Presenta desorientación

Poco antes de que las luces se apaguen y las butacas se vacíen, los protagonistas de la política empiezan a preocuparse por su legado. Es probable que Mariano Rajoy Brey sea recordado como el presidente que sacó a España de la más profunda crisis económica de su historia reciente. Ojalá. Pero difícilmente podrá evitar que también se le recuerde como el hombre que sumió al centroderecha español en la más profunda crisis política desde su refundación en 1990.

El PP ha pasado en cuatro años de la cima de la mayoría absoluta al abismo de una posible descomposición. No sólo ha perdido casi todo el poder territorial y político acumulado durante décadas: gobiernos autonómicos, diputaciones, ayuntamientos, la capital de España, decenas de escaños. Ha perdido, además, algo tan valioso como la credibilidad y algo tan decisivo como la hegemonía. El PP ya no es el único referente en el centroderecha y corre el riesgo de perder definitivamente esa condición si no se empeña en una catarsis total. Si continúa aferrado a Rajoy. Si no es capaz de formular un proyecto político para España.

Los españoles asisten, atónitos y hartos, a una exhibición de los principales males que vienen lastrando la acción del partido. El más llamativo es la absoluta ausencia de debate interno. Ni en la junta directiva posterior a las elecciones generales ni en ninguna de las numerosas reuniones celebradas en estos primeros meses, problemáticos y febriles, de 2016. No ha habido ni un atisbo de reflexión crítica. No se ha producido una discusión mínimamente franca, útil o constructiva sobre las causas del retroceso electoral del PP ni sobre las estrategias para conservar el gobierno. Entre los grillos de Sánchez y los corderos de Rajoy tiene que haber un término medio. Sobre todo cuando el blindaje del silencio oculta un abatimiento atronador.

Hace unos días, cuando le preguntaban por las muchas voces que en sordina reclaman un nuevo liderazgo, el ministro Alfonso Alonso sentenció: «Nadie en el PP se plantea sustituir ahora a Rajoy». ¿Nadie?¿De verdad nadie? Que se lo pregunten a cualquier becario del más tierno brote digital. En el centro y en la periferia, en los escaños y en la calle, en las sedes de distrito y hasta en la séptima de Génova, el PP hierve en cábalas y comentarios sobre cuándo y quién debe suceder a Rajoy.

El cuándo sólo es discutible para los que consideran que nunca hay tiempo para acertar. Rajoy no puede ser el candidato en una hipotética segunda vuelta electoral porque ganar es gobernar y Rajoy no ha podido hacerlo. Sería incomprensible que un hombre incapaz de presentarse a su investidura quisiera comparecer de nuevo ante los votantes. Además, entre los motivos principales de su derrota está la ausencia de un proyecto. Es dudoso que España necesite a Rajoy o a cualquier otra cara, nueva o gastada. El fulanismo es uno de los principales flagelos del centroderecha español. En público, todos con el líder. ¡El primer fulanismo! En privado, cada uno con su favorito. Alberto, Cristina, Ana, Soraya. Que si Pablo. Que si Alfonso. Uno joven. Alguien con peso. Que si una chica. Que si no hay nadie. Todas las discusiones sobre la sucesión se centran en las personas. Y el problema del PP es el proyecto que no tiene.

No es que el gobierno no haya sabido comunicar; es que no sabía qué comunicar. Al plasma no se llegó por convicción sino por defección. Por la ausencia de una visión de país capaz de ser explicada y compartida.

Desde la primera hora, el Gobierno renunció a la articulación de un proyecto alternativo al de la izquierda, que enlazara con las ideas que hicieron del Partido Popular la primera fuerza política, en España y en Europa, y que, al mismo tiempo, supiera actualizarse para afrontar los desafíos del momento. Un PP beligerante contra el neopopulismo político y mediático. Activo y firme frente a la rancia deslealtad secesionista. Implacablemente eficaz contra la corrupción propia y ajena. Enérgico en el impulso a las clases medias. Sensible con las víctimas de la crisis. Comprometido con los modernos principios constitucionales. Resuelto en la renovación constante de la democracia. Y ambicioso en su voluntad de influir en la dramática coyuntura moral y económica de Europa. Un PP, en fin, capaz de reagrupar el amenazado espacio de la razón.

