Prepararse para lo peor

La duda hamletiana de Mas es ¿legal o no legal? Porque la «consulta» tiene que hacerla. Le va en ello no ya el cargo, sino su lugar en la historia. Si es legal, tendrá que ser una pequeña farsa: elecciones anticipadas disfrazadas de plebiscitarias. Si es ilegal, tendrá que hacerla a la brava: sacar las urnas de donde sea, que vote quien sea y que salga lo que sea. Él habrá cumplido.

Durante bastante tiempo se creyó que elegiría lo primero. Sus propios socios lo creían, los socialistas lo decían, los empresarios lo aconsejaban, Bruselas lo advertía. Pero de un tiempo a esta parte estamos viendo a un Mas que va por libre, un Mas que vuelve a ser el Moisés que lleva al pueblo catalán a la Tierra Prometida, aunque él no llegue a verlo. Incluso usa símiles bíblicos. «También David venció a Goliat».

Prepararse para lo peorNo crean que todo es fervor patriótico. Artur Mas ha echado sus cuentas y los números no le salen. De elegir la prudencia, las elecciones plebiscitarias iban a ser para él una derrota aún peor que las últimas, donde perdió un montón de votos a favor de ER. Esta vez quedaría sobrepasado por ella, en manos de Junqueras, e incluso su papel en Convergencia peligraría. Así que, de perdido, al río. La consulta se celebrará el 9 de noviembre «sí o sí», y salga el sol por el Tibidabo en vez de por la Barceloneta, que es por donde suele salir.

Con lo que la duda hamletiana se traslada a Rajoy: ¿qué hacer ante ello? Ya ha dicho que no está dispuesto a ser el presidente que consienta un referéndum ilegal. Pero ¿y «si se lo celebran» a la brava? También él tiene dos opciones contrapuestas: la activa y la pasiva. Dejar que Mas se estrelle, que el suflé nacionalista se desinfle ante el rechazo exterior, de Bruselas especialmente; y si no se desinfla, ya se encargará la realidad de desinflarlo. Una táctica muy gallega, emparentada, sin embargo, con la acerada inglesa de «cuando las cosas no tienen arreglo, lo mejor es dejar que se estropeen del todo». Lo malo es que, esta vez, «la cosa» no es solo Cataluña. Es también España, de la que forma parte, y no podemos esperar el desplome catalán sin riesgo de que sea general. Hay que tomar medidas para que no ocurra o, al menos, para que el entero edificio no se nos venga abajo.

El Gobierno ya ha tomado algunas medidas, a todas luces insuficientes a juzgar por los resultados. Más dinero para Cataluña está visto que no basta. La Generalitat se está gastando ese dinero en promover el independentismo dentro y fuera, con en las principales capitales, y ni siquiera agradece el aumento de la inversión estatal dentro de casa, en infraestructuras y eventos, como se ha visto en la expansión del AVE, en el puerto de Barcelona y en las ferias internacionales. Mas y su Gobierno lo toman como pago del dinero que España les debe, y buena parte de los catalanes, como parte del que «España nos roba». No, el tigre nacionalista no se amansa dándole carne. Al revés, le afianza en sus convicciones y le hace aumentar sus reivindicaciones, que continuarán hasta que alcance su objetivo, la plena independencia. Algo parecido puede decirse de la amenaza de lo que sufrirá Cataluña si se separa de España, que será separarse de Europa. Pudo surtir efecto al principio, pero la contraofensiva soberanista ha logrado que se asuma y digiera, con esa capacidad que tiene el nacionalismo de dar la vuelta a la realidad. Sencillamente, muchos catalanes no creen en ello y piensan que España, Europa, el mundo aceptarán el Estado catalán, como han aceptado otros nuevos estados que han surgido. Incluso con amenazas: «La mayoría de las exportaciones españolas a Europa, especialmente las agrícolas, pasan por Cataluña –advertía no ha mucho un destacado nacionalista–, por lo que la principal perjudicada de un cierre de fronteras sería España». Con afirmaciones como esta, ignorando que hay otros medios de transporte que el de carretera –el avión de carga empieza a sustituirlo en muchos aspectos–, es como se ha venido engañando al pueblo catalán durante los últimos años. Van de veras, van a por todas, y esta vez ni siquiera la realidad les asusta, porque la tergiversan. Como el fraile con la puta al hombro, contestan a quienes les advierten: «Todo es bueno para el convento», y perdonen la crudeza del símil, pero más crudo es lo que nos está pasando.

Quiero decir que tenemos que estar preparados para lo peor –una declaración unilateral de la independencia catalana– por ilegal y descabellado que parezca, ya que los silencios, los obsequios, las advertencias no surten efecto. ¿Y qué significa estar preparado para esa declaración de independencia? ¿Invocar la autorización constitucional de suspender un gobierno autónomo cuando viola la ley de leyes? ¿Suspender la autonomía de Cataluña, según las mismas prerrogativas? ¿Desplegar nuevas unidades del Ejército en ella? ¿Reforzar los efectivos de la Guardia Civil y de la Policía Nacional? ¿Despachar los tanques? Lo único que conseguiríamos con esas medidas sería lo que posiblemente están esperando los nacionalistas: aumentar su victimismo, mostrar al mundo que Cataluña es, como dicen, un rehén de España, que les roba. O sea, lo contrario de lo que se pretende. Los tiempos no están para eso ni para echar la culpa de lo que nos está ocurriendo a Zapatero, con su infantil e irresponsable promesa a Maragall de que les daría lo que le pidieran. La leche derramada no vuelve a la botella.

Prepararse para lo peor significa, ni más ni menos, eso: aceptar el desafío, tomar las medidas pertinentes para el caso de que los actuales Gobierno y Parlamento catalanes decidan separarse de España sin atenerse a ley ni a derecho. Empezando por buscar rutas alternativas a nuestros productos hacia Europa, como nos advertía ese nacionalista a ultranza, y disponiendo que todo lo catalán deje de ser español en el momento en que eso ocurra; y europeo, pues, si Mas y compañía están dispuestos a jugar fuerte, España también puede hacerlo. Ofreciendo, desde luego, a cuantos catalanes deseen seguir siendo españoles toda la protección y ayuda que necesiten. ¿Que íbamos a sufrir? Sin duda alguna. ¿Que tendríamos que apretarnos aún más el cinturón? Seguro. ¿Que nuestro peso en Europa disminuiría? De acuerdo. Pero también habría compensaciones. Por ejemplo, no tener que aguantar un día tras otro las quejas, los insultos, las mentiras, las altanerías de los separatistas catalanes, junto con los robos, estos auténticos, de sus élites a Cataluña y a España

Pudiera incluso ser la manera de solucionar de una vez y para siempre el «problema catalán» que nos atosiga desde hace más de un siglo, ni otro remedio que el «conllevarlo» de Ortega. Cuando los hombres no somos capaces de solucionar un problema, la realidad se encarga de solucionarlo. Aparte de que preparándose para lo peor solo puede venir mejora.

José María Carrascal, periodista.

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