Primarias, personas e ideas

EI Partido Socialista francés (PSF) tiene muchos problemas y las primarias puede que no los hayan resuelto. Pero no se trata de un país o de un líder concretos. En toda Europa la izquierda reformista, cogida en tenaza entre una nueva izquierda más de protesta que de gobierno y un nuevo centro regenerador e indefinido, tiene dificultades para adaptarse a los cambios económicos, tecnológicos y culturales. Hay analogías entre Francia y España. Podemos y Ciudadanos en España son Jean-Luc Melenchon, líder de la France Insoumise, y Emmanuel Macron, exministro de Hollande, con su nuevo partido ¡En marche! (¿hacia dónde?).

Ante un proceso de fragmentación y radicalización, las primarias deberían servir para escoger una línea política y a quien la representa. Difícil diferenciar el debate de las personas y el de las ideas, porque las ideas no crecen en los árboles sino que las conciben personas, que son quienes las defienden y les hacen ganar o perder el apoyo de los electores.

Las primarias de la derecha y de los socialistas franceses han sido a la vez un debate entre personas de perfiles bien diferentes y entre propuestas políticas también muy diferentes. Hay que felicitarles por hacerlo de forma rápida, civilizada y democrática, con varios candidatos y el sistema de doble vuelta, que es el único que permite al elector expresar completamente sus preferencias. Ojalá aquí, en el caso de los socialistas, seamos capaces de algo parecido. Y, hasta mayo, no será por falta de tiempo. Aunque en realidad no serán primarias, sino internas, porque en las primarias francesas votan los ciudadanos simpatizantes que son muchos más que los militantes, permitiendo que el debate gane en participación y trascendencia.

Las primarias pueden ser un factor dinamizador, pero depende. Las de la derecha francesa tuvieron mucho más éxito –4,3 millones de participantes– que las socialistas –1,5 millones–, y estas también menos que las del 2011 (2,6 millones), cuando el electorado se movilizó para librarse de Sarkozy creando una dinámica positiva que hizo ganar a Hollande. Esta vez, al final se han enfrentado quienes representaban los pros y los contras de su obra de gobierno, desde dos posiciones ‘irreconciliables’ de la izquierda.

Las diferencias de fondo de los análisis y de las propuestas reflejan bien la división entre una izquierda rupturista y utópica y otra a la que se ha llamado «hiperrealista», muy consciente de las limitaciones que condicionan su acción. En materia de economía y en su relación con Europa, casi todo separa a Valls de Hamon. La renta básica universal de Hamon frente al salario «digno» de Valls. Tan es así que no se ve cómo los socialistas franceses podrán rehacer su unidad. Valls ya ha dicho que no podrá apoyar las propuestas «irrealizables» de Hamon y en París se rumorea que en en breve asistiremos a una escisión de un PSF que desde 1920 ha estado varias veces a punto de morir.

Pero reconozcamos que Hamon, un hombre del aparato del PSF, ha tenido el merito de plantear que la cuestión ecológica y la cuestión social no son contradictorias sino que aportan soluciones complementarias. Y que la reconversión ecológica de nuestro sistema de producción-consumo puede evitarnos catástrofes, aumentar el empleo y cambiar la relación con el trabajo, ese bien cada vez más escaso que, concebido como forma exclusiva de integración, nos lleva a la esquizofrenia social.

Ese debate ha puesto sobre la mesa el enorme impacto que sobre el trabajo y el empleo llevan consigo la transición ecológica y la automatización. Cuestiones esenciales y urgentes, de las que aquí hablamos poco y que se simplifican con el «salario del robot». Pero que deberíamos afrontar pensando en otras formas de socialización y de distribución de la renta, al mismo tiempo que buscamos nuevas oportunidades de trabajo allí donde hacen tanta falta en la satisfacción de necesidades humanas y de los equilibrios ambientales.

Hamon ha colocado en el centro del debate las cuestiones esenciales que minan nuestras sociedades desarrolladas, la precariedad y la exclusión, los trabajadores pobres (20% en Alemania, y 8% en Francia). Ha tenido que echar marcha atrás en algunas de sus propuestas iniciales sobre la renta básica universal, pero mantenido que no se puede fiar todo al crecimiento del PIB y a la batalla por la competitividad. Ahora tiene que sumar a su campo, buscar acuerdos con las otras izquierdas y convencer de la viabilidad de su programa. No es poca tarea.

Josep Borrell, expresidente del Parlamento Europeo.

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