Procesión de reliquias balompédicas

Las fiestas y romerías para honrar a la Virgen se sucederán por toda España este 15 de agosto. El fin de semana llega también marcado por el arranque oficial de la temporada futbolística, con la disputa del partido de ida de la Supercopa entre Sevilla y Barcelona. Y aún está muy presente la resaca por la victoria de España en el Mundial. Para mucha gente, los eventos deportivos se han convertido en las únicas referencias temporales, y los estadios en las únicas catedrales que visitan periódicamente.

El fútbol es utilizado por los políticos y por las mafias, pero… ¿por qué el fútbol y no cualquier otro deporte? ¿Por qué no el teatro o la danza? ¿Por qué ese irresistible y avasallador influjo de sensaciones embriagadoras, deshumanizadoras y desenfrenadas, propio de los estadios?

Revisando las publicaciones posteriores al triunfo de la selección en Sudáfrica, parece que los cronistas copiaron de La leyenda dorada, de Jacobo de la Vorágine, las hagiografías que escribieron sobre cada uno de los futbolistas. Los jugadores son jóvenes, famosos y ricos. Muchos de ellos, pudiendo habitar en urbanizaciones de lujo, siguen viviendo con sus padres en barrios humildes, mezclados con los españolitos de a pie. La sensación que se desprenden de las crónicas es que «los futbolistas son gente de éxito que se lo ha currado, se han matado a entrenar y han tenido que renunciar a muchas cosas. Tienen una vida corta como deportistas, y por eso está bien que ganen tanto dinero en tan poco tiempo».

Los futbolistas son personas que han hecho realidad un sueño compartido por infinidad de jóvenes, y por eso se les reputa como encarnación de los valores al uso. Se les atribuyen virtudes como la humildad, la caridad, la inteligencia o la solidaridad.

Los elogios han llovido igualmente sobre la selección española concebida como un bloque. El grupo se portaba como un solo hombre: todos para uno y uno para todos. Era ciega la obediencia a las órdenes de los superiores, emulando las exigencias recogidas en los Ejercicios de San Ignacio. «Tenía la sensación de estar oyendo hablar de la comunidad de los primeros cristianos tal como nos la describen los Hechos de los Apóstoles. Cada uno vendía lo que tenía y lo ponía en común». En el universo de La Roja no orbitaban una multitud de mundos que querían encontrar su voz y afirmar su identidad particular, sino que reinaba un espíritu colectivo. La única ilusión era conseguir el triunfo a las órdenes de un gurú, el seleccionador, que los motivaba a todos con su carisma silencioso.

Después de la victoria frente a Holanda, los jugadores fueron recibidos por una España enfervorizada y rendida a sus pies. Los aclamaban con gritos enardecidos de «¡campeones!», «¡victoria!»… Fueron paseados de un lugar a otro, de ciudad en ciudad, como fue llevada de una parroquia a otra la Virgen de Fátima cuando llegó a España. La gente luchaba denodadamente por tocarles, pasarles el pañuelo por las piernas, agarrar una botella que se le había caído a alguno de ellos, limpiar sus gotas de sudor para guardar el pañuelo empapado.

A cada uno de ellos se le hizo un gran recibimiento en su pueblo natal, seguido de una fiesta. Se les paseó en procesión de un lado a otro, como al santo patrón, en andas y en carrozas. A algunos incluso se les dedicó o se les prometió la futura dedicatoria de una calle, plaza o estadio. Los objetos que han tocado o mirado, les han pertenecido o sencillamente llevan su nombre, se convierten por esa simple razón en reliquias, buscadas y guardadas celosamente como oro en paño. Porque protegen y curan.

Poco después de haber ganado el Mundial, se podía adquirir en cualquier chiringuito la pulsera de la selección, eficaz para obtener las virtudes que adornan a nuestros héroes, para la buena marcha de los negocios y contra el mal de ojo. «Como el escapulario de la Virgen del Carmen. Quien lleve el escapulario al cuello no corre el peligro de morir en pecado mortal. Tendrá la oportunidad de arrepentirse y salvarse», me dijo alguien.

Las calles parecían ríos rojos porque todo el mundo se había enfundado la camiseta de la selección, que de la noche a la mañana se convirtió en la prenda más vestida por los españoles, para envidia del diseñador de moda más pintado. La gente luce la camiseta como en tiempos pasados los fieles devotos llevaban el hábito de San Francisco, de San Antonio o de otro santo cualquiera de su devoción. A diario, muchos niños llevan la zamarra del futbolista al que idolatran particularmente.

La Copa del Mundo ha sido y sigue siendo paseada de un lado a otro, y expuesta en sitios privilegiados que se convierten, ipso facto, en lugares de peregrinación masiva. Se organizan procesiones como en su día se organizaron para pasear el brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús, la sangre de San Pantaleón o la Santa Espina. Dice Fernando Ónega que «es como si, al fin, hubieran encontrado el Santo Grial o la reliquia de un santo».

No hay ningún discurso político, ningún sermón tan eficaz como la victoria de la selección para despertar entre los españoles sentimientos de solidaridad, deseos de compartir y resucitar ideales comunes. Todos participan de la gracia obtenida por nuestro equipo. Es el equivalente secular de la Comunión de los Santos en el plano teológico.

Algunos amigos me han criticado seriamente por mis anteriores artículos sobre el Mundial. «Parece mentira que pierdas el tiempo en fruslerías semejantes. Sólo valdría la pena si fuera para criticar a los políticos que lo utilizan y a las masas que se dejan manipular. El fútbol es lo que el circo para los romanos», me dijeron. Es cierto, pero el fútbol es un fenómeno sociológico apasionante. Aunque tuviéramos acceso a todos los bancos de datos sobre el balompié, no lograríamos una visión de síntesis satisfactoria. ¿Cómo explicar las emociones suscitadas durante la gesta mundialista? Fue como ese momento de vacío en que las puertas están abiertas de par en par y las personas creen encontrar algo que la va a salvar o sacar del pozo. Es la kenosis de que habla San Pablo, necesaria para recibir la buena nueva.

Esa buena nueva llegó con el gol de Iniesta y la conquista de la Copa del Mundo. Era algo concreto, tangible, visible, que convirtió el momento de angustia y temor en el kairos, el momento propicio que condensa todas las dimensiones del existir y funda una nueva universalidad superando las viejas divisiones de camisas rojas y azules, de izquierdas y de derechas, progres y fachas. «Me pueden decir lo que quieran. Yo he chillado y he hecho fiesta porque me dio la gana, porque sentí necesidad de hacerla», me dijeron en la callle.

Pero como nunca llueve a gusto de todos, lo que alegra a unos puede fastidia a otros. Para muchos, haber ganado el Mundial ha sido motivo de tristeza y de rabia. Algunos nacionalistas catalanes han visto con recelo el reforzamiento de los símbolos españoles, que ellos consideran enemigos. «No se recordaba haber visto tantas banderas españolas en las calles ni en las ventanas de Cataluña», se repitió mil veces.

La gente explotó porque tenía necesidad de algo concreto a lo que agarrarse. Han fallado las ideologías, los valores y los ideales. Las explosiones de sentimientos no siempre se controlan. En ciertas situaciones, la victoria fue motivo de actitudes desafiantes y ocasión para dar rienda suelta a la hybris (el envalentonamiento y la desmesurada soberbia). Pero en general, el gol de Iniesta se convirtió en el fundamento que facilitó proclamación sin complejos del «Yo soy español, español, español…». El tanto del albaceteño, concreción móvil, mudable y única del mundo, fue como la condensación energética con la que se rehizo la identidad de millones de españoles.

Es mínima la diferencia entre el acontecimiento y la celebración, entre el fondo y la forma, entre el cómo y el qué. El año en que España ha ganado el Mundial marca el inicio de una nueva era. «Nació dos años después de ganar en Sudáfrica», dirán los padres olvidadizos para calcular la edad de sus hijos.

El fútbol, religión para el siglo XXI, ha convertido a España en una comunidad de referencia como hacía tiempo no lo era.

Manuel Mandianes, antropólogo del CSIC y escritor. Su último libro se titula El camino del peregrino.