Presos y normalización política

Por Javier Elzo, catedrático de Sociología en la Universidad de Deusto (EL CORREO DIGITAL, 03/09/06):

Quizás sea imposible separar la acción política de la búsqueda de votos hasta el punto de que, máxime cuando se acerca una cita electoral, resulte difícil distinguir en la declaración de un político qué hay de convicción profunda y qué de calculo electoral. Incluso en momentos como los que vivimos, en los que los ciudadanos no soportaríamos que el denominado proceso de paz no culminara con lo que, digámoslo sin eufemismos, ansía la sociedad vasca: que ETA desaparezca de nuestras vidas. Punto final y para siempre. Ser, al fin, una sociedad normal donde las opiniones políticas se expresen en público sin miedo y los diferentes proyectos se diriman en las urnas.

Cosa fácil, dirán no pocos: bastaría con que ETA se disolviera y el problema estaría resuelto. Pero ese planteamiento peca de inocencia histórica, por decirlo de alguna manera. Si todos fuéramos buenos y santos no haría falta policía, ni jueces, ni leyes. ETA es una realidad que, según algunos historiadores, habría cumplido 50 años el día 31 de julio pasado. Y eso no se borra de un plumazo. El diálogo inteligente es la mejor de las maneras para acabar con una organización terrorista que, aunque no nos guste a la gran mayoría, ha recibido la aquiescencia cuando no el apoyo logístico de una parte minoritaria, pero significativa, de la población vasca. ETA surgió para responder a un problema político y uno de de sus mayores fracasos estriba en que, ahora que vislumbramos su desaparición, el problema político sigue donde estaba. Su inútil balance final se resume en más de 800 muertos en el camino y casi otros tantos militantes suyos en las cárceles. Parece que se han dado cuenta y, sencillamente, buscan una salida.

Quizá recuerden ustedes a Mario Moretti, uno de los fundadores de las Brigadas Rojas, responsable de su comité directivo hasta su detención en 1981 y ejecutor material de Aldo Moro, tras haber dirigido su captura y haberlo tenido secuestrado 55 días. En diciembre de 97, ya las Brigadas Rojas desaparecidas, Moretti, tras 16 años de cárcel, se acogió a la prisión abierta y hoy es responsable, en libertad, de una ONG para la reinserción de detenidos. En su libro ‘Brigadas Rojas’ (Ed. Akal, 2002), de obligada lectura para quien quiera conocer, desde dentro, la lógica terrorista se puede leer esto: «Sé bien que es más fácil comenzar ese duro camino (el del terrorismo) que encontrar el modo de abandonarlo, incluso cuando es evidente que no conduce a nada. Juegan tantos factores. Es preciso que te permitan hacerlo sin renunciar a tu identidad, es preciso que no signifique el abandono de los prisioneros a su suerte, es preciso que exista otra opción practicable, es preciso que alguna fuerza política externa sustraiga a los militares la delegación para llegar a una solución» (pág. 239).

Aunque nunca hay dos situaciones idénticas, muchos ‘ex polimilis’ están hoy, plenamente reinsertados, en puestos de responsabilidad en nuestra sociedad. Gracias a la inteligencia del ministro Rosón, de Juan Mari Bandrés y de otros muchos, además, desapareció ETA-político militar. En ese horizonte se mira hoy, esperanzada, la sociedad vasca. Hay motivos y a esta tarea se afanan las fuerzas políticas que también miran, no solo de reojo, a su rentabilidad electoral. Veámoslo, brevemente, en las principales formaciones.

El mundo de Batasuna hoy se mueve en un proceso de ‘buenismo’ que sólo engaña a incautos. Tendrán que asumir su historia. El pueblo vasco, que nunca estuvo con ellos, no olvidará su comportamiento en estos negros años. ‘ETA herria zurekin’, que tanta veces han gritado en las calles, es una falsedad total. Pero yo me alegro de ese proceso de ‘buenismo’, pues supone que hoy HB no es la misma que hace unos años. Y así como toda la sociedad (y la prensa de Madrid) buscaron en su día, y aceptaron, que Batasuna estuviera en los parlamentos (mediante aquella fórmula, creo que de Txema Montero, de acatar la Constitución ‘por imperativo legal’), yo también me alegro hoy de que en las próximas elecciones Batasuna esté en la urnas. Así como se hizo una ley ‘ad hoc’ para ilegalizarlos, ya se buscará una triquiñuela -como la que permitió que EHAK, casi muda aunque votante, esté hoy en Parlamento vasco, por ejemplo- para permitirlo.

