Progreso al pasado

A menudo la realidad política que padecemos me recuerda «Regreso al futuro», la celebrada trilogía cinematográfica de los años ochenta del pasado siglo. Precisamente por todo lo contrario de lo que supuso aquel título. Hoy nuestro día a día político es un avance al pasado; nuestros progresistas de catón protagonizan e imponen un progreso al pasado. Tratan de escribir la Historia hacia atrás.

El más prominente y contradictorio líder del leninismo redivivo es autor de un libro sobre el cine y la política y acaso su propensión a escenificar provenga de esa afición. Es en ese libro donde su autor sostiene que la diferencia entre un terrorista y un patriota es sencillamente la diferencia entre la victoria y la derrota. Las víctimas parece que no cuentan. Recomiendo la lectura de la obra; sus derechos de autor le vendrán bien ya que tiene que afrontar suntuosas créditos inmobiliarios. A la caspa y la casta sólo les diferencia una letra.

Me pregunto si estamos progresando hacia 1931, 1934 ó 1936. Así están las cosas. Se ha creado, o estamos en el camino de su carta de naturaleza, un Frente Popular de apariencia light que a corto o medio plazo sería tan peligroso como el que conocimos en una etapa histórica que estaba felizmente superada pero que Zapatero resucitó y a la que Sánchez da oxígeno con la colaboración de los antisistema y de los declarados enemigos de la España de todos.

La referencia temporal a 1931 es evidente. Un Parlamento autonómico y la Corporación del segundo municipio de España decidieron aprobar nada menos que la abolición de la Monarquía «una institución caduca y antidemocrática». Se olvida, y no por ignorancia, que la Constitución, votada masivamente a favor, recoge no sólo el sistema de Monarquía parlamentaria sino la figura del Rey Juan Carlos I y su sucesión en la Corona. El antecedente de lo que apetece la ignorante alcaldesa de Barcelona, la Segunda República, llegó aprovechando unas elecciones municipales que, además, en cifras absolutas, habían ganado las candidaturas monárquicas.

Al mismo 1931 y a 1934 nos llevan otras evidencias: la declaración de independencia de Cataluña. En aquellos años fueron Macià y Companys quienes la proclamaron, y en 2017 no encontraron un personaje más presentable y la protagonizó Puigdemont, el huido en Waterloo, cuya valentía para afrontar sus acciones es descriptible.

A 1936 nos acercan un golpe parlamentario y la creación de un Frente Popular. El golpe parlamentario de 1936 fue la expulsión de Alcalá-Zamora de la presidencia de la República para colocar en el sitial a Azaña, más comprensivo con lo que la izquierda había anunciado por boca de uno de sus más conspicuos representantes, Largo Caballero, llamado el Lenin español: «La clase obrera debe adueñarse del poder político convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo» y «La clase obrera tiene que hacer la revolución. Si no nos dejan, iremos a la guerra civil». Ante las elecciones de febrero de aquel año el Frente Popular unió a fuerzas radicales de izquierda, algunas de ellas, como el socialismo, con experiencia golpista en la llamada revolución de Asturias de octubre de 1934 que produjo más de dos mil muertos.

La similitud con este 2018 es clara. Fue un golpe parlamentario la utilización del mecanismo constitucional de la moción de censura para aupar a Sánchez a La Moncloa. Ni la censura se debía a hechos achacables al Gobierno que se censuraba, ni la sentencia judicial aludida permanentemente en el debate condenaba, como se repitió, al partido entonces en el poder, ni se presentó programa alternativo alguno; resultaba indeseable entrar en detalles programáticos ya que, dada la pluralidad de los apoyos a la moción, la concreción suponía un riesgo de que parte de ellos se desmarcasen. La única promesa, las elecciones cercanas quedó incumplida.

Es lógico recordar hoy el Frente Popular de 1936. ¿Qué busca si no la complicidad de socialistas, neoleninistas y otros adheridos? Sánchez necesita tiempo, quiere seguir en La Moncloa aunque para ello haya de contar con una especie de vicepresidente de facto, con un poder que él mismo se encarga de proclamar, o convierta el Consejo de Ministros en un órgano electoral de su partido reuniéndolo en Sevilla en vísperas de unos comicios, o su Gobierno se atreva a presionar a la Judicatura porque un mesiánico exige la absolución de sus golpistas despreciando la división de poderes, o proclame que rompe relaciones con el jefe del grupo más numeroso, y con mucho, del Congreso y con mayoría absoluta en el Senado. Y todo eso lo hace quien llevó a su partido a los peores resultados en cuarenta años y él mismo nunca ganó en su circunscripción electoral.

Padecemos un momento en el que todo vale, incluso nombrar director del hasta ahora prestigioso CIS a un veterano ideólogo del PSOE que ha cambiado métodos y periodicidad de las encuestas que pagamos todos los ciudadanos sólo para favorecer a su principal que no debe dar credibilidad a esos sondeos pues de otro modo convocaría elecciones inmediatas.

No es nueva tampoco, y supone otro progreso al pasado, la manipulación de cifras por parte de la izquierda. Vuelta a 1936. Es comúnmente aceptado por los estudiosos, sobre todo tras aparecer los papeles robados de Alcalá-Zamora, que el resultado oficial de las elecciones de febrero de 1936 respondió a un apaño cuyo último capítulo lo protagonizó una Comisión de Listas del Congreso de los Diputados, presidida por el socialista Indalecio Prieto, que hizo bailar decenas de escaños en favor de la izquierda restándolos a la derecha y al centro.

El asunto no es baladí ya que con una victoria electoral de las fuerzas de centro y derecha lo más probable es que no se hubiese producido el golpe del 17 de julio de 1936 que, al fracasar, dio lugar a la tremenda Guerra Civil y a la desembocadura en una dictadura de cuarenta años. Quiero pensar que Prieto apuntalaba el camino a la victoria del Frente Popular porque sabía que Largo Caballero, su enemigo íntimo, iba en serio cuando anunciaba que de perder las elecciones la izquierda iría a una guerra civil de signo contrario.

Buena parte de la autoproclamada progresía progresa al pasado. Mira la Historia por el retrovisor y lo hace reescribiéndola a su antojo desde un entendimiento maniqueo entre buenos y malos que a estas alturas carece de sentido. Desde 2018, a punto de concluir el segundo decenio del siglo XXI, avanzamos a paso de carga hacia los años treinta del siglo XX. No hay que insistir en el riesgo que implica este experimento.

La sociedad en su conjunto parece ajena a los peligros que acechan. El ciudadano recibe constantemente con aparente rara pasividad noticias cada vez más alarmantes que en otras naciones llevarían a reacciones generalizadas y a razonables movilizaciones. Ojalá no abra los ojos demasiado tarde. ¿Siempre pasa nada?

Juan Van-Halen, escritor y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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