Prisioneros del honor

Por Pedro J. Ramírez, director de EL MUNDO (EL MUNDO, 21/11/04):

Hemos llegado a ese punto crítico en el que ya sabemos que lo que ocurrió en España el 11-M no es algo tan sencillo como lo que se nos ha venido diciendo hasta ahora, pero no sabemos aún qué es lo que de verdad ocurrió. Por utilizar la secuencia y los personajes de la más famosa investigación política, policial y periodística de la edad de la razón, el comandante Henry (Bolinaga) ya ha sido destituido por ocultar pruebas y el bravo Picquart (Campillo) rehabilitado en su empeño de aclarar los hechos, pero los generales Boisdeferre, Mercier y Gonse (Laguna, Aldea, Hernando) continúan en sus puestos y el Gobierno no sabe en cuál de las dos direcciones que con toda nitidez le señalan los principales diarios debe orientarse su interés.
Estoy hablando, naturalmente, de la fase intermedia del caso Dreyfuss cuando las nuevas evidencias aportadas por el bando revisionista, que en la España de hoy encabeza EL MUNDO, habían puesto ya en solfa la elemental ecuación cómodamente vendida a los franceses -un oficial judío es el traidor-, pero no habían podido demostrar la culpabilidad alternativa del coronel Esterhazy, verdadero espía al servicio de los alemanes. De hecho, aquí y ahora, por mucho que la sombra de ETA vaya haciéndose cada vez más alargada, no es que no sepamos quién es Esterhazy, es que ni siquiera estamos seguros de que exista un Esterhazy.

De lo que sí estamos seguros es de que no es cierto que Al Qaeda concibiera de la nada la masacre, como forma de castigar al Gobierno de Aznar por su apoyo a la invasión norteamericana de Irak, porque antes de que el atentado contra las Torres Gemelas desencadenara esa dinámica de acción y reacción, los asturianos que suministrarían tres años después la letal materia prima ya estaban vendiendo cientos de kilos de dinamita y tratando de explosionar «bombas con móviles».

El agente Campillo nunca llegará como el oficial Picquart a ministro de Defensa, pero a cambio tampoco ha sido encarcelado como lo fue él. En lo que sí están yendo paralelas sus historias es en la farsa inicial de tomar por loco al disidente y en la resistencia a que su voz se escuche ante la correspondiente comisión investigadora.

Los vaivenes del equipo de Zapatero son asimismo equivalentes a los de aquellos efímeros gabinetes de la Tercera República francesa que se debatían entre el empecinamiento en lo sencillo pero falso y la reapertura de un melón complejo e incierto. También en la España actual la prensa antirrevisionista, que siempre pone el sectarismo al servicio del interés económico de sus dueños, se empeña en insistir en que no hay más cera que la que arde, mientras esconde toda nueva evidencia bajo la alfombra de las páginas interiores.

El martes, la destitución de Bolinaga y el anuncio de una investigación a fondo -impulsada desde la propia Presidencia del Gobierno- sobre por qué la Guardia Civil y la policía asturianas desoyeron los tres avisos dados por sus confidentes en 2001 (Lavandero), 2002 (Nayo) y 2003 (Zouhier) parecía que encauzaba las cosas en la dirección de la búsqueda de la verdad sin temores ni complejos.El miércoles, sin embargo, Rubalcaba volvía a sentar las posaderas de su grupo parlamentario sobre el cubo de la basura de las corruptas negligencias, segando de raíz toda indagación seria en ese sentido, al impedir que acudan a declarar los dos protagonistas de la cinta hallada en el cuartel de Cancienes.

Sin el testimonio previo de Lavandero y de Campillo, ¿con qué fundamento van a poder sus Señorías repreguntar a Laguna e interrogar a Bolinaga y Búrdalo sobre el pasado y el presente? ¿O es que no les interesa pedir aclaración al cuidador de serpientes del club Horóscopo sobre lo que vio en el maletero de Antonio Toro, el contexto de la conversación en la que Trashorras le habló de «montar bombas con móviles» y los detalles que acompañaron a la confidencia de que uno y otro pensaban «marchar para Marruecos para dirigirlo todo desde allí»? ¿O es que no resulta de su incumbencia averiguar a quién entregó el veterano y empecinado agente de información su valiosa microcasete, qué seguimiento hizo de ella y qué presiones sufrió antes de comparecer ante el juez para que accediera a tragarse el marrón de la incompetencia que llegó a endilgarle la mismísima nota oficial de la Dirección General de la Guardia Civil?

