Previsiones y realidades

En los años setenta del siglo XX imperaba en todas partes el maltusianismo y las instituciones internacionales hacían unas «previsiones demográficas» catastrofistas, llegándose a escribir que «el crecimiento de la población acabaría con la Humanidad».

En 1968, un profesor de Biología de la Universidad de Stanford llamado Paul Ehrlich publicó «The population bomb» («La explosión demográfica», Salvat. 1993) donde se podía leer:

«En los próximos años cientos de millones de seres humanos morirán de hambre a causa de la sobrepoblación […] nadie podrá impedir un enorme crecimiento de la mortalidad».

No tuvo que pasar mucho tiempo para que las previsiones de la ONU, del MIT o las del citado Ehrlich cayeran en el más absoluto ridículo, pues la crisis demográfica nunca existió y hoy nos encontramos con una crisis de distribución de alimentos, pero no de producción. De hecho, se produce más de lo que se consume e incluso podemos hablar de una epidemia de sobrealimentación. Por otra parte, la población necesaria para la producción agraria ha disminuido de una forma espectacular. No hace mucho, entre un 30% y un 40% de la población ocupada trabajaba en el campo y ahora, con un 3%, se obtienen más alimentos de los que se necesitan.

En el fracaso de las previsiones demográficas catastrofistas tuvieron mucho que ver las posteriores evoluciones demográficas en China y en India.

La población china había crecido notablemente entre 1949 (fundación del Estado comunista) y 1979, y, tras tres décadas de «brillante construcción del socialismo», China seguía siendo una sociedad rural. Rural y hambrienta (más del 77% de los chinos contaba a mediados de los años setenta con menos de 1,25 dólares diarios para vivir). En otras palabras: casi el 80% de la población china vivía entonces por debajo de la pobreza absoluta.

Así estaban las cosas cuando en septiembre de 1979 todos los miembros del PC chino recibieron una carta instándoles a que dieran ejemplo y no tuvieran más de un hijo. Un año después, en septiembre de 1980, la política del hijo único se le impuso a toda la población y quien no cumpliera la orden recibiría cuantiosas multas. Más tarde, ya en los años noventa, las mujeres que hubieran tenido más de un hijo estaban obligadas a la esterilización. Aquello fue un ataque, uno más, contra los derechos humanos, pero también produjo desequilibrios y desastres demográficos.

En efecto, aquella política, propia de una dictadura acostumbrada a la ingeniería social, produjo desastres inmediatos; en primer lugar, una catarata de infanticidios y auténticas matanzas de niñas recién nacidas, además de la existencia de mujeres «clandestinas» cuyos nacimientos sus padres ocultaron. De hecho, en la China de principios del siglo XXI el número de varones entre 0 y 35 años era ya notablemente superior al de mujeres de esas mismas edades. Concretamente, en 2004 la relación entre varones y mujeres llegó a ser de 1,21 varones por cada mujer (en condiciones normales nacen 105 varones por cada 100 mujeres). En otras palabras: durante los últimos treinta años nacieron en China unos 30 millones más de varones que de mujeres. No es de extrañar, por tanto, que la nupcialidad venga cayendo desde hace ya algunos años y de forma notable.

Fueron esos los efectos primeros de la militarización de la fecundidad, pero produjo otros desequilibrios demográficos: en China, entre 1980 y 2005, la población potencialmente activa creció casi el 2% anual y el peso de esa población sobre el total pasó del 60% al 72%, pero las proyecciones más sensatas aseguran hoy que esa población potencialmente activa caerá a partir de 2030 un 1% anual. En esa fecha (1-I-2030) las personas del grupo 20-29 años pesarán dentro de la población total un 30% menos de lo que pesaban en 2010.

Salgamos de China y de su política de hijo único y vayamos a las previsiones demográficas de hoy, que también anuncian problemas sin cuento, pero ahora en sentido contrario de las catástrofes que se anunciaban al inicio de los años setenta. Hoy se habla de la «catástrofe» del envejecimiento. Sin salir de España, hace unos pocos días el profesor de la Universidad Complutense David Reher escribió un artículo amenazador respecto al futuro insostenible de las pensiones. Allí podía leerse: «El número de dependientes mayores aumenta de forma imparable y los grupos en edad de trabajar decrecen».

Y yo me pregunto: ¿cómo saber a ciencia cierta que esa va a ser nuestra realidad futura? Mis dudas nacen de una realidad –ella sí– perfectamente comprobable, pues no tan lejos –concretamente en 1990– las previsiones demográficas más sesudas preveían para 2015 algo que no se parece en nada a la realidad comprobada después. En efecto, España lleva más de treinta años con una fecundidad por debajo del nivel de reemplazo sin que eso se haya notado mucho en su población, pues la inmigración ha compensado ese déficit de nacimientos.

La capacidad adivinatoria a largo plazo de las previsiones demográficas se parece bastante a la que tienen las echadoras de cartas, pero esto no quiere decir que no vayan a existir problemas demográficos y que los juegos de hipótesis sobre mortalidad, fecundidad y migraciones futuras carezcan de utilidad. Al contrario, son útiles en la medida en que nos muestran a dónde conducirían esas hipótesis, pero ¿habrá en 2060 tantos «jubilables» (mayores de 64 años) como nos dice hoy el INE? Yo no lo sé, y mucho menos se puede asegurar que la previsión de «jubilables» vaya a ser de 15,6 millones en 2050 (ahora son 8,7 millones), tal como dice el INE, que también prevé 23,4 millones de personas en edad de trabajar frente a los 30,7 millones actuales.

Aun dando estas cifras por buenas, la pregunta es otra: ¿podrá una población en edad de trabajar más reducida que la actual producir igual o más que ahora? La respuesta es sí. De hecho, la tasa de empleo (porcentaje de ocupados en la población en edad de trabajar) es actualmente de 61% en España y podría fácilmente alcanzar 73 o 75%.

Estamos hoy ante la siguiente contradicción: faltan jóvenes (demografía) y sobran jóvenes (robotización). En otras palabras: tanto el problema de las pensiones como el estrictamente demográfico son abordables desde otra óptica, que no es demográfica: la de una mayor productividad, acompañada por una mejor distribución del trabajo y de la renta.

Joaquín Leguina, expresidente de la Comunidad de Madrid.

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