Preguntas

ETA lo ha conseguido. Ha vuelto a matar. Nos ha demostrado que sigue viva, y la consecuencia de que siga viva es que extiende la muerte. Y la amenaza. Y el miedo. Y seguirá. Hasta su último momento. Morirá matando. Desaparecerá cuando ya no mate, cuando ya no pueda matar. Cuando entre todos les hagamos imposible el negocio de la muerte.
Pero para esto, para que ETA desaparezca, para que ya no pueda matar más, es preciso que nos hagamos preguntas. Muchas y muy serias preguntas. Empezando por la más simple, y al mismo tiempo la más grave de todas: ¿Cómo hemos permitido que una organización asesina haya podido sobrevivir desde la Transición? ¿Dónde hemos estado? ¿A qué nos hemos dedicado? ¿Qué hemos hecho para que ETA siga viva?

No hay duda de que la responsabilidad de la existencia de ETA es de ETA, la culpa de todos los asesinatos cometidos por ETA es de ETA. Si incluso ahora, con motivo de la retirada de todo lo que huela a presencia de ETA -fotos, pintadas, pasquines, homenajes- es motivo de disputa política, si la Ley de Partidos Políticos, cuya eficacia está fuera de toda duda y cuya legitimidad democrática acaba de ser confirmada por el Tribunal de Derechos Humanos, sigue sin ser admitida por partidos nacionalistas vascos, la pregunta planteada es más que pertinente.

Porque todos podíamos haber hecho más. Porque ETA, para seguir viva, es decir, para seguir matando, ha necesitado algo más que comandos, algo más que armas, algo más que financiación e infraestructuras. Ha necesitado de una atmósfera social y política en la que pudiera desenvolverse con facilidad. Necesitaba de lo que, con el ánimo de diferenciar todo lo vasco del resto de acontecimientos del mundo, tantas veces se ha repetido: ETA no es la Baader-Meinhoff, ETA no son los terroristas alemanes. La diferencia radica en que existe un contexto social y político de apoyo a los etarras, algo que no existía en el caso del terrorismo alemán -aunque históricamente pueda discutirse si la diferencia es tan radical como ha solido ser pintada-.

Si esa diferencia ha existido es porque, en Euskadi, en el seno de la sociedad vasca, ha habido comprensión hacia ETA, ha habido algo que le ha permitido a ETA sentirse como pez en el agua. Ha habido, aunque a algunos les parezca el resumen de lo que nunca se puede decir, una legitimación al menos indirecta de la actividad de ETA. Cada vez que se ha dicho que ni Franco pudo con ETA, cada vez que se ha dicho que si se detiene a un comando surgen diez en respuesta, cada vez que se ha hablado del ‘conflicto’, cada vez que se ha afirmado que si no se reconoce el derecho de autodeterminación y la territorialidad ETA continuará, se ha creado una atmósfera en la que ETA se ha podido desenvolver con tranquilidad de conciencia.

Es cierto que en los últimos años se han dado pasos decisivos en la lucha contra ETA. Es cierto que se ha llegado a pedir la deslegitimación social de ETA. Es cierto que la sociedad vasca ha ido dando la espalda cada vez con más radicalidad a ETA. Pero sigue sin calar la idea de que lo que realmente hace falta es la deslegitimación política de ETA. Sigue sin calar la idea de que, al menos, es preciso preguntarse si afirmar que es lícito compartir los fines de ETA no contribuye a que ETA crea que cuenta con alguna legitimidad en su lucha, aunque sea una legitimación indirecta.

En una sociedad en la que ETA mata porque persigue una Euskadi independiente y la ve cada vez más lejos, ¿qué significa que el principal partido de la oposición, el PNV, afirme que sigue persiguiendo, como siempre, la independencia de Euskadi, que no ha renunciado ni en un ápice a esa meta? Cuando nos hemos acostumbrado a pensar que globalización significa que todo está conectado con todo, cuando sabemos que lo que sucede en una sociedad está interconectado con todo lo que sucede en esa sociedad, ¿de verdad creemos que proclamar que se comparten los mismos fines que ETA no tiene consecuencias?

El miedo puede llegar a ser una enfermedad peligrosa. Va entrando en los recovecos de las neuronas y condicionando el comportamiento, desde la raíz misma de lo que nos atrevemos, o no nos atrevemos, a pensar. Y en Euskadi algunos pensamientos siguen estando dominados por el miedo. Un miedo que tiene que ver con la amenaza de ETA, pero que también tiene que ver con un miedo a disentir de lo políticamente correcto, una corrección dominada y marcada por el nacionalismo dominante.

Y hay miedo a preguntar, simplemente a preguntar sin adelantar respuesta alguna, si con una ETA que mata en nombre de fines nacionalistas, proclamar esos mismos fines es tan inocente como se pretende la mayoría de las veces.

Pero si seguimos sometidos al miedo, si seguimos con miedo a preguntar, si seguimos con miedo a pensar, porque si pensamos igual terminamos diciendo algo inconveniente, y si decimos algo inconveniente igual molestamos a la hegemonía, y entonces, en el peor de los casos podemos terminar apareciendo en alguna lista -y no de candidatos a premio Nobel-, ETA, a pesar de toda su debilidad, seguirá ganando, porque ha dominado lo más importante, los condicionantes neuronales de nuestro comportamiento.

Tenemos que superar el miedo. Por lo menos para atrevernos a preguntar. Y para decir que si en algún sitio debieran tener entrada los guardias civiles, con uniforme, y todas las fuerzas de seguridad del Estado, es en lo que los vascos consideramos el recinto sagrado de las libertades, en la Casa de Juntas de Gernika, porque hay vascos que están matando con verdadera pasión y en nombre de Euskadi a quienes desde hace bastantes años no hacen otra cosa que defender nuestras vidas y nuestras libertades.

Joseba Arregui