Prim: un asesinato anunciado

Recientemente han aparecido distintos trabajos pretendiendo haber resuelto uno de los grandes misterios de nuestra historia todavía próxima: el asesinato del general Prim, siendo presidente del Gobierno, el 27 de diciembre de 1870. Después de estudiar tal tragedia accediendo a documentación inédita, y sin perjuicio de publicar en su momento un detallado estudio, adelanto algunas reflexiones al lector:

Prim, como la mayoría de los mortales, era hombre de luces y sombras, de valor e inteligencia y de gran ambición, concretada en el poder y en el dinero. Consiguió ambos objetivos; el segundo todavía perdurará entre sus descendientes, pero el poder es difícil conservarlo, y cuando estaba en lo alto de la cucaña, habiendo recogido el premio, el camino para recorrer era hacia abajo y hubo muchos intereses para que la caída fuese fulminante.

Unía múltiples fuerzas en su contra: aquellos que decían seguirle pero que aspiraban a ocupar su sillón, los que se consideraban estafados o engañados por su discurso contrapuesto a sus actos y quienes veían que la política que llevaba a cabo perjudicaba letalmente sus intereses. Todas se unieron en una compleja conjunción.

La autoría de quienes ejecutaron el atentado en aquella fría tarde-noche es prácticamente conocida. Cierto es que existe alguna discrepancia entre cuál de los dos grupos que estaban al acecho fue el que realizó los disparos, si el grupo de los que podíamos calificar como «elementos políticos salvapatrias» o el de los asesinos a sueldo, dirigidos estos por José María Pastor, a la sazón jefe de la seguridad personal del general Serrano, regente del reino.

El problema no resuelto, y tal vez irresoluble, deviene de la identificación de los que complacidos vieron la tragedia desde la barrera; y viene al caso la frase atribuida a la viuda de Prim, al contestar al recién llegado don Amadeo cuando este le promete no descansar hasta encontrar a los asesinos de su marido: «Pues no tendrá que mirar más que a su alrededor».

Cierta o no la frase, encontraremos en aquel momento de salutación, y acompañando al nuevo rey, al general Serrano con el Gobierno en pleno y las más altas autoridades de la nación.

He aludido a «políticos salvapatrias» radicales: aquí me refiero a republicanos extremistas inflamados por la oratoria del diputado Paúl y Angulo y de su periódico «El Combate», que vertía contra Prim todo tipo de excesos. Se sentían defraudados porque le habían apoyado a cambio de que trajera la república y les había procurado la monarquía de don Amadeo.

Entre estos defraudados figurará también el duque de Montpensier, quien había entregado fuertes sumas de dinero para que el general se sumase a la sucesión dinástica que representaba su esposa, la Infanta María Luisa Fernanda, hermana de la destronada Isabel II, y había llegado a concluir que Prim le hacía extensivo el repudio a los Borbones.

También frustraría a los patriotas cubanos, quienes, al corriente de los tratos de Prim con los Estados Unidos, consideraron que, una vez destronada Isabel II y encumbrado al poder efectivo el general, conseguirían de inmediato la independencia.

Junto a estos grupos se situaban aquellos para quienes la figura de Prim representaba el tapón de la botella que impedía sus ambiciones políticas: No sólo era Serrano quien quedaba fuera de juego con la llegada de don Amadeo, extinguiéndose la figura de regente. El magnicidio encumbraría también a Sagasta, el íntimo de Prim, la alternativa de la izquierda en el diseño político de Cánovas cuando llegase la restauración y quien se haría con el control de la masonería. Hablamos del ministro de la gobernación, es decir del máximo responsable de esa seguridad que sospechosamente fue inexistente el fatídico 27 de diciembre.

Otro grupo contrario a Prim lo representaba el dinero amenazado, y es decisivo, pues financia el crimen y consigue colocar en América a los asesinos materiales:

Las aludidas conversaciones mantenidas con los Estados Unidos por parte del general llegaron a ser conocidas por los cubanos españolistas que con razón sospecharon que bien mediante venta, bien a través de una convenida hipoteca, la isla pudiese depender del gigante americano del norte, y circularán por esta vía dos grupos con el mismo objetivo: el de los que adivinan en la postura de Prim un delito de traición y el de quienes advierten su ruina económica.

Y termino estas pocas líneas con la enemistad procurada con el desprecio a la tradición dinástica y la gravísima ofensa a los partidarios de tal forma de gobierno. Si Isabel II había sido destronada por su mal oficio, había un orden de sucesión que no respetó y que el tiempo restauró, pero ello se llevaría a cabo después de la renuncia de un don Amadeo tan bienintencionado como abúlico y de una república incapaz de sostenerse. Serían los siguientes capítulos de nuestra historia como nación.

Por José Ignacio de Solís y Zúñiga, historiador

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