¿Primavera egipcia?

Desde que Jean Antoine Galland descubriera a principios del siglo XVIII Las mil y una noches, los europeos no hemos cesado de inventar el Oriente y en especial a los árabes, por una sencilla razón de proximidad. Prodigiosas hazañas sexuales, un mundo de fijo entreverado de fábula, la palabra misterio dominando sobre cualquier raciocinio… De hecho, más fantasía nuestra que de las sociedades aludidas. Ése fue el caudal de argumentos de que se nutrió la literatura romántica de viajes, e incluso de ficción, cuando se ocupaba de moros.

Mérimée —en 1841, en Anatolia y aplicando la misma plantilla de irrealidad que usó para España— asegura que siempre se acordará del Oriente «comme d’un premier amour», pero lo que más aprecia de la Turquía del tiempo es la libertad, lejos de todo lazo y deber que le imponen las sociedades «brillantes et polies», o sea, la civilización francesa. Como otros literatos, el autor no distingue entre su circunstancia e interés personal y la comunidad humana que lo circunda y llega a destacar como ingrediente ejemplar de la vida en Turquía, ¡la libertad! Desde Galland y su imperecedera aportación han pasado tres siglos, pero Tartarín de Tarascón no ha muerto y seguimos prefabricando imágenes caprichosas sobre los árabes, a voluntad, según conveniencias ideológicas o coyunturales del momento, aunque en nuestros días el inofensivo histrión se revista de ropajes y discursos menos vistosos, más pedestres. Los motivos, en verdad literarios, han cambiado, pero los mecanismos y las funciones perduran. La penúltima onda es descubrir arrolladoras ansias de libertad en el Mundo Árabe, junto a la obviedad de que «son como nosotros». Pues claro: ¿quién va a discutir eso?

Viene todo esto a propósito de una Tercera de ABC (8 marzo 2011) de Guy Sorman, que me suscitó perplejidades y preguntas de difícil respuesta. Por no alargarnos, soslayaremos la insistencia en el victimismo, la cómoda división del mundo en víctimas y victimarios: de manera automática, los occidentales somos culpables —todos— por acción o por omisión, de cuanto de malo acaece a los musulmanes y de nuestro lado no hay sino «idea preconcebida», «ceguera occidental», «prejuicio», «ignorancia profunda del islam». Hasta las maldades de los Hermanos Musulmanes se atribuyen, por vía nada indirecta, al fascismo italiano, no a una concepción teocrática y pietista que pretende islamizar el mundo entero e instaurar el reino de Allah por la fuerza, con la Shari’a por bandera y el aplastamiento del discrepante como praxis. No es sorprendente que coincida en las formas con los totalitarismos.

Sorman es autor de un notable y sugerente libro (Les enfants de Rifaa), que leí con gran satisfacción, acerca de la modernización de Egipto mediante los becarios y estudiosos que acudieron a Francia durante el siglo XIX para adquirir conocimientos científicos, técnicos y culturales en general. Quizás el punto de mayor discrepancia que suscita —y en lo que insiste en el mencionado artículo— es la idea de que la occidentalización (por cierto, sañudamente combatida por los Hermanos Musulmanes) importada a Egipto por Rifaa at-Tahtawi (y otros) «condujo a los árabes» al cambio político y cultural. Es decir, el autor ve a los árabes como un todo homogéneo, justo lo que critica acremente en «nosotros».

Sobre la profundidad de la occidentalización de Egipto —que tanto nos esperanzaba a quienes allí vivíamos en los años setenta, como augurio de bienestar y libertad futuros— hoy no podemos ser optimistas: el retroceso social de ese país es dramático, no figuraciones de ignorantes o tergiversaciones de mal intencionados. Y lo menos malo que se me ocurre es que Sorman y yo tenemos una percepción muy distinta de la realidad: «Los islamistas, antioccidentales y antisionistas, están ahora mismo fuera de juego», «sin un componente islámico significativo »; quieren «vida normal», «vuelta a la democracia», porque han hecho una «revuelta democrática». Dudo mucho que la idea que abrigamos de democracia Sorman (supongo) y yo mismo —lo cual significa que ambos podamos expresar nuestras ideas y, a ser posible, sin odiarnos— coincida con la de un islamista, cuyo objetivo reside en que información y opinión se supediten por completo a la Shari’a (véase al respecto no el Corán, que yo tampoco tomo como determinante total, sino la Declaración de Derechos Humanos en el Islam, El Cairo, agosto de 1990, firmada por ¡57! países). Si Sorman no interpreta como un servidor los rezos masivos de esas concentraciones humanas, la indumentaria de las escasas mujeres presentes o la «pasa» en la frente de los hombres («zabiba», el callo que produce en la frente la reiteración de prosternaciones al rezar), es problema suyo, no de ignorancias ajenas.

Sin embargo, no es en los enfoques o las opiniones donde mayor discrepancia provoca el texto antedicho, sino en la presentación de algunos acontecimientos de mucho bulto que, sencillamente, no sucedieron así, a saber: «Este islam político sólo se volvió violento después —no antes—de que lo reprimiera Nasser». Es imposible que el autor desconozca la durísima campaña de violencia desarrollada por los Hermanos, en los años Cuarenta, que condujo a su ilegalización primero, en 1948, y después al asesinato —por ellos mismos— del primer ministro Mahmud Fahmi an-Nuqrashi, en diciembre de ese año. Y faltaban cuatro para el ascenso de Abd en-Naser. Tampoco se corresponde con la realidad de los hechos afirmar que en Europa «se ocultó» la anulación de las elecciones de 1991 en Argelia y que, por tanto el movimiento político islamista pasó a la violencia, o sea al terrorismo. En España, por desgracia, conocemos demasiado bien esta historia de los pobres terroristas que, ante la sordera del poder «no tienen más remedio» que acudir a otros medios. Y, desde luego, en nuestro país llevamos veinte años oyendo esa explicación en torno al F.I.S y al G.I.A. No creo que en Francia nos vayan a la zaga.

Por último, afirmar que el despotismo árabe data de la década de los cincuenta y es de origen socialista-comunista, es decir occidental, es mecerse en los dulces campos del Edén, por mucho que se haga una caricatura a cuenta de los faraones: « el despotismo es su tradición desde tiempos de los faraones (que no eran árabes, pero da igual)». Los primeros que inducen a pensar en la arabidad de faraones, babilonios o asirios, son los mismos árabes en sus manuales de historia y en libros escolares donde aseguran, más que sugieren, tal cosa, con evidente abuso de la Geografía. Y en cuanto a la historia del despotismo árabe, requiere varias tesis doctorales y de una hospitalidad extrema de ABC para permitirnos volver sobre el asunto, pero desde luego no comienza en 1950, a no ser que lo circunscribamos al establecimiento de dictaduras militares o regímenes de partido único; o que nos tomemos en serio el chascarrillo de la «shura» (consejo) de Mahoma, embrión y germen de toda democracia, como es universalmente sabido. Y no falta quien lo sostiene sin reírse.

Mientras los europeos nos entretenemos discutiendo si lo que había en Midán et-Tahrir eran galgos o podencos, en Egipto siguen quemando iglesias y asesinando cristianos, naturalmente por culpa del imperialismo y sus maquinaciones, no porque los jefes del ejército —musulmanes ellos— hayan visto una vía hacia donde derivar la rabia popular ante la enésima frustración —y las que hagan falta— por las supuestas reformas tras la caída de Mubarak. Queremos trigo, no prédicas, como si las palabras significaran lo mismo en cualquier parte.

Por Serafín Fanjul, catedrático de Estudios Árabes.

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