Propaganda terrorista en el nuevo paradigma audiovisual

Terrorismo y medios de comunicación son términos vinculados umbilicalmente desde hace mucho tiempo, tanto como el transcurrido desde que en 1876 los anarquistas Errico Malatesta y Carlo Cafiero sostuvieran que la palabra no era suficiente para conmover a la sociedad, resultando la acción – desde manifestaciones hasta atentados, pasando por motines, alzamientos o secuestros- como el medio de propaganda más efectivo para penetrar hasta las capas sociales más profundas y atraerlas a la causa revolucionaria. Esta simbiosis ha generado, de todos es sabido, una permanente tensión entre el deber de lo medios de difundir las noticias y los ineluctables réditos que esa difusión genera a favor de los terroristas.

En este sentido, las ansias exhibicionistas del terrorismo han podido desarrollarse en un caldo de cultivo idóneo: el exponencial desarrollo de la sociedad de la información. La diferencia nuclear entre los disparos de Oliva Moncasí contre el rey Alfonso XII y cualquier atentado yihadista de hoy en día, no es la voluntad de replicación del crimen, sino las millonarias audiencias y la rapidez de propagación de uno y otro acto. El uso de la violencia, su pretensión reivindicativa, su anhelo exhibicionista son análogos en ambos ejemplos. Lo que ha cambiado radicalmente es la potencia y el tamaño del cauce de transmisión. Estos avances tecnológicos, advertibles ya desde finales de la década de los sesenta, fueron eficazmente utilizados por el terrorismo palestino –Munich-, anticastrista –vuelo 455 de Cubana de Aviación-, norirlandés –Warrenpoint-, italiano – Campaña Sossi- o uruguayo –Asunto Mitrione-.

A nadie se le oculta, por tanto, que la eclosión del fenómeno de Internet y las potencialidades de las redes sociales, no ha hecho sino fortalecer las técnicas propagandísticas de estos grupos, con la empírica acreditación de que cuanto mayor es el avance tecnológico, menos son los medios e infraestructura necesaria para transmitir ad infinitum su mensaje.

Decía el gurú de la teoría de la comunicación, Marshall McLuhan que «sin comunicación no habría terrorismo». Y es cierto. Tan cierto como paradójico. Me explicaré. La saturación informativa, la sobreexposición mediática, el constante bombardeo cognitivo a través de los medios tradicionales y especialmente merced al grado de incidencia de las redes sociales, lejos de favorecer la viabilidad de la «aldea global» de la que hablaba McLuhan como espacio de interconexión y eliminación de barreras y brechas del conocimiento está, por el contrario, generando una sociedad autista, crecientemente atomizada, donde las referencias intelectuales han sido sustituidas por una ininteligible cacofonía, una suerte de «infoxicación» en la que al socaire de una pretendida arcadia virtual, concurren miles de Terabytes de forma inane, irresponsable e improductiva. ¿Y qué tiene que ver esto con las técnicas propagandísticas del terrorismo? Pues que el crecimiento exponencial de las plataformas mediáticas y sociales no está favoreciendo, como pudiera pensarse, la difusión de su macabro mensaje, sino todo lo contrario.

El terrorismo ha sido consustancial al mundo moderno y de esa modernidad se ha aprovechado para difundir sus consignas. Ahora bien, la «sociedad 2.0», que debería ser el mejor material conductor para el relato terrorista, ya no es el mundo moderno en el que tan confortablemente se manejaban. Es un estadio nuevo y, evidentemente, aun inexplorado. El ejemplo paradigmático de esta desconexión entre el mensaje y el receptor es el previsible desinterés por las decapitaciones en el desierto de las últimas semanas.

Entre la ejecución del periodista gráfico norteamericano James Foley a manos del Estado Islámico el pasado 19 de agosto y la análoga y salvaje mutilación del cooperante británico Alan Henning el 4 de octubre, hay más de diez millones de resultados de diferencia al introducir ambos nombres en el cajetín de Google. Como muy acertadamente apunta el periodista Arcadi Espada, dándole la vuelta al aserto atribuido al que fuere príncipe nazi de la propaganda, «una verdad mil veces repetida acaba convirtiéndose en una mentira» y eso es lo que exactamente está ocurriendo con el terrorismo televisado. La abominable reiteración del salvajismo catódico, lejos de favorecer al verdugo, está desnaturalizando la facticidad del acto por vía, bien de la indeferencia y la abulia hacia unos contenidos que se periclitan cada vez más deprisa, bien por la trivialización humorística de la barbarie, en ambos casos, deglutiéndose el mensaje de terror de forma impávida.

Hace más de treinta años que el cineasta David Cronenberg, en un alarde de capacidad presciente, nos anticipó con su cinta Videodrome (1980) la deriva de las relaciones entre las personas y las imágenes que estaban dispuestas a consumir, con el grave riesgo de ser incapaces de discernir claramente entre lo que ocurre en el plano de la realidad y en el marco que afecta únicamente a la virtualidad, difuminándose las fronteras entre lo real y lo ficticio y poniéndose de manifiesto las tensiones entre el modo de vida dentro del desarrollo en la era digital. El voyeurismo indolente del consumidor de imágenes contemporáneo, ahíto de «imágenes impactantes» desde la molicie de su tablet, unido a la ausencia casi absoluta de criterio por parte del entramado mediático se están erigiendo, paradójicamente, como los más letales enemigos a los que se enfrenta la estrategia de terror por la propaganda.

Raúl C. Cancio Fernández, Académico Correspondiente Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Doctor en Derecho y Letrado del Tribunal Supremo.

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