Prestigio del distanciamiento

Cuando por aquel entonces apurábamos, en Casa Lucio, los pormenores de un histórico relevo gubernamental, mi interlocutor me desveló un secreto que tenía que ver con el prestigio de la distancia.

Desde entonces he tratado de validar esa hipótesis, que no deja de ser una de las paradojas del ejercicio del poder.

En su libro, oportuno y esencial: Felipe II: Hombre, Rey, Mito (La Esfera de los Libros), Enrique Martínez Ruiz, Catedrático de Historia Moderna de la Universidad Complutense de Madrid, desmenuza la historia magna de la Monarquía Hispánica, desgranando secuencias que harían las delicias de un guionista de Netflix al dibujar, con precisión de neurocirujano, los contornos de ese aforismo tan actual: «cuando algo no se conoce, se le puede dotar más fácilmente de prestigio».

En el momento más álgido de la influencia de España en el mundo se produjo un paradójico distanciamiento del rey respecto de sus súbditos, tanto por la imposibilidad de que estuviera en todos los reinos a la vez, como por la introducción de la etiqueta de Borgoña, orientada a mostrar la singularidad y la majestad real.

Al derrotar a los rebeldes príncipes protestantes alemanes en Mühlberg, la mejor victoria militar de su vida, el emperador Carlos V, primer rey Habsburgo de una España unida, el hombre más poderoso del mundo, fue quien ordenó que se introdujese en la Corte española este ritual, columna vertebral de la estructura, ceremonia y etiqueta de la monarquía española.

Con su llegada a España, con un nutrido séquito flamenco-borgoñón, se impuso la etiqueta con especial empeño en que el nuevo rey no fuera accesible a los castellanos. Los acompañantes no perdieron tiempo en aprovechar su privilegiado entronque para la rapiña de riquezas y prebendas. La insurrección por la excesiva presión fiscal y por la pobre participación de Castilla en la política imperial se prolongaría hasta la derrota de los sublevados en Villalar de los Comuneros, cuna del nacionalismo castellano.

Nacido en Gante y educado en la corte flamenca, se sentía muy ligado a los principios en los que había crecido, lo que, para los cortesanos supuso una dificultad añadida, puesto que suponía mayores trabas para «tener entrada», aquello que todos ansiaban. El acceso se hacía más restringido y entrañaba un aumento de los gastos en palacio.

La etiqueta dificultaba la posibilidad de ascenso y facilitaba el retraimiento dentro de la Corte, de modo que la vida palaciega giraba alrededor de la proximidad al rey. El ceremonial, entendido como código que promueve el orden y la jerarquía, creaba una «helada atmósfera» en la cual la familia real se movía.

Según Martínez Ruiz, el escenario predilecto de ese aislamiento fue El Escorial, al prescindir del despacho en beneficio de la consulta escrita. Los cambios propiciados por Felipe II supusieron la introducción de un número mayor de letrados, en detrimento de la presencia nobiliaria.

No sólo era un estilo incómodo y rígido que tendía a aislar al monarca y a su familia entre un pequeño e íntimo círculo de sirvientes palaciegos. El rey consiguió que cuanto más lejos de él estaban sus vasallos, más le temían. El ocultamiento real era una forma de realzar la majestad, al hacerla más misteriosa.

Las reglas protegían la salud real y la limpieza de los palacios y de aquellos que trabajaban en estas tareas: se lavaban las manos -incluyendo las del rey-; se fregaban las mesas; se barrían los suelos y la comida se almacenaba y se servía cuidadosamente de acuerdo con los preceptos de los libros de etiqueta y otras órdenes.

Aunque los monarcas a menudo escapaban a la rigidez de la comida pública, prefirieron no abandonar este rito completamente. Al hacerse viejo, Felipe II dejó de cenar en público.

Pierre Matthieu, historiador francés que advirtió sobre los excesos vicios y virtudes de los poderosos, se detuvo en la práctica del ocultamiento que había iniciado Felipe II: «Hay naciones en las que la majestad de los reyes consiste, ante todo, en nunca dejarse ver. Esto es posible entre espíritus acostumbrados a la servidumbre, a los que solo se gobierna mediante el miedo y el terror».

Los reyes españoles utilizaron la etiqueta, amparada en la vana superficie de la cortesía y las buenas maneras, para hacer que su persona fuera prácticamente inviolable. Así se escondía el gamberrismo de élite (en aquella época también propiciaba rebrotes) y la real violencia, tanto verbal como física.

Disimulación

Un cortesano no debía incurrir nunca en la mentira, pero sí le estaba permitido ocultarla con destreza. La disimulación se convirtió así en uno de los signos más característicos de la vida en la corte moderna, una especie de razón de Estado.

La perfecta cortesanía consistía no sólo en no falsear la verdad, mintiendo. Tenía que huir de toda afectación, también engañosa, en ademanes y actitudes para mostrarse tal cual era. La mesura, de la que resultaban: la amenidad (entre el disgusto y la burla), la alegría (entre la gravedad y el ridículo), la agudeza (entre la tosquedad y la erudición) y la apostura (entre la fealdad y la lindeza).

Esa falta de afectación en el comportamiento, los gestos y expresión que debían adoptar los cortesanos venía definida en el término italiano sprezzatura. En castellano, la idea se tradujo en moverse con un «desembarazo compuesto».

El rey Felipe II no se atrevió a anular lo que Carlos V había decretado, a pesar de que la etiqueta era muy cara de mantener. Más tarde llegó a la Corte el reblandecimiento, olvido total de las normas borgoñonas, lo que dio flexibilidad al sistema. Era la negativa real a vivir con un protocolo que podía parecer sin sentido o demasiado estricto.

A propósito del alejamiento, Martínez Ruiz asienta que, cuando Felipe II nació en Valladolid, su madre decidió parir a oscuras para que nadie pudiera ver sus gestos de dolor, que soportaba sin una queja.

Una corte rígida en la etiqueta y el trabajo agobiante acentuaban el distanciamiento real como forma de enmarcar la grandiosidad de la Monarquía y de la persona que la encarnaba. Aunque enemigo de la adulación, el ceremonial contribuía a que la figura del rey sacralizado fuera aceptada sumisamente.

El pormenorizado relato del historiador convierte este libro en lectura obligada para descodificar una época gloriosa y como contraste para estos tiempos de la pandemia en que reyes, despojados de la etiqueta borgoñona, salían en zapatillas al encuentro de los ciudadanos, mientras el Ejecutivo vacacionaba.

Luis Sánchez-Merlo

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