Primera necesidad

Por un momento déjese llevar a 2010. Le invitan al preestreno de una película en Kinépolis. Una distopía. Año 2020. Un virus muy contagioso obliga al encierro de los ciudadanos en sus casas en todo el hemisferio norte. Las autoridades de toda Europa sólo autorizan pisar la calle para adquirir tres productos definidos como de «primera necesidad»: alimentos, medicinas y periódicos. Nada más. «¡Qué tontería!», comenta su acompañante en el coche de vuelta a casa. «¡Qué falta de visión! En 2020 no habrá periódicos...».

Esta crisis del virus y el confinamiento nos está dejando algunas pistas interesantes. Algunas ya las sabíamos o las podíamos prever. Por ejemplo, las páginas web de los periódicos tradicionales están doblando su tráfico estos días.

No es ninguna novedad. En crisis previas, atentados en París en 2015 o en Bruselas en 2016, por poner dos ejemplos, los ciudadanos buscaron la información inmediata y precisa de los medios tradicionales. El despliegue automático de corresponsales sobre el terreno, especialistas y medios técnicos atraen a los lectores como si fuera un reclamo de confianza: «Rómpase en caso de que todo se ponga feo». Gráficos interactivos (no se pierda el del «Washington Post»), estadísticas, especialistas, vídeos informativos o divulgativos están atrayendo a la práctica totalidad de la población que busca información.

Otro efecto perfectamente predecible es el incremento de suscripciones digitales en los medios que tengan implantado un sistema de suscripción. Es el caso de nuestros periódicos regionales desde hace cinco años a través del proyecto On+. Las cifras son elocuentes. Desde que empezó esta crisis, estamos viendo cómo se incrementan las altas a un ritmo que triplica el periodo normal anterior. No sólo por el mencionado acceso a información inmediata, bien estructurada y elaborada por especialistas. Una serie de elementos completan nuestra oferta informativa tales como newsletters específicas, interacción de nuestros periodistas con los lectores... Nuestros suscriptores entienden perfectamente que el despliegue de recursos humanos y técnicos que buscan, porque les da seguridad, cuesta mucho. Y saben que en momentos como éste nuestros periodistas y nuestros responsables técnicos no dudan un segundo en dejar a su familia en casa para estar allí donde la información se produce; allí donde son necesarios para garantizar la coordinación y la transmisión del resultado de su trabajo. Todos los días. En un ciclo informativo que debe estar asegurado las veinticuatro horas. Y saben que si no somos capaces de establecer una relación directa con los propios lectores, con permiso de los anunciantes, alguien más tendrá que asumir el coste (¿subvenciones gubernamentales?) con la consecuente pérdida de nuestra independencia que eso supondría. Podremos coincidir con las ideas de una u otra parte de la población, podremos acertar o equivocarnos, pero todo lo hacemos preservando nuestro criterio frente a otros poderes públicos o privados que son objeto, además, de nuestro escrutinio. Y no me negará que el precio (un rango entre cinco y diez euros al mes) es asumible.

Vuelvo al inicio. Lo que esta crisis descubre, y eso sí que mayoritariamente no se podía prever, es la importancia que ganan los viejos periódicos impresos. No sólo por el mero hecho de ser identificados como de «primera necesidad», sino por las cifras. La mayor parte de los quioscos están abriendo en una demostración valiosa de esfuerzo y compromiso. Pero hay algunos otros, los menos, que no. Mucha parte de la población se ha desplazado a segundas viviendas con la consecuente dificultad para ajustar adecuadamente las tiradas. Los ciudadanos son requeridos a no abandonar sus casas si no es absolutamente imprescindible. Muchos elementos en contra. Pues mire, teniendo información precisa y confiable en cualquier soporte digital suficiente para no salir de casa, nuestros compradores se incrementan en valores que, en algunos casos, alcanzan el 10 por ciento. No bajan, suben. Los obsoletos periódicos. Si fuera porque son bienes superados por alternativas tecnológicamente diferenciales ya habrían desaparecido.

La realidad es otra. Los periódicos siguen poniendo orden en el caos. Ordenan, jerarquizan. Puede que no lleguen los primeros a informar, pero desde luego explican. Ayudan a entender. Piense en algún otro soporte que lo haga. No lo hay. Si usted está leyendo este artículo en nuestra edición digital, piénselo. Si lo hace en nuestra edición impresa, está terminando un artículo que no necesitaba, pero, ya que ha llegado hasta aquí, comente con su entorno por qué nos sigue buscando cada mañana. Y en cualquiera de los casos, por favor, cuídese.

Luis Enríquez es Consejero Delegado de Vocento.

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