Presidente Obama

Con los datos en la mano es casi seguro que el 4 de noviembre Barack Obama será elegido presidente de Estados Unidos. A menos que suceda una tragedia, nunca descartable en el país de John y Robert Kennedy, como recordó Hillary Clinton hacia el final de su campaña. Incluso es probable que su victoria sea por amplio margen y conduzca a un hundimiento republicano en el Congreso. A cuatro días de la elección, el promedio de los sondeos por estado sitúa a Obama con 291 votos electorales frente a 163 de McCain, con 84 indecisos. Como la presidencia se alcanza con 270, quiere decir que aunque McCain ganara en los estados donde Obama le lleva menos de cinco puntos de ventaja, como Florida, Ohio, Carolina del Norte, Misuri e Indiana, aún triunfaría Obama. El racismo encubierto puede rebajar dos o tres puntos y las triquiñuelas habituales pueden restar algo más.

Pero la ventaja de Obama es tan amplia que sólo su extrema precaución frena la euforia: no se pueden confiar sus electores, porque todavía hay que votar. Aunque cerca de un tercio del electorado ha votado ya y las primeras estimaciones son de una gran mayoría de votantes demócratas. Si se confirma la histórica elección de Obama, la deberá al amplio movimiento social que ha despertado su candidatura. Cierto es que el contexto de crisis económica y de guerras impopulares, así como la desastrosa presidencia de Bush, favorecen decisivamente un triunfo demócrata. Pero el que el demócrata sea Obama y no un miembro del establishment político, como Hillary Clinton, se debe a la movilización de base en busca de alguien nuevo, fiable y capaz de inspirar esperanza a un país hundido. De ahí la irrupción de los jóvenes en la política a niveles nunca vistos, el aumento del registro electoral de nuevos votantes y una tasa de participación electoral que se proyecta cercana al 70%, un récord.

El protagonismo ciudadano se ha plasmado en los tres millones de donantes que a 200 dólares de media proporcionaron a Obama una financiación sin precedentes, aun rechazando a los lobbies. Y en decenas de miles de voluntarios que fueron puerta a puerta y llamada a llamada por todo el país. Eso tal vez sea lo más importante de esta elección. Estados Unidos ya no será lo mismo, sea cual sea la política de Obama una vez confinado en la Casa Blanca y enfrentado a la dureza de un mundo en crisis. Obama sabe que su fuerza es esa confianza popular que le da un margen por un tiempo. Y ese fue el tema clave del anuncio electoral de 30 minutos con el que cerró su mensaje tras 21 meses de campaña.

¿Pero qué puede hacer Obama? El nuevo presidente es moderadamente progresista, pero sobre todo pragmático dentro de una ética, realista y desconfiado de ideologías. Su programa tiene una línea maestra: reparar una economía y una sociedad en grave crisis. Empezando por estabilizar la economía, mediante una consolidación de la ayuda al sistema financiero pero bajo supervisión estrecha que incremente la regulación y recupere el dinero de los contribuyentes. Siguiendo por un aumento de la inversión pública en programas que a la vez creen empleo y desarrollen nuevas industrias, en particular en energías renovables.

Y para disponer de los recursos necesarios sin aumentar la enorme deuda que hereda de Bush, acelerar lo más posible una retirada ordenada de Iraq, ahorrando así los 10.000 millones de dólares mensuales que cuesta esa guerra que, en conjunto, ha representado más dinero que el paquete de rescate financiero. También aumentará los impuestos a las grandes empresas y al 5% de la población con mayores ingresos.

Y centrará la acción del gobierno en tres áreas prioritarias: acabar con el escándalo de un sistema de salud que cuesta tres veces más que el europeo y mantiene a 50 millones sin seguro; invertir en educación, mediante becas a estudiantes y ayudas a las escuelas, y desarrollar una política de medio ambiente que inicie la transición a un nuevo sistema productivo, combinando innovación, conservación y apertura de nuevos mercados para tecnologías verdes.

En política internacional, trasladará algunas tropas de Iraq a Afganistán para forzar a los talibanes a una negociación que los integre en un gobierno de unión y se concentrará en la caza y captura de Bin Laden sin aceptar las cortapisas de los sectores pakistaníes que lo protegen. Y con su gusto por lo metódico intentará desactivar los focos de conflicto mediante la negociación y la implicación de otros países, empezando por Europa, en una estrategia multilateral: Irán, Cuba, Venezuela, Palestina y Rusia están ya en su agenda. En parte por convicción, pero sobre todo porque sabe que Estados Unidos tiene que abandonar la presencia militar que no sea indispensable para liberar dinero y energía hacia la reparación en profundidad de un país al borde de la catástrofe económica y con enormes problemas sociales.

En cierto modo, es el fin del imperio estadounidense si por imperio entendemos la dominación unilateral apoyada en la supremacía militar. En cambio, Obama quiere volver a ganar el respeto del mundo defendiendo los valores morales y democráticos sobre los que se construyó Estados Unidos y que las políticas de Bush han transformado en burla macabra para justificar guerras ilegales, tortura y nepotismo. La presidencia Obama es el fin de la ideología neoconservadora y de su política implícita de dominación del mundo. Será una presidencia conciliadora, hacia dentro y hacia fuera, porque sabe que necesita de un país unido y de un mundo unido para abordar los enormes problemas con los que se enfrenta. Si suena demasiado bonito, al menos eso es lo que dice, y por eso millones de personas se han entusiasmado con él. Todo puede pasar en política, pero si tan sólo una parte de esa energía positiva se traduce en la práctica tal vez esta elección represente a la vez el fin del imperio y el renacer de Estados Unidos, con lo que esto significa para todos.

Manuel Castells