Problemas sin solución

Anda la gente inquieta en el comienzo de un curso repleto de incertidumbres políticas y económicas, y merece la pena analizar esa inquietud. Partamos de una idea. Siempre vamos a convivir con problemas porque forman parte decisiva de la condición humana. Sin problemas no habría vida. Debemos por lo tanto concentrarnos en cuál sería la forma más inteligente de esa convivencia. Dicho esto, hay que añadir que es lógico inquietarse -nunca en exceso- por la acumulación de problemas. En la actualidad destacan tres: efectos negativos crecientes del cambio climático, invasión del populismo en la política con el consiguiente impacto en la calidad democrática y, por fin, el riesgo de una recesión económica generalizada que haría aún más visible el drama de la desigualdad económica y las imperfecciones del modelo económico actual.

Lo especial y peligroso de estos problemas se centra en la sorprendente diversidad de reflexiones sobre los mismos. Unos niegan su existencia o minimizan su importancia, otros expresan graves dudas sobre nuestra capacidad para resolverlos y finalmente una minoría asume los problemas con naturalidad e incluso les atrae afrontarlos con buen ánimo. Intentemos ir por este último camino.

El tema del cambio climático, del que hablé recientemente en una tribuna abierta de ABC, está generando un enfrentamiento radical entre los que opinan que hemos entrado ya en un proceso de deterioro, en gran parte irreversible, que tendrá consecuencias dramáticas y los que mantienen que los ecologistas exageran de forma irresponsable y a veces consciente unos efectos que son mucho más leves o pura y simplemente no existen. Parece claro en este caso que habría que aplicar a ambas posturas el proverbio de Horacio de «in medio stat virtus quando extrema sunt vitiosa» y en caso de duda apoyar con más intensidad a los que se preocupan por el calentamiento global. Es importante desde luego que se mantenga abierto un debate al que el Papa Francisco dedicó la encíclica Laudatio Si en la que afirma -quizá exagerando levemente- que «son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior».

Sobre la invasión del populismo parece ya absolutamente claro que la culpa de ese fenómeno que sigue creciendo por todo el mundo occidental no es otra que la ausencia de alternativas serias que deberían formular los que se limitan a descalificar el populismo. Hay que reaccionar ya ofreciendo soluciones coherentes y serias, y hay que admitir que no va a ser tarea fácil convencer a unos ciudadanos que han perdido la fe en los mensajes políticos y en los de las instituciones de una sociedad civil cada vez más débil, y por ello cada vez más dócil al control de los poderosos. Este tema guarda relación con la insatisfacción generalizada, sobre todo entre los jóvenes, con el funcionamiento de la democracia debido a las percepciones sobre corrupción política y a la ausencia de valores.

El tema más sensible es sin duda el temor a una recesión económica que incrementará el cuestionamiento del modelo económico actual. La crisis del capitalismo se ha convertido en el mundo anglosajón -es decir en el mundo más capitalista- en un tema recurrente. En recientes números del «The Economist» y del «Financial Times», se aborda con rigor y con claridad los problemas de un sistema en el que las empresas parecen haber olvidado que su misión no es solo aumentar el beneficio de sus propietarios y maximizar su eficiencia con todo género de medidas y entre ellas con la reducción drástica del coste laboral. Es sin duda una crítica injusta y exagerada en una época en la que está avanzando admirablemente la aceptación de una responsabilidad social empresarial, pero habrá que cuidar la imagen y seguir asumiendo más compromisos, especialmente en la reducción de la brecha salarial, en la igualdad salarial entre hombres y mujeres y en la formación permanente de los trabajadores.

Los tres problemas antes analizados son ciertamente serios y difíciles pero ya están en proceso de mejora y nadie puede poner en duda que tendrán solución. Pensar lo contrario sería un signo de debilidad, de decaimiento, de flaqueza de ánimo y también de ignorancia. Aceptemos que no hay problemas sin solución. Entre otras cosas porque dejarían de ser problemas. Y apliquemos esta idea a la situación española que es bastante mejor de lo que se cree y lo que se dice. Podremos con todo, incluida la incompetencia política, con la que tendremos que enfrentarnos de nuevo después de las el ecciones del 10 de noviembre cuyos resultados -a pesar de la aparición de un nuevo partido y una fuerte abstención- serán similares a los de los últimos comicios en términos de posibilidades de bloqueo. Habrá que confiar en que el estamento político en su conjunto a la vista del fuerte rechazo ciudadano que ha generado su comportamiento se sientan obligados a llegar a pactos y a acuerdos que den lugar a un gobierno estable. El dato de que en la historia democrática española no se hayan acordado hasta ahora coaliciones preelectorales es preocupante, pero este es el momento perfecto para que haya un cambio de actitud radical. La idea de un bloqueo permanente tiene que desaparecer de la escena. Démoslo por seguro pero no lo estemos del todo.

Antonio Garrigues Walker es jurista.

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