Primero América, ¿y después?

Estos últimos años hemos estado preocupados por el futuro de la UE. Pero, como siempre, los acontecimientos nos han superado. Esta misma última semana hemos tenido la confluencia de tres negativos choques sobre el proyecto europeo común, algunos de ellos amenazas reales a su existencia: Theresa May y su posición sobre el ‘brexit’; Donald Trump y su visión de las relaciones económicas y políticas con Europa; y el creciente activismo y potencia de los partidos antieuropeos.

Primero, Theresa May. Su propuesta de negociaciones con la UE no augura nada bueno. Gran Bretaña quiere, una vez haya abandonado el club, un acuerdo de libre comercio con los actuales socios comunitarios; y, si esto no lo aceptáramos, amenaza con crear un santuario de baja fiscalidad en el otro lado del Canal. Muy mal asunto, aunque su posición solo sea el punto de partida, porque apunta al conflicto. Y, si no hay acuerdo pleno, perderemos todos, ellos y nosotros. Es cierto que nada parece haber sucedido. Pero no se dejen engañar. Tanto el ‘brexit’ como la nueva política norteamericana van a tener consecuencias parecidas a los de un tsunami: sus destructivos efectos finales solo se percibirán transcurrido un tiempo.

Segundo, Donald Trump. Con una política que amenaza con tener efectos muy sustanciales y que, para los europeos, presenta dos aspectos muy preocupantes: el proteccionismo que destila y la posición anti-UE que abandera.

Sobre el primer aspecto, les recomiendo la lectura de su discurso en la toma de posesión del viernes. Algunas frases resumen todo un pensamiento, y no se lo tomen a la ligera por excéntrico que su autor parezca. Por ejemplo, cuando afirma que “la riqueza de nuestra clase media ha sido arrancada de sus hogares y redistribuida a lo largo de todo el mundo (…) Hemos hecho ricos a otros países, mientras la riqueza y la confianza en nuestro país se han disipado”.

O cuando, tras describir una América donde prevalecen factorías herrumbrosas, educación insuficiente y ciudades destruidas por el crimen, postula aquello que ha destacado toda la prensa del planeta: “Desde este mismo momento, será América primero (…) Seguiremos dos reglas sencillas: compre América y emplee americanos”. Su intervención tuvo un aire rooseveltiano, al aseverar que “los hombres y las mujeres olvidadas de nuestro país dejarán de serlo”, un guiño al famoso discurso de Franklin Roosevelt en 1932, cuando el futuro presidente y entonces gobernador de Nueva York afirmó que había que “poner la fe una vez más en el hombre olvidado”. Y Roosevelt fue el que devaluó, en 1934, brutalmente el dólar. Por tanto, tiéntense la ropa, que vienen aranceles y medidas proteccionistas que no beneficiarán a la UE, el área más comercial del planeta.

Pero si esto es importante, ¿qué decir de lo que parece el inicio del fin del atlantismo? Este fue siempre, desde los años 50, un principio básico de la política exterior de EEUU, empeñados en favorecer la construcción de una Europa unida. Pero los tiempos han cambiado. Y los comentarios de Trump sobre la desintegración europea, la acusación a la UE de ser “un vehículo para los alemanes” y el optimismo que destilan sus amigos en el frente antieuropeo, han sembrado de inquietud las cancillerías europeas.

Finalmente, el ámbito doméstico. Para nosotros se acerca la hora de la verdad: elecciones en las que contaremos los antieuropeos de Holanda, Francia y Alemania y, quizá, Italia. Por ello, bancos del norte están evaluando qué pasaría con sus balances si algún país abandonara el euro, porque los grupos contrarios a la moneda común, espoleados por el ‘brexit’ y Trump, están en pleno auge.

Este pasado fin de semana tuvimos una muestra de la marea que se acerca. En la ciudad alemana de Koblenz, los movimientos de la derecha más extrema saludaron el advenimiento de una ‘primavera patriótica’, el nacimiento de una nueva era que podría inaugurarse con la victoria, el 15 de marzo, del Partido por la Libertad holandés de Wilders.

Parece que la tempestad perfecta se acerca, con una confluencia astral de elementos anti-europeos, tanto exteriores (Moscú, Washington y Londres) como internos. Y con interacciones entre ambos. Hay que preguntarse de nuevo: ¿sobrevivirá el proyecto común?

No es evidente. Pero, por nuestro bien, deseo que así sea. Y, en lo tocante a nosotros, no vayamos a olvidarlo: tenemos una insana tendencia a la autonegación de aquellos problemas realmente serios. Una Europa desmembrada, similar a la de los años 30, no debería generarnos miedo. Debería provocarnos pánico.

Josep Oliver Alonso, UAB y EuropeG.

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