Del PSOE y más aún del Gobierno quiero reiterar, de entrada, mi apoyo a sus intentos de traer la paz a Euskadi. Aunque fracase. Pero la separación entre la pacificación (el fin de ETA), la normalización política y la rentabilidad electoral no la veo tan clara. En el diario ‘El País’ (23-08-06), apelando entre comillas a fuentes gubernamentales, a las que todos sabemos que tienen buen acceso, se puede leer que «la legalización de la izquierda abertzale es fundamental para que participe en el proceso político del País Vasco, pero es también la llave del proceso». En el párrafo siguiente, que «para adoptar medidas penitenciarias, como el acercamiento de presos de ETA a las cárceles del País Vasco, o decisiones más de fondo, como libertades provisionales o excarcelaciones de miembros de ETA, el Gobierno necesita una aceptación social y para ello el proceso de fin de la violencia debe tener un carácter irreversible», según señalan las mismas fuentes. Éstas aclaran que «en este proceso de fin de la violencia, las medidas penitenciarias en favor de los presos de ETA no se adoptarán improvisadamente, como hizo el Gobierno de José María Aznar en la tregua de 1998. Para ejecutar los planes previstos por el Ejecutivo, se requiere previamente un avance del proceso». Si yo sé leer, todo esto quiere decir que la legalización de Batasuna y el acercamiento de presos van en el mismo paquete y que todo depende del carácter irreversible del fin de la violencia, con lo que el Gobierno obtendría «aceptación social», esto es, volvería a ganar las elecciones. ‘Presos por paz’ sería el inicio del proceso que llevaría a la legalización de Batasuna y al PSOE a La Moncloa, de nuevo.

El planteamiento del PP no lo entiendo y me preocupa. Parece que sólo cuenta para ellos que el PSOE no se lleve al gato al agua, enrocados en posturas numantinas, y cada vez que uno de sus políticos abre la boca es para decir, de forma tremendista, lo mismo: No se puede dialogar con terroristas. Me preocupa básicamente porque ya parece que han dado por perdido el País Vasco pero aquí hay mucha gente del PP, especialmente en Bizkaia, que no puede quedar al margen de la construcción de Euskadi en la era post-ETA en la que ya hemos entrado. Hay una forma de ser vasco que se manifiesta en el PP que no debe quedar arrinconada. Entre otras razones porque sería una gran pérdida para el tejido social, empresarial y cultural de Euskadi.

El PNV y EA aparecen, a veces, como meros espectadores del proceso. En realidad tienen un gran lío dentro, como es sabido, y en EA acaba de estallar con la, al menos para mí, sorprendente si no suicida decisión de, «en principio» -según el escueto comunicado del jueves por la mañana-, acudir por separado a la contienda electoral de la próxima primavera. El tema es de calado pues las consecuencias vas más allá de las querellas internas de EA. Siempre he pensado que si la línea que, por simplificar, ejemplifico en Imaz en el PNV y Galdos en EA se acabara imponiendo y crearan una coalición electoral estructural, al modo de CiU en Cataluña, aun perdiendo fuerza en el tiempo inmediato, representan la centralidad del País Vasco y pueden liderarlo. Euskadi es una sociedad moderadamente nacionalista y de un nacionalismo moderado. Pero sociedad nacionalista, no se olvide. Al PNV-EA le bastaría, con férreo guante blanco, defender un objetivo: la capacidad de decisión de los vascos en unos puntos centrales, tanto competenciales como simbólicos, pero sabiendo que vivimos en el siglo XXI y que las soberanías absolutas ya no existen. El método, buscar denodadamente un consenso superior al del Estatuto de Gernika y, si no se consigue, explicar dónde, en quiénes y por qué no ha sido posible. Y saber esperar. En todo este proceso el papel del lehendakari se me antojaba mucho más importante de lo que muchos dan a entender pues él podría cohesionar al PNV y a EA.

En todo caso la sociología política vasca es bastante estable y, más allá de cambios de siglas, incluso en el poder, solamente pueden trastocarla en profundidad las opciones políticas por las que se decanten los inmigrantes. Pero ésa es otra cuestión.