Hay que subrayar que, según declaró el propio Campillo a El Comercio, en cuanto trató de explicar a Del Olmo lo que pasaba en la comandancia de Gijón, el magistrado le interrumpió, rogándole que se ciñera a los hechos directamente relacionados con la dinamita del 11-M.Si presumiblemente ese fue también el criterio con el que dirigió la declaración de Lavandero, está claro que no va a ser en sede judicial -al menos a través de este sumario- donde se descubra la trama de corrupción que permitiría entender las acciones y omisiones que terminaron posibilitando la masacre. Es obvio que si se ciega también la vía parlamentaria para descender a ese pozo de podredumbre, lo único que amenazará la impunidad de los responsables será una investigación administrativa, fácilmente manejable desde el interior del cuerpo.

Lo último que faltaba por escuchar es la autoexculpación del general Laguna, alegando ignorancia de cuanto sucedía en sus mismas narices y proclamando que «lo que está pasando en Asturias es un acoso y derribo a la Guardia Civil». He aquí la prueba de cuánta razón tiene Martín Prieto cuando alega que el carácter militar de la Benemérita y la invocación corporativa que en su seno se hace de su ancestral sentido del honor están sirviendo de escudo a todo tipo de mangancias porque «encubre los errores, calla las discrepancias y sepulta las pruebas». Sin necesidad de remontarnos al crimen de Cuenca, antes que Laguna ya siguieron esa táctica, en plena democracia, desde aquel Castillo Quero que confundió con etarras a los pobres chicos del caso Almería, hasta Galindo y sus secuaces, pasando por los cómplices que Roldán tuvo entre el generalato.

Quien hasta ahora, prácticamente en solitario, ha encarnado en este asunto las genuinas virtudes de servicio público que siempre han caracterizado a la mayoría de los agentes de a pie, ha sido este Campillo, nacido y criado en un cuartel. Laguna está, en cambio, a cinco minutos de aquel desafiante mensaje chantajista del general Boisdeferre, jefe del Estado Mayor y líder del bloque antidreyfussard y antirrevisionista, cuando instó al Gobierno francés a decidir si quería «creer al Ejército o a los murmuradores porque si la Nación no tiene ya confianza en los jefes de su Ejército, éstos están dispuestos a ceder a otros la pesada tarea de la defensa nacional».

En su película Prisioneros del Honor -incluida hace un par de años por EL MUNDO en una de sus colecciones de cine histórico- Ken Russell describe con gran fidelidad cómo aquella camarilla militar bloqueó durante media década la investigación del caso Dreyfuss, manteniendo como rehén a un Poder Ejecutivo débil y pusilánime. En una España en la que por fortuna ya no queda ni el más tenue eco de aquel «ruido de sables» de los inicios de la transición, resulta inconcebible, y altamente sospechosa, la condescendencia del actual Gobierno con una cúpula de la Guardia Civil heredada del anterior. Empezando por el general Varela, máximo responsable de Información a quien nadie ha pedido cuentas aún de por qué en la Célula de Coordinación creada para investigar el 11-M mantuvo en secreto durante unas jornadas decisivas la relación de la UCO con Zouhier; siguiendo por el propio coronel Hernando, cuyas contradicciones, omisiones y presuntas falsedades ante la Comisión han quedado realzadas por la coincidencia entre los relatos de Zouhier y Lavandero; y terminando, naturalmente, por estos mandos asturianos a quienes se ahorra hasta la incomodidad de tener que confrontarse con quienes les han puesto en evidencia.

De sobra sabemos que quienes tan pomposamente se declaran «prisioneros» de su «honor», suelen estar ejerciendo en realidad de carceleros de graves secretos que encubren todo tipo de desmanes públicos y privados. Pero la sociedad española no va a conformarse con la actual acumulación de disimulos y silencios. Si en la Francia aún decimonónica fue abriéndose camino, en todos los segmentos de la sociedad, el ansia por conocer la verdad -Proust lo reflejó en el momento en que el Príncipe de Guermantes encarga al capellán que diga la misa del día por el bien de Dreyfuss y descubre con asombro que ya se le ha adelantado la Princesa de Guermantes-, en la España del siglo XXI o el Gobierno se pone a la cabeza de la manifestación de lo que es ya un clamor popular e impulsa fehacientemente el esclarecimiento de lo ocurrido o la exigencia de transparencia que el propio PSOE desató entre la masacre y las elecciones terminará llevándoselo por delante.

Porque como Picquart le dice al propio Dreyfuss cuando hacia el final de la película está dispuesto a aceptar el último veredicto de culpabilidad, a cambio de un perdón previamente amañado, no puede haber «honor» alguno al margen de la verdad y las actuales generaciones de españoles han dado ya suficientes muestras de anteponer su sentido de la dignidad y la autoestima a cualquier otra consideración política.