Procesos y procesiones

Aún resuenan en nuestros oídos los tambores que en el silencio de las noches últimas han acompañado las procesiones, junto a imágenes sagradas y al lado de cofrades silenciosos, de espectadores curiosos, de ilustrados perplejos que se preguntan cómo, a estas alturas de los tiempos, aún estamos promoviendo acciones que parecerían más propias de otros siglos que del nuestro. Todavía suenan los asertos categóricos de los años 60-80 según los cuales el proceso de modernización, industrialización y urbanización acabarían con la religión en Europa; que solo era cuestión de ir dejando afirmarse tales procesos. La secularización se consideraba inmediata, inevitable y saludable; la religión, remanente solo en el inculto mundo rural.

Casi todos los grupos llamados progresistas contaban con este fin y diferían solo en la distinta manera de comportarse ante este proceso: acelerándolo política y socialmente o dejándolo a su propio ritmo de crecimiento, que conduciría al final de la religión. Final de la religión que en España era equivalente de final de la Iglesia. Hoy acabamos de comprobar cómo barrios, pueblos, ciudades han participado en «su» Semana Santa con las correspondientes celebraciones litúrgicas en el templo y procesiones por las calles. Miles de cofrades han portado pasos y estandartes, hachones y pértigas. ¿Cómo explicar esta inversión de la actitud en menos de cuarenta años?

Tres perspectivas pueden ayudarnos a entender este fenómeno. En primer lugar ser cofrade, comprometerse con los objetivos de la cofradía a lo largo del año, formar parte de la procesión, es una manera de ejercer protagonismo, de asumir un papel, de ser reconocido por los otros. Todos anhelamos protagonizar: ser reconocidos y valer ante los demás. Junto a esta dimensión antropológica está la dimensión religiosa de tales actos y procesiones. No se trata solo de figurar ante los hombres, sino de adentrarse en el ámbito del Misterio al contemplar figuras que remiten a una historia conmovedora, que designamos justamente como «historia sagrada». ¿Qué irán pensando los miles de costaleros bajo el peso de las andas que portan durante esas largas horas nocturnas? ¿Harán solo memoria de su vida o, quizá también, quizá sin palabras en resuello, elevarán una oración a Dios, al que suplican sea benévolo para su existencia, concediéndoles paz a ellos y a todos los suyos? Horas nocturnas expuestos ante la propia conciencia y ante la Realidad sagrada a la que más allá de la soberbia de la vida invocamos, esperando su ayuda para nuestra finitud, su perdón para nuestros pecados y su cobijo definitivo para nuestro ser (salvación). Es la dimensión religiosa de nuestras procesiones.

Pero aún quedan otra capa de sentido en estos actos, que incluyen palabras, pasos, cantos, silencios que recuerdan a un sujeto concreto de nuestra historia. No estamos enalteciendo a la humanidad en abstracto; estamos haciendo memoria agradecida de alguien que fue parte decisiva de nuestra historia, de tal forma que ahora contamos los años, a partir de su nacimiento y muerte, hace 2017 años. Es la dimensión cristiana. Quizá muchos de esos portantes anónimos de los pasos no sepan dar razón concreta de cada uno de ellos pero saben que todos hablan de Jesús de Nazaret, nos recuerdan su vida, su pasión, su agonía, sus procesos, su muerte con nosotros y por nosotros. Se puede ser, se es hombre y mujer ejemplares sin ser capaces de dar una definición del hombre ni elaborar una antropología, porque ser hombre no es solo pensar y saber, poder y acción sino sobre todo existir en la verdad y en la bondad, en el amor y en el servicio. De manera análoga debemos decir del cristiano: que lo es en verdad cuando vive el Evangelio, se configura con Jesucristo, vive como él ante los demás y se confía al Padre como se confió él, aunque no sepa dar una definición científica de Cristo. Pero puede dar razón de su fe en él por los caminos de la vida viviendo en la verdad ante Dios y en el amor a su prójimo.

Sin embargo para embarcarse honesta y religiosamente en la bella aventura de ser cofrade, participando en las tareas de la cofradía a lo largo del año y portando las imágenes sagradas en las procesiones, es necesario conocer lo esencial sobre Jesucristo, querer creer en él, diferenciando su fe de otras formas de vivir y de creer. La piedad tiene que ser ilustrada, alumbrando también nuestra inteligencia y no solo nuestra voluntad. A esa fe debe acompañar siempre un saber mínimo. Este debería abarcar los tres órdenes de realidad que constituyen la persona de Jesucristo. En él hay que reconocer y diferenciar su individualidad, su universalidad y su singularidad.

Cuando hablamos de la individualidad de Jesucristo afirmamos su humanidad concreta, su condición judía, predicador del Reino, curando enfermos, perdonando pecadores, integrando a pobres y marginados, creando un grupo de seguidores, del que luego nacerá la Iglesia. Jesucristo no es un mito; es un hecho. Su vida, sus acciones y su muerte están enclavadas en lugar y tiempo; se las enumera en el Credo junto a Poncio Pilato, como testigo de la pertenencia real de Jesucristo a nuestra historia.

¿Cómo pensar y describir su universalidad? Su existencia traspasa lo individual y lo realiza en un nivel de perfección que lo ensancha hacia zonas incógnitas de nuestra condición, viviendo experiencias constitutivas de nuestro ser en su realización paradigmática. Él vivió las situaciones humanas fundamentales: la misión recibida de Dios, la amistad, la traición, los procesos injustos, el rechazo de amigos y paisanos, la soledad y la compañía, el abandono final. No se trata de la mera ejemplaridad moral; es algo mucho más profundo, porque revela al hombre qué es, de qué carece, de qué está necesitado, hacia dónde puede encaminar su destino. El Evangelio de San Juan (19,5) pone en boca de Pilato esta presentación de Jesús: «He ahí el hombre». «No un hombre, el hombre» (19,5). K. Jaspers situó a Jesucristo entre los cuatro hombres decisivos, que nos han dado la medida y talla de humanidad.

Queda la tercera dimensión de Cristo: su singularidad. ¿Por qué hemos creído en él? No solo por sus obras o su doctrina sino por su persona. Los que le siguieron hasta el final vieron en él la acción de Dios resucitándole. Le confesaron como el Hijo eterno encarnado; Dios asumiendo, sanando y consumando nuestra historia. La igualdad de poder, conocimiento, y amor con el Padre llevó a la confesión de su divinidad, y a la nueva comprensión trinitaria de Dios. Él ha acompañado a la Iglesia a través de los siglos. Su última palabra fue: «Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo». Y ha sido fiel.

Una escritora francesa, M. Yourcenar, tras narrar el destino de Jesús, escribe: «Es una de las historias más hermosas del mundo que acaba con los reflejos de una Presencia». Con sus palabras referidas a Jesús concluyo también yo: «Por él y por todos aquellos que no consiguen encontrar lo esencial por debajo de lo que podríamos llamar los accesorios del pasado es por lo que yo me he arriesgado a escribir lo que precede».

Olegario González de Cardedal, teólogo.

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