Primavera Árabe… de 1517

Vivimos absorbidos por la actualidad inmediata y en ella absortos. Se tiende a pensar y se acaba dando por supuesto que los acontecimientos de la jornada son novedades sorprendentes, nunca acaecidos con anterioridad, dependientes de causas próximas, asequibles y evidentes a tenor de los criterios políticos, economicistas o —en el mejor de los casos— culturales del momento. El desprecio por la historia —que, con demasiada frecuencia, se ha convertido en retórica huera en manos de políticos y publicistas, reconozcámoslo— y el desconocimiento de las sociedades afectadas usurpan el espacio de los análisis en profundidad: no hay sitio, ni tiempo ni ganas de entrar en semejantes disquisiciones, a las que en teoría se respeta como cosa de sabios eficazmente marginados, pero que en la práctica se soslayan por exigir trabajo y, también, por disponer de explicaciones acordes con el «ritmo de hoy».

¿Para qué buscar mecanismos adicionales de fondo en la muy mal denominada Primavera Árabe, si podemos hablar de factores reales —y lo son— como la avidez petrolera francesa, la magia tecnológica de Twitter o el «heroísmo del pueblo libio»? Con asombro sigo leyendo y oyendo a comentaristas respetables (algunos) repetir como loros que los islamistas no tienen nada que ver en todo esto, que están en declive, que las ansias de libertad y democracia son como las de la DDR en 1989… ¿De dónde sacan tal seguridad? De haberlo leído en versiones digitales de periódicos internacionales. ¿Y de dónde extraen tales medios sus conclusiones? De las declaraciones de cabecillas locales de segunda o tercera fila —islamistas y bien islamistas ellos— que niegan con ejemplar desparpajo la evidencia de su adscripción político-religiosa: basta con verles la cara (y no exagero). Nada nuevo entre los árabes: ni siquiera hay que recurrir a la explicación de la taqiya (ocultación del sentimiento religioso), la negación de lo patente es un mero elemento estructural de la sociedad. Por añadidura, si los comentaristas internacionales están tan duchos en asuntos árabes como en los españoles, apaga y vámonos: los análisis difundidos por ahí fuera sobre el 15-M constituyen un buen ejemplo, inmediato y claro, sobre la fiabilidad de tales opiniones. Pero no divaguemos.

En estos días, el islamista moderado que preside Turquía, tras haber emasculado concienzudamente a los dos poderes que encarnaban un contrapoder y un freno para reislamizar un país absolutamente islámico (la cúpula militar y los jueces: oigan, qué similitudes), se ha lanzado a recuperar el sueño otomanista, en competencia con los ayatolás iraníes y con la decisiva ventaja de no ser xi’i, cuya importancia por acá se toma a beneficio de inventario, al proyectar sobre los musulmanes el criterio de irrelevancia de pertenecer a una u otra rama del cristianismo. Pero aunque los persas gozan de muy mal concepto en el imaginario popular árabe —en especial entre quienes los tienen más cercanos: «hijo de la persa» es insulto que aparece en la literatura árabe clásica—, la opinión y la actitud contra los turcos son todavía peores, como potencia imperial dominante hasta 1918. Un imperio que iba desde Tremecén, en el oeste de Argelia, hasta Aden, el golfo Pérsico, gran parte de Irán y, por supuesto, todos los países balcánicos y el sur de Rusia.

Erdogán puede ser islamista, pero no tonto, y sabe que está descartada, desde hace muchos años, cualquier forma de restauración política del imperio otomano, por minúsculo y remoto que fuese su poder. No se trata de eso, sino de utilizar la fe común —que sí es arrasadora y muñidora de apoyos— y el sentimiento no poco melancólico (entre los turcos, no entre los árabes) del recuerdo del antiguo poder turco. Egipto, conquistado por Selim I en 1517, con escasa resistencia de los mamelucos, a quienes integraron bien en la administración y la obediencia a la Sublime Puerta, permaneció bajo soberanía otomana hasta 1914, cuando los ingleses derrocaron al jedive ‘Abbas Hilmi y finiquitaron la ficción de la sumisión del país al sultán de Estambul, aunque Muhammad ‘Ali, en 1841, con la anuencia-presión inglesa, se había independizado de facto. La relativa modernización del país que acometió Muhammad ‘Ali corrió paralela al derribo brutal de las estructuras antiguas —quizá porque no había otro medio—, y buen ejemplo de ello fue la matanza masiva de mamelucos en la Ciudadela de El Cairo en 1811, espeluznante escabechina y preludio de la que años más tarde (1826) tendría imitación en la misma Turquía cuando Mahmud II llevó a cabo el exterminio —literal— de los jenízaros. Y todo al unísono con la penetración francesa en el norte de África y la entrada militar inglesa (con el jedive Tawfiq, en 1882), mientras se mantenía una soberanía nominal turca y los motines y desmanes se sucedían, tanto por la pobreza —endémica— como en protesta por la ocupación extranjera. Pavorosas revueltas populares equiparables a las de los siglos XVII y XVIII, que vivieron cada diez años aproximadamente grandes conmociones sociales. Como en el siglo XX. Y como en otros países árabes en la Edad Media, y que aquí no podemos detallar. ¿Motivos? Desde el precio del aceite o del pan, al carácter creado, o increado, del Corán. Toda una gama.

La gira de Erdogán por Egipto, Libia y Gaza ni es casual ni se queda en morriña por el bien perdido. Al igual que Cameron y Sarkozy marcan territorio al visitar Libia recordando quién derrocó en realidad a Qaddafi, el islamista turco pretende reconstituir la influencia y decisión que otrora disfrutó Estambul en la región, bajo estandartes distintos pero con la formidable base que le brinda el islamismo, que reunifica y pastorea todas las fuerzas; con los terroristas de Hamás dominando y aplastando a los palestinos de Gaza, con Mustafa ‘Abd al-Jalil, Bel-Hadj et alii en Trípoli diciendo que nada tienen que ver con nuestro 11-M y con los egipcios Hermanos Musulmanes conchabándose con Tantawi para repartirse —más aún— el poder, los dineros y las voluntades de la infortunada población egipcia. Aunque cada palo debe aguantar su vela: en el referéndum habido en Egipto para reformar la Constitución el apoyo fue del 77% de los votos emitidos (catorce millones a favor y cuatro en contra), si bien es cierto que la participación no llegó al 42%. El incendio de la embajada de Israel, la autorización a buques de guerra iraníes para cruzar el Canal, los continuos asesinatos y persecución de cristianos, el previsible triunfo de los Hermanos —que los militares pretenden ordenado y paulatino: ya veremos— no son buenas cartas primaverales de presentación; los planes de Erdogán de invadir el norte de Irak para perseguir y diezmar a los kurdos o la amenaza de agredir a los navios israelíes que intenten impedir el tráfico de armas hacia Gaza, tampoco. El «aliado civilizatorio» de Rodríguez Zapatero se siente lo bastante fuerte y sin oposición interna como para gallear en toda la región y disputar el mando de la gavilla a Ahmadineyad, una vez descartada —o pospuesta ante el justo rechazo europeo— la pretensión de colarse en la Unión Europea con el único pretexto de que un 4% de su territorio se halla en el continente europeo, otro abuso más de la Geografía. Menos mal que al embajador en Libia de Rodríguez Zapatero —Sr. Riera— le parece que «no hay que dramatizar» si se implanta la Shari’a en el país.

Serafín Fanjul, catedrático de Estudios Árabes.

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