre la guerra y la revolución.

6. Los afrancesados fueron todos progresistas. No, hubo de todo entre ellos y los fundadores de nuestro Estado liberal tuvieron con frecuencia ese origen, que como era lógico disimularon.

7. ¿Me tiene que doler España? Pues de un modo razonable y sobre todo no paralizante, sin excesos. Como en el refrán repetido estos días, si no está usted preocupado es porque no está atento. Pero se trata de un invento retórico de la generación del 98, que incidió en un defecto promovido por la leyenda negra, la sobrevaloración patológica de lo negativo.

8. La historia de España es una sucesión de guerras civiles. Desgraciadamente las ha habido y la opción por hacer política mediante ellas debe desterrarse para siempre. Nos lo enseñó la generación de la Transición y ese es su mejor legado.

9. La historia de España es local y cerrada, poco relevante. Todo lo contrario. La globalización como experiencia cultural e histórica compartida resulta indescifrable sin los exploradores, misioneros, científicos, profesores, aventureros y campesinos, hombres y mujeres, que dejaron su vida y sus ilusiones a los cuatro vientos del mundo. Quizás, como señalaron los franciscanos hermanos Mohedano, autores de una «Historia literaria de España» (1766), lo definitorio de los españoles era que «no imitaban la pesadez de la tortuga ni la violencia del rayo, porque eran navíos de grandes velas y mucho lastre». Recordarlos es una obligación, aunque como dice un viejo aforismo de historiadores, es preciso seguir estudiando. Pues el futuro parece claro: lo único dudoso es el pasado.

Manuel Lucena Giraldo, historiador y miembro de la Academia Europea.

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