Ese espacio está hoy fragmentado y a la defensiva. La mayoría de sus votantes, indignados y huérfanos. Su reconstrucción será la gran tarea política de los próximos años. ¿Quién va a protagonizarla? Está Ciudadanos, que parece haber aprendido de los errores de la campaña, cuando confundió el centro con la equidistancia y la nueva política con el viejo ‘marketing’. Y está, ha de estar, el nuevo partido que salga del próximo congreso del PP. Ese congreso habrá de ser diametralmente opuesto al del 2008 en Valencia. O sea, democrático en los procedimientos: con varios candidatos al liderazgo; sin presiones ni avales amañados; libre, abierto y transparente; un militante, un voto. Y, sobre todo, tendrá que ser ideológico en los contenidos: con debates exigentes, adultos e inscritos en la realidad sobre lo que debe defender y proponer un moderno partido de centroderecha en España. Si el PP opta por la continuidad en las personas y en las prácticas, si no emerge como un partido nuevo -incluso con nuevas siglas y desde luego con una sede distinta- puede prepararse: su destino será la fusión por absorción de Ciudadanos, en la triste estela de UPyD.

La recuperación de la política como suma de convicciones, valentía y capacidad de asumir retos es lo único que puede evitar la implosión del Partido Popular. No ha sido un perfil alto ni unas aristas marcadas ni una granítica firmeza lo que ha causado el deterioro electoral del PP. Ha sido precisamente lo contrario: la confusión ideológica, el cambalache táctico y una pasividad exasperante. Hasta hace unos días el ejemplo era el 9-N. Pero su renuncia a la investidura actualiza la aversión letal a la política de Rajoy. Su renuncia es mucho más que una oportunidad perdida. Es una obligación política incumplida.

España vive una situación de emergencia. Como candidato del partido más votado, Rajoy tenía el deber de liderar la defensa del sistema democrático en su discurso de investidura, que es la ocasión más preciada y relevante a la que puede aspirar cualquier dirigente político. Tendría que haber hecho una vigorosa defensa del Estado frente a la doble amenaza del populismo y del secesionismo, y frente a la devastadora vacilación de la izquierda. Un discurso que apelara a la generosidad patriótica por la libertad, la igualdad y, sí, también por la fraternidad entre españoles. Una propuesta que dignificara la política, el parlamento, el sistema. Y hasta su propia biografía.

Rajoy, que es un parlamentario brillante, podría haber convertido un probable fracaso aritmético en una inapelable victoria moral, dejando un testimonio personal y un testamento político que fueran a su vez un ‘reset’ para el PP. Pero, como tantas otras veces, optó por la inacción y el cálculo: amaestremos el miedo, busquemos la polarización máxima con la extrema izquierda populista y aguardemos las nuevas elecciones. Pero el tacticismo se topa a veces con los hechos. Explota Valencia. Estalla Madrid. Aguirre dimite. Sánchez se crece. Ciudadanos crece… Tal vez Rajoy creyó que eludiendo el testamento eludiría su final. Es frecuente que cuando se abandona la política ingrese la superstición.

Su renuncia a la investidura sin más renuncias ha dejado la iniciativa en manos de un dirigente cuyas propuestas de Gobierno revelan un tenebroso vacío político y técnico. Pero, además, está abocando al PP a un proceso de renovación caótico que muy bien pudiera volverse en contra del interés de sus votantes.

Hace unos días, acosado por otro escándalo de corrupción, el Partido Popular de Valencia anunció con solemnidad su intención de refundarse. En una comparecencia pirotécnica, su presidenta explicó que quiere hacer una fuerza política no sólo «honrada» sino también «más valencianista». No sabía Isabel Bonig hasta qué punto estaba resumiendo el carácter de lo que deja Mariano Rajoy Brey. Un partido que confunde la imprescindible y urgente refundación del centroderecha con la regresión a una Confederación Española de Derechas… Autonómicas. Un partido desorientado. Senil.

Cayetana Álvarez de Toledo

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