Propuesta de paz de la Liga Árabe

Por Abraham B. Yehoshua, escritor israelí, inspirador del movimiento Paz Ahora. Traducción: Sonia de Pedro (LA VANGUARDIA, 28/04/07):

La propuesta de paz de los países árabes que se aprobó en el último encuentro de la Liga Árabe en Riad pasará a ser un episodio diplomático más si la Unión Europea no se suma a ella de forma tajante y activa. No es que la considere una propuesta revolucionaria o nueva, pues en el pasado ya se hicieron propuestas similares. Pero en esta ocasión está formulada de manera clara y rotunda: paz completa con Israel y reconocimiento por parte de los países árabes de la legitimidad del Estado de Israel con las fronteras de 1967 y no con las establecidas por el plan de partición de las Naciones Unidas en 1947, respeto a las necesidades de seguridad del Estado israelí, y todo a cambio de la partición de la ciudad de Jerusalén y la resolución del problema de los refugiados palestinos, ya sea a través de indemnizaciones económicas o a través de su regreso a territorios de Israel.

Quien conozca la historia del conflicto árabe-israelí durante los últimos ciento veinte años, las negativas de los árabes a reconocer la legitimidad del Estado judío en Oriente Medio, la conferencia de los Tres Noes celebrada tras la gran victoria de Israel en la guerra de los Seis Días en la que la Liga Árabe anunció su no a la negociación, no a la paz y no al reconocimiento de Israel, sin olvidar las tremendas guerras ocasionadas por las negativas árabes, sin duda puede dar un suspiro de alivio al oír que en Riad se apela claramente a la paz con Israel y a su reconocimiento.

La identidad palestina ha oscilado siempre entre dos tendencias: una que hace hincapié en su identidad particular y otra en la que se ve como perteneciente a la identidad árabe en general dentro del marco de la gran nación árabe. Ambas tendencias estaban muy enraizadas en la realidad poscolonial. En cambio, los palestinos son el único pueblo árabe que se ha quedado enfrascado en un conflicto fruto de un problema ajeno a ellos, mucho más grave que el problema colonial: la ocupación de parte de su patria por los judíos. Por ese motivo, su identidad nacional se ha ido configurando en gran manera en torno a su lucha contra los judíos, la cual ha agudizado sus diferencias con el resto de los países árabes. No obstante, como los palestinos sabían perfectamente que no podrían enfrentarse solos a los judíos, ni desde el punto de vista numérico ni tecnológico, necesitaban más que ningún otro país alimentar su vínculo con el resto de la comunidad árabe, pues sólo contando con la ayuda de los países árabes podrían intentar evitar el regreso de los judíos a su patria.

Toda la historia del pueblo palestino puede escribirse según una doble vía de esperanza y decepción con los países árabes, es decir, por un lado, tener que plegarse al mundo árabe y depender de él, y por otro, tratar de seguir una política independiente. Del mismo modo, la historia de los países árabes en los últimos sesenta años también ha estado oscilando entre la vía de la fuerte solidaridad con la cuestión palestina y el deseo de desentenderse de ella.

Ya he comentado en alguna ocasión que la complejidad de este conflicto, que dura más de un siglo, tiene que ver también con su singularidad. No hay un ejemplo en la historia similar en el que un pueblo milenario regrese a su patria tras siglos de diáspora. No sólo el fenómeno del sionismo es único en la historia, sino que los palestinos se han visto obligados a enfrentarse con una realidad a la que ningún pueblo en la historia ha estado expuesto. Por esa razón, el conflicto tiene tanto eco y despierta tanto interés, si bien también eso hace que sea mucho más difícil su solución.

Tras el establecimiento de relaciones diplomáticas con Jordