Primero, la consulta popular

Por Bujari Ahmed, representante del Frente Polisario ante la ONU (EL PAÍS, 11/02/07):

Las Naciones Unidas consideran que la solución al conflicto del Sáhara Occidental radica en darle al pueblo saharaui la oportunidad de decidir su futuro a través de un referéndum de autodeterminación.

No estamos ante un debate de corte intelectual donde cabrían elucubraciones de todo género a cargo de lobbystas o expertos en todo y en nada, iluminados que a veces se creen en posición de poder influir en la Historia y en los acontecimientos, yendo contra ambas cosas a la vez.

Estamos ante una ocupación militar de un territorio ajeno donde se juegan cosas más serias como es el derecho a la existencia y a la libertad de un pueblo objeto de esa ocupación, que tiene lugar a pocos kilómetros de la llamada Europa democrática, ante la cual se muestra senil y débil en la defensa de lo que proclama como esencia propia.

España, dentro de esta Europa democrática, asume en la cuestión saharaui una responsabilidad particular. Contribuir de manera honesta a que el pueblo saharaui decida su futuro, a través de un referéndum de autodeterminación organizado por la ONU, no debe crear problemas para nadie. La opinión publica, en su generosidad, lo clama.

El acuerdo de pesca con Marruecos, que incluyó aguas saharauis, la reciente venta masiva de armamento a este país, ciertas huellas dejadas en Latinoamérica y en África y el voto de la pasada resolución de la Asamblea General no hacen sino herir a esa opinión y profundizar la percepción que tiene el liderazgo saharaui sobre la ambigua actitud española.

A los pueblos saharaui y marroquí nos interesa, antes que nadie, una paz justa y duradera. En 1990, la actual potencia ocupante, tras dieciséis años de combates, aceptó -y ello no es un deshonor- el principio de autodeterminación al firmar el Plan de Arreglo. El rey Hassan II, consciente de las implicaciones que se derivaban de ello, proclamó públicamente: “Si los saharauis optasen por la independencia, sería el primer país en abrir una embajada en la capital que eligiesen”. Su primer ministro, Lamrani, repetía ante los jefes de Estado reunidos en la ONU, que “Marruecos se compromete a respetar los resultados del referéndum, fueren cuales fuesen”.

Las dos partes habían aceptado así la vía apropiada -referéndum de autodeterminación- y un abanico de posibles soluciones (en plural): independencia, integración en la potencia ocupante o autonomía, añadida por Baker en su plan de 2003 a instancias de Marruecos. La ONU tenía una hoja de ruta detallada para culminar la obra. En este contexto, la solución duradera y justa es hija de un referéndum de autodeterminación, no la madre.

Sin embargo, el sorprendente giro radical efectuado en el año 2004 por los nuevos dirigentes marroquíes paralizó todo. El joven rey podía haber optado por decir que el referéndum era un compromiso heredado de su padre al que no podría renunciar y que oponerse a él mermaría la credibilidad de toda intención democratizadora.

Mal aconsejado o simple y llanamente como decisión deliberada en el contexto de “cuanto peor, mejor”, Rabat parece optar desde entonces por una vía cerrada que complica la situación por igual a la ONU, a las dos partes, a la región e incluso a sus padrinos en París y amigos en Washington y Madrid, los cuales se verán solicitados una vez más a elegir entre preservar las ganancias que genera la “amistad” con la monarquía marroquí y dar la espalda al resto de la región y a la propia legalidad internacional. Ser amigo de un país es aconsejable, pero ello no debe implicar ser amigo de sus errores. Madrid y París renunciaron a la amistad con lo que calificaron de “error americano en Irak”.

Al Frente Polisario le hubiera gustado entablar negociaciones directas con la potencia ocupante sobre la base de la independencia saharaui. Hay precedentes históricos en la región magrebina; pero ello hubiese complicado las cosas para Marruecos y optó por mantener el respeto al acuerdo sobre el referéndum de autodeterminación.

Esta racionalidad está, sin embargo, ausente en la actuación del Gobierno marroquí que, después de haber mostrado poco respeto a sus propios compromisos, ofrece como alternativa al referéndum una “negociación” sobre la base del reconocimiento de la “marroquinidad” del Sáhara Occidental y de su pueblo. Y esto es simplemente inaceptable, que no debe ser siquiera planteado.

El Consejo de Seguridad considera que toda solución ha de ser mutuamente aceptable y permita la genuina autodeterminación del pueblo saharaui. La propuesta marroquí no cumple ninguna de las dos condiciones. Aun así, Rabat trata de imponerla, acudiendo a los amigos y padrinos permeables al rédito de la amistad. La démarche finge ignorar que el Consejo se abstuvo de imponer la aplicación del Plan de Arreglo y de los Acuerdos de Houston, que cumplían sin embargo con las dos condiciones.

La propuesta no tiene, pues, ninguna posibilidad de avanzar. Creyendo que el alto el fuego podrá sostenerse por sí solo y que el silencio culpable de amigos y padrinos le permitirá intensificar impunemente la represión de una Intifada hasta ahora pacífica, Marruecos da la espalda a la paz y se refugia en el pasado del que se mantiene prisionero.

El tiempo y las dificultades no debilitarán la determinación del pueblo saharaui de llegar un día a El Aaiún libre y soberano. Llegar a Granada le costó a España siete siglos. Los niños saharauis, segunda generación nacida bajo la ocupación, cantan, a pesar de la prohibición, el himno de la RASD en las escuelas de El Aaiún. Una dinámica de liberación está en marcha en el Sahara occidental y nadie la podrá detener. Felipe González decía en un reciente artículo que “La experiencia permite constatar que, desde la II Guerra Mundial, ninguna potencia ha consolidado una ocupación territorial”.