Principios e imperativos

Por Olegario Gonz√°lez de Cardedal (ABC, 01/10/07):

El dinamismo de una sociedad es directamente proporcional a la iniciativa y participaci√≥n de los cuerpos menores que la constituyen. S√≥lo cuando los individuos que los forman se responsabilizan de los fines comunes a la vez que de los espec√≠ficos y aplican los medios necesarios para lograrlos, surge una sociedad compleja, rica y libre. El principio de subsidiaridad exige que lo que puede hacer el que est√° cerca no lo haga el que est√° lejos, que la autoridad √ļltima no anule sino que promocione a la autoridad primera, que las soluciones extremas no sustituyan a las inmediatas y pr√≥ximas. La sociedad, los grupos y los individuos se orientan a la luz de unos principios generales y se realizan por unos imperativos particulares. Los principios, las grandes ideas, ofrecen luz a la inteligencia respecto de los fines que se trata de alcanzar, pero todav√≠a no le indican los medios concretos con los que lograr aquellas metas. Los imperativos, las peque√Īas decisiones, en cambio indican, en lugar y situaci√≥n, qu√© medios nos llevan a aquellos fines, garantizando as√≠ la eficacia de los proyectos.

La iglesia en Espa√Īa tiene atrofiado uno de sus pulmones, necesario para la respiraci√≥n interior y acci√≥n exterior: los seglares. El Concilio Vaticano II llev√≥ a cabo una clarificaci√≥n de la conciencia eclesiol√≥gica, mostrando c√≥mo todos y cada uno de los bautizados formamos la iglesia, tenemos una misi√≥n dentro de ella, recibimos gracias personales y carismas destinados al servicio de la comunidad, estamos llamados a la santidad, tenemos que asumir como propia la tarea de hacer presente con palabras y obras el evangelio en el mundo. Esto significaba la superaci√≥n de una iglesia en la que de hecho hab√≠a dos clases de cristianos: por un lado los que ten√≠an autoridad (jerarqu√≠a) o formaban parte de una forma especial de vida (religiosos) y por otro los seglares. La f√≥rmula vulgar hablaba de √©lites y de gente de tropa.

¬ŅCu√°l ha sido la repercusi√≥n de esa idea conciliar en Espa√Īa? ¬ŅHemos llevado a la pr√°ctica esos principios eclesiol√≥gicos que otorgaban igual dignidad, igual responsabilidad e igual participaci√≥n a los seglares en la misi√≥n de la Iglesia? En los a√Īos siguientes al Concilio ha tenido lugar entre nosotros una extra√Īa evoluci√≥n: han desaparecido las organizaciones de seglares, responsables de la presencia del cristianismo en el mundo en la l√≠nea de la Acci√≥n cat√≥lica, y no han surgido las formas equivalentes que correspondan a la nueva estructura de la sociedad y a las nuevas acentuaciones de la Iglesia. Hay movimientos nuevos, pero son de otra naturaleza, y tienen ante sus ojos primordialmente la santificaci√≥n de sus miembros, con el testimonio directo o indirecto que deriva de ella.

A partir de los a√Īos setenta se declar√≥ poco menos que ileg√≠timas las ¬ęinstituciones cristianas¬Ľ y se propuso como un imperativo sagrado ¬ęcristianos en las instituciones¬Ľ. Despu√©s de cuatro decenios se ha llevado a cabo lo primero y no estoy seguro de que hayamos logrado lo que intentaban los segundos: hacer resonar en claro y repercutir eficazmente la propuesta de verdad, sentido y eficacia que el evangelio ofrece a la vida humana. Hemos comprobado c√≥mo, dada la autonom√≠a de las asociaciones, partidos e instituciones temporales reconocida por el propio Concilio, es dif√≠cil cuando no casi imposible que los cristianos individuales logren una presencia eficaz dentro de ellas. Son voces sonoras pero en el desierto, dado que el procedimiento democr√°tico de votaci√≥n y elecci√≥n termina decidiendo todos los proyectos y nombramientos. El resultado es la ausencia de una palabra, acci√≥n y proyecto cristianos en el horizonte p√ļblico, pese a los miles de grupos que existen dentro de la iglesia. Hay palabras cristianas a las que se reconoce un valor testimonial pero no trascienden los muros eclesiales dentro de los cuales se profieren y, siendo respetadas como signos, sin embargo no pasan al tejido social y al espesor de la vida com√ļn.

El resultado de esta ausencia de los seglares en la iglesia y sociedad espa√Īolas es una extra√Īa mudez cat√≥lica respecto de los problemas que afectan a la sociedad en el orden econ√≥mico, social, cultural, pol√≠tico. Solo emerge una voz: la de los obispos, pero estos no pueden pasar del enunciado de los principios, y se quedan en generalidades cuando no en obviedades, sin descender a las decisiones concretas, que son las eficaces. Los principios son sagrados y nunca pueden ser preteridos, pero desde ellos solos ni se ilumina inmediatamente la vida personal, ni se resuelven los problemas de una sociedad. Hay que descender de las altas esferas de lo posible, a las llanuras inmediatas de lo real, donde est√° el riesgo pero donde est√° tambi√©n la fecundidad. Para ello se necesita sumar los principios, los hechos y la interpretaci√≥n de estos. La interpretaci√≥n requiere unos saberes profesionales de historia, econom√≠a, derecho, ciencias sociales, pol√≠tica... que los obispos no tienen y aunque los tuvieren no pueden partir desde ellos. Hay un pluralismo de interpretaciones dentro de cada uno de esos campos especializados y a la vez hay un pluralismo de soluciones entre los propios cat√≥licos, ya que no todos establecer√°n las mismas primac√≠as a la hora de fijar los objetivos positivos que hay que alcanzar y las situaciones negativas que hay que superar.

Exponer los principios es tarea de los obispos; concretar los imperativos es tarea de los seglares. Cuando aquellos y estos no cumplen su misión o unos asumen las responsabilidades de los otros, entonces tenemos una distorsión de la realidad cristiana. En la Biblia ya está la diferenciación entre principios e imperativos de acción. El Antiguo Testamento distingue entre los enunciados generales de la voluntad divina, que los especialistas llaman derecho apodíctico (metanormas) y las aplicaciones hechas en el camino de la vida a la luz de la anterior revelación divina, que se van revisando, completando o sustituyendo sucesivamente (relecturas), y que llaman derecho casuístico (normas). Entre unas y otras hay una tensión permanente. Aquellas ofrecen luz general a la inteligencia; estas en cambio proponen acción en la vida, impulsan la voluntad, reclaman la decisión. Vivir sin principios es quedarse ciegos; vivir sin imperativos es quedarse vacíos. San Ignacio en sus Ejercicios exige lucidez para conocer el fin al que estamos ordenados, pero sobre todo coraje y valentía para elegir los medios que a cada uno le llevan a el. El fin es permanente; los medios son variables.

En la Iglesia espa√Īola tenemos una saturaci√≥n de enunciados episcopales, pero nos falta la voz de los seglares, individual y colectivamente organizados, que desde sus saberes profesionales proyecten luz sobre las situaciones concret√≠simas a la vez que propongan soluciones que den cauce al deber y a la capacidad de los cat√≥licos. Nos sobran principios generales y nos faltan imperativos particulares. Solo existe responsabilidad cuando se cumple una misi√≥n y solo se cumple una misi√≥n cuando se asume libertad y se arriesga uno en ella. En la iglesia no hay obispos sin seglares ni seglares sin obispos. Ni el pluralismo es verdadero sin fundamentos y criterios de unidad; ni la unidad se libra de la uniformaci√≥n esterilizadora cuando no integra la dura y complejapluralidad. La vida crece siempre peligrosamente; solo la muerte avanza sin riesgos. Los seglares necesitan que se les confieran la iniciativa, acci√≥n y confianza necesarias para asumir riesgos, sin los cuales nada fecundo nace: deben sentirse apoyados antes que vigilados, ayudados antes que corregidos.

Entre seglares y obispos est√°n predicadores y te√≥logos, para mediar principios e imperativos. Unos y otros deben asumir el riesgo que toda misi√≥n lleva consigo. Y de esta no nos libera ning√ļn r√©gimen pol√≠tico ni nos descarga ning√ļn Papa. Uno recuerda lo que fue la iglesia francesa en el siglo XX, con seglares como Blondel, Maritain, Mounier, Claudel, Rivi_re, Mauriac, James, Bernanos..., y sus grandes instituciones educativas, culturales y sociales. En aquella iglesia, seglares y jerarqu√≠a formaron una admirable conjunci√≥n de esperanzas y de empe√Īos, de acci√≥n y de santidad. En Espa√Īa estamos ante una nueva √©poca en la que los seglares asuman como propias la formaci√≥n primero, la palabra a la vez y la acci√≥n despu√©s. De ellos son los imperativos mientras que de la jerarqu√≠a son los principios. Solo cuando estos se conjuguen con aquellos, sonar√° plenamente arm√≥nica la sinfon√≠a cat√≥lica.