Profesores y amor al conocimiento

Se atribuye a Julio Verne la siguiente frase: «Qué gran libro se podría escribir con lo que se sabe. Pero aún más con lo que no se sabe». Corren malos tiempos para reivindicar el conocimiento. Mucho menos para hablar de la necesidad social de la cultura. El utilitarismo de unos y el afán de entretenimiento de otros se imponen como medidas que garanticen la «somatización» del ciudadano, de la que, no lo duden, se benefician no pocos, disfrazándola de realismo y filantropía.

Pero no es momento, al menos en esta columna, de culpar a los culpables, sino de analizar la situación de manera introspectiva y examinar cuidadosamente cómo enseñamos a nuestros alumnos (tarea que, por otra parte, realiza a diario todo buen profesional de la docencia), de observar y valorar los puntos fuertes y débiles de nuestra práctica. Vengo a hablarles de contenidos. Sí, sí, contenidos. Ya sé que los contenidos no se llevan y que lo que glamuroso es hablar de procedimientos, pero, verán, es que pienso que los procedimientos, sin contenidos, importan un carajo. Y, con contenidos, menos de lo que algunos pretenden hacernos creer.

Pretendo explicar, ahora que el curso escolar acaba de dar comienzo, qué creo que se debe exigir a cualquiera que haya tomado la honrada resolución de transmitir lo que sabe a quienes todavía no lo saben, que es el principal propósito que debe plantearse un maestro cada vez que inicia una nueva clase: que sus alumnos sepan más de lo que sabían.

Si les abriera la puerta del aula de música de mi instituto, se encontrarían ustedes con un buen número de adolescentes en cada grupo, cuyos intereses se encuentran bastante alejados de lo que yo (también de lo que compañeros de otras disciplinas) querría enseñarles. Y, por lo general, con pocas ganas de esforzarse. Añadamos, tomen nota los iluminados de la nueva educación, una evidente inclinación a aprobar el examen sin esmerarse mucho, en el mejor de los casos (o sea, en el caso de que quieran esmerarse algo). Pero todo esto es natural en el adolescente, que siempre ha optado (y optará) por la vía más fácil y cómoda para alcanzar sus objetivos (vamos, como muchos adultos). Y ello no puede sorprendernos ni molestarnos porque todos hemos sido adolescentes.

En tales circunstancias, ¿qué podemos proponernos? Mi aspiración es nítida y va más allá de los contenidos de mi asignatura, que es la música. Va más allá, digo, pero depende de esos contenidos que la conforman, no sé si me entienden. Espero, deseo, ambiciono, suspiro por provocar en mis alumnos curiosidad por aprender más. Más, en general. No solo más música. Más historia. Más literatura. Más física. Más. Quiero que sean conscientes de la cantidad de cosas hermosas (y desagradables, pero saber de estas también es valioso) que nos quedan por conocer. Y para estar en condiciones de inocular ese deseo de saber, lo primero que debo exigirme es sinceridad y transparencia (honestidad, al fin y al cabo) en el contagio de esta avidez (nuestros alumnos saben poco de lo nuestro, pero notan rápidamente si eres un impostor, un vendedor de humo o alguien que sabe de lo suyo y ama lo que enseña). Por lo que respecta al conocimiento, hay que pecar de gula. Porque no puede bastar lo que sabes. Porque saber te incita a saber un poco más. Es (o debe ser) una tentación imposible de apaciguar. Y es así, solo así, como uno está legitimado para reclamar a sus alumnos hambre de conocimiento. Un profesor tiene que ser una persona culta. Me parece inconcebible pretender enseñar una asignatura sin entender que esta guarda relación, más o menos estrecha, según los casos, con otras. ¿Cómo enseñar música sin conocimientos básicos de arte, historia, filosofía, lengua, literatura, matemáticas, física…? Digo «básicos». Uno ha de dominar su materia, pero esto es habitualmente imposible si ignora todo lo demás. Me estoy refiriendo a unas nociones elementales que permitan apoyarte en otras disciplinas para hacer entender la tuya. Todos tenemos lagunas en muchos campos. Pero uno puede leer, recordar, estudiar… El profesor ha de ser especialista en su materia. Esto es indiscutible. Pero la cultura general determina si estás preparado para enseñar. Porque para enseñar hay que saber relacionar, contextualizar…

¿Es posible hacer entender a un alumno de 15 años el nacimiento de la polifonía sin explicar cómo era la sociedad feudal, qué fue el humanismo, qué diferencia existe entre el gótico y el románico? ¿Se puede conseguir que comprenda las cualidades del sonido (y, por consiguiente, los elementos musicales) sin aludir a parámetros físicos? ¿Tiene sentido explicar la armonía musical sin recurrir a las matemáticas? En esto, creo que no valen excusas. Quejémonos de la ratio, de la desconsideración social, de la distancia entre lo que las administraciones educativas (y los supuestos expertos) determinan y lo que los profesores necesitamos. Hagámoslo para no caer en eso del «quien calla, otorga». Pero seamos ejemplares en relación con nuestra cultura general. Todos tenemos lagunas en ámbitos que no son estrictamente el nuestro. Pero queremos (debemos) rellenarlas. Y se nos debe permitir y facilitar.

Preparar bien una clase requiere tiempo. Eliminen, señores gestores, burocracia inútil. Dennos tiempo y apoyen nuestra formación continua. Libérennos de cometidos inútiles, por estéticos que sean, para que podamos enseñar cada vez mejor y que nuestros alumnos nos admiren. Que piensen que su profesor «sabe un huevo». Que le pregunten dudas y responda ágil y convencido. Que noten que le gusta que un estudiante le plantee un reto y lo resuelva. Porque es su maestro. Que encuentren en todo esto algo estimulante. Porque, más allá de asignaturas y de contenidos (pero, insisto, íntimamente relacionado con ellos), lo que nos jugamos es que estos jóvenes, un día, lleguen a encontrar placer en el aprendizaje. No se consigue enseguida. Pero esto es la enseñanza: sembrar y confiar en que, algún día, lo que uno ha sembrado dará su fruto. Pongámonos a ello. Todos.

Alberto Royo es guitarrista clásico, musicólogo y profesor de instituto. Es autor de los ensayos Contra la nueva educación (Plataforma. 2016), La sociedad gaseosa (Plataforma. 2017) y Cuaderno de un profesor (Plataforma. 2019).

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