Profeta de la decadencia (Oriana Fallaci)

Por Tunku Varadarajan, director de las páginas de colaboraciones de The Wall Street Journal (ABC, 20/09/06):
Incluso mientras Oriana Fallaci daba su último suspiro con unos pulmones marinados en suficiente nicotina como para hundir un barco (y no digamos a una criatura que parecía un pajarito y no pesaba más de 36 kilos, collar de perlas incluido), en el mundo musulmán retumbaban las protestas por unas declaraciones en las que el Papa Benedicto XVI echaba en cara al profeta Mahoma que exhortara a sus seguidores a propagar el islam mediante la espada. Las multitudes han quemado efigies del Papa, aunque el estallido también ha incluido incidentes cómicos no intencionados; una portavoz del Gobierno de Musharraf en Pakistán observaba la semana pasada que «cualquiera que describa al islam como religión intolerante fomenta la violencia».

Una vez más, Occidente ha chocado con el mundo musulmán; y, una vez más, es Occidente el que se esfuerza por aliviar «el daño». El Vaticano emitió un comunicado diciendo que «sin duda no era la intención del Santo Padre… herir las sensibilidades de la fe musulmana» (aunque la cita en cuestión es algo que ni siquiera el más melifluo defensor podría eludir). Así que es tentador creer que el jueves por la noche Fallaci -contemplando por la ventana del hospital este último circo de devociones y desmanes- simplemente se dijera: «Yo ya no aguanto esto, de verdad. Me largo de aquí».

Oriana Fallaci fue la más dura, la periodista tocanarices primordial. Se ganó su reputación mediante una serie de entrevistas innovadoramente impertinentes e implacablemente inquisitivas, en las que abordó -y venció- a algunos de los políticos varones más destacados del último tercio del siglo XX. No siempre era la persona más agradable, como descubrí en mi experiencia como editor de dos de los artículos de opinión más fundamentales que escribió para las páginas el Wall Street Journal en 2003. De hecho era, con diferencia, la autora más difícil, exasperante e intransigente con la que jamás he trabajado. También era, con cierta diferencia, la más divertida y perfeccionista.

«La Fallaci», como le gustaba llamarse -sí, con inmodestia, pero las divas italianas no se desprecian a sí mismas-, se convirtió en los últimos años en una crítica feroz, incluso apocalíptica, del islam. Temía a los inmigrantes musulmanes no asimilados -y en su opinión inasimilables- en Occidente, y los temía hasta la obsesión. Sobre todo, despreciaba a las elites políticas y culturales europeas, responsables -en su opinión- de convertir a Europa en «una colonia del islam». En una entrevista spengleriana que concedió al WSJ el pasado junio, me dijo: «En el momento en que abandonas tus principios, y tus valores… en el momento en que te ríes de esos principios y de esos valores, estás muerto, tu cultura está muerta y tu civilización está muerta. Y punto».

Era en parte Casandra y en parte Cordelia; aunque sólo en parte, porque la Fallaci, a pesar de emplear un discurso contundente, no tenía nada de la apacibilidad natural de la hija más joven de Lear. No obstante, podía ser encantadora y sorprendentemente amable, como descubrí en una ocasión. Había ido a verla, en marzo de 2003, a su casa del Upper East Side -le encantaba Nueva York, y vivía allí voluntariamente incluso antes de que un auto de procesamiento por «calumniar al islam», emitido por un juez italiano, le impidiera vivir en su Toscana natal sin temor a ser detenida- y yo me había llevado conmigo a mi hijo de cuatro años. Llegué tarde, y me reprendió, con su voz profunda y áspera, devastada por toda una vida consumiendo cigarrillos. La enfermedad había hecho mella en su estampa, y el aspecto de todo ello -un rostro huraño que no se encontraba en su mejor momento y una voz autoritaria que podía resultar intimidatoria- provocó tal pánico en el niño que se escondió detrás de mis piernas y se echó a llorar. Al verlo se derritió tanto que en un instante pasó de agresora a ángel, lo cogió de la mano y le habló con extrañas expresiones italianas. Juntos, de la mano, subieron las escaleras y se dirigieron a un armario del que sacó una cajita dorada -exquisita y cara- de bombones. Se los dio a mi hijo -ahora dócil entre las manos de Fallaci- y la crisis pasó. El niño se sentó en un rincón de la salita y procedió a comerse toda la caja (de seis bombones) con inmensa satisfacción. (El resultado fue evidente más tarde: estaban rellenos de coñac).

Por último, cabe decir que el temor al islam y a los musulmanes la desquiciaba. O, para ser más exactos, la desconcertaba hasta el punto de que se volvió incapaz de distinguir lo incendiario de lo provocativo. Tal vez fuera experta en diagnósticos, pero el modo en que trataba a los pacientes -las constantes referencias a los inmigrantes musulmanes como «invasores» o a Europa como «Eurabia»- minaron su capacidad para alcanzar el objetivo que perseguía, que era el de despertar a Occidente ante los peligros reales del conflicto cultural que tenía en su seno.

He aquí una ilustración de lo que quiero decir, sacada de una carta que me escribió en marzo de este año: «En el discurso que pronuncié en el consulado italiano en Nueva York para aceptar una de las cuatro medallas de oro que he recibido en los últimos dos meses, dije que había dibujado una caricatura del Profeta y sus nueve esposas, incluida la de nueve años, y sus 16 concubinas, incluida la camella. Pero no la publiqué porque no había sabido dibujar bien a la camella. (Cierto). El autor del folleto que pide a los musulmanes que me eliminen -de conformidad con cuatro suras del Corán- incluso me demandó… Lo cual significa que ahora en Italia hasta acuden a las leyes para incriminar a una ciudadana italiana por una caricatura «denigrante» que nadie ha visto». Esto es ácido, amargo y maravillosamente divertido. Oriana Fallaci era muy valiente. Quizá un poco demasiado. Pero no es hora de juzgarla por las proporciones.