Prohombres gays

Por Vicente Molina Foix, escritor (EL PAIS, 01/09/04):

“Las últimas noticias son normales, muy tristes: / Se casan con notarios nuestras adolescentes”. Aunque nunca fui un incondicional de la poesía de Gabriel Celaya, siempre he recordado estos versos de su poema A Miguel Labordeta, leídos cuando yo era estudiante y él poeta eminentemente social. A día de hoy también las últimas noticias son normales, muy tristes: se acuestan con curas nuestros monaguillos (forzados) y -añado yo sin ánimo de rima- siguen extorsionados los políticos gays, dos informaciones coincidentes, sacadas del periódico, que la prensa del tiempo en que escribía Celaya y yo estudiaba no solía publicar, por mucho que los hechos se repitiesen entonces probablemente más que ahora.

Es curioso, sin embargo, cómo el cambio de comportamientos operado en los últimos 15 años le ha dado al anuncio de la dimisión del gobernador secretamente homosexual de Nueva Jersey, el demócrata James Mc-Greevey, ante la amenaza de chantaje de un ex amante despechado, mayor realce periodístico que a la del cierre por el Vaticano de un seminario en Austria convertido, más que en semillero de vocaciones, en vivero de poluciones pederásticas (la revista austriaca Profil publica fotos del rector besando en la boca a un seminarista y del vicerrector contentándose con llevar sólo la mano a la bragueta de otro joven educando, mientras que la policía se incautaba en los ordenadores del centro de formación sacerdotal 40.000 documentos de alto contenido erótico, muchos de ellos con imágenes de bestialismo y pornografía infantil). La triste normalidad de leer casi a diario acerca de sacerdotes católicos abusones de niños hace que la noticia ya no sea noticia; por el contrario, en un momento en que los derechos civiles, la adopción y el matrimonio legal de los homosexuales se plantean abiertamente, en algunos casos se aprueban o cuando menos se debaten, el caso del gobernador McGreevey trae a la actualidad, como una incongruencia o una pesadilla, el recordatorio de algo antiguo y repugnante que tampoco cesa.

En el mundo anglosajón se han dado numerosos casos en que la mezcla de hipocresía social y leyes que criminalizaban el homosexualismo entre adultos provocó escándalos muy sonados. Hay una película célebre y pionera del cine británico, Víctima, dirigida en 1961 por Basil Dearden, que, con la buena intención de exponer esa injusta situación legal, narraba, sin mucho arte, el acoso chantajista sufrido por un representante de las altas esferas judiciales (Dirk Bogarde) en razón de sus gustos sexuales desviados. Dentro del campo estricto de la política, Otto Preminger, en una de sus mejores realizaciones, Tempestad sobre Washington, desarrolla su trama de doble chantaje partidista en torno a un candidato a secretario de Estado (Henry Fonda) con un pasado comunista, y el senador que preside la comisión investigadora (Don Murray), con un pasado homosexual; el peor parado será el segundo, que sólo se siente capaz de lavar su antigua lacra con el suicidio (aunque ésa fue la primera vez que, desafiando los códigos de censura, Hollywood mostraba en pantalla un bar de ambiente). La película de Preminger es de 1962, pero no hay que olvidar que 15 años más tarde, y no en el cine, sino en la vida real, Inglaterra fue el escenario del culebrón más encarnizado que yo haya podido seguir de cerca en mi vida: el proceso contra el respetado líder del Partido Liberal Jeremy Thorpe, también un hombre casado acusado de conspiración homicida por su desasistido amante masculino Norman Scott, que antes contó públicamente la relación mantenida entre ambos; los tribunales dieron un veredicto de inocencia, aunque dos años después, en 1979, Thorpe acusó el golpe con la pérdida de su escaño y el fin de su brillante carrera.

¿El mundo anglosajón? La contundente película de Eloy de la Iglesia El diputado es de 1978 y también trata un caso de extorsión criminal por grupos de la extrema derecha a un parlamentario homosexual de izquierdas (José Sacristán); el guión, por lo visto, se inspiró en sucesos reales acaecidos en Madrid a un político del entorno cercano a Enrique Tierno Galván, quien -según revela el propio cineasta en el libro colectivo sobre su obra publicado por el festival de cine de San Sebastián- presionó a Santiago Carrillo, entonces secretario general del PCE, en el que Eloy de la Iglesia militaba, para que la película no se hiciera.

Las cosas han cambiado, desde luego. Los alcaldes de París y Berlín son homosexuales declarados, y hasta en el circunspecto Reino Unido un gay que no se encubre, Peter Mandelson, tuvo que renunciar dos veces a sus carteras ministeriales en el Gobierno de Blair, pero no por su sexualidad, sino por descuidos en sus cuentas privadas; acaba de ser nombrado comisario europeo de Comercio. En España empieza a verse como normal la presencia de homosexuales entre los cargos electos, por mucho que la vox pópuli sostenga por lo bajo que ni mucho menos están visibles todos los que son. Nombres destacados: el concejal de Madrid Pedro Zerolo, también incluido por Zapatero en la nueva ejecutiva federal del PSOE; el diputado del Parlament catalán y hombre fuerte del equipo de Maragall, Miquel Iceta; el recién nombrado Defensor del Pueblo vasco, Íñigo Lamarca, y hasta el antiguo presidente autonómico y ministro socialista, Jerónimo Saavedra, si bien éste salió antes del Gobierno que del armario.

Me pregunto si un asunto como el de McGreevey no podría volver a ocupar, de repetirse, espacios destacados en la prensa. Se trata, naturalmente (al margen de ciertos datos aún confusos que insinúan también un tráfico amoroso de influencias), no sólo de un chantaje sexual, sino del hecho de que el gobernador llevase una vida falsa de padre de familia y esposo hetero siendo, como él mismo ha dicho, “un homosexual norteamericano”. Pero ¿no es esa doblez, ese recurso al ocultamiento de la propia identidad erótica una necesidad autoimpuesta por el temor de que el desempeño de ciertos cargos de alto relieve representativo sólo resultan aceptables para los votantes bajo la apariencia de una vida íntima regulada y similar a la de la mayoría? Planteado de otra forma: ¿cuál habría sido la reacción justamente benévola de una gran parte de la opinión pública internacional a los deslices de Clinton en el Despacho Oval si la incansable boca Lewinsky hubiese tenido encima el bigote de un becario?

Europa es, se dice, más tolerante en ese sentido, y nuestro país vive ahora, desde las últimas elecciones, un momento dulce en el reconocimiento legal y cívico de la homosexualidad, espiral que los optimistas juzgan en el contexto occidental imparable. ¿Verdaderamente imparable? Tengo mis dudas. La última ampliación hacia el Este de la CE aporta, junto a un formidable potencial humano y cultural y unas ansias de desarrollo en libertad que son muy bienvenidas, la carga, por ejemplo, de una patente homofobia institucional en Letonia y de un extendido catolicismo ultramontano en Polonia (por no hablar del posible ingreso de Turquía, uno de los países más machistas del mundo). ¿Qué sucedería si, una vez superados los múltiples escollos aún existentes en muchos países europeos respecto a la adopción y el matrimonio homosexual, la foto de familia de una reina recién coronada la revelase cogida de la mano de su esposa, pongamos que locutora de radio, y acunando ambas a su niño adoptado de seis meses?

¿Están los europeos preparados no ya para una catedrática, que las hay, sino para una presidenta del Gobierno transexual? ¿Para un príncipe heredero en reconocida pareja de hecho con otro hombre? Son preguntas que no tienen aún respuesta; sólo futuro. Mientras éste se concreta, me entretengo con mis fantasías. Hay una que me quita el sueño (a pesar de sus bonitos colores: el arco que va del rosa al púrpura). Y es que llega el día, Dios no lo quiera, en que el mundo se despierta con la noticia de que habemus un Papa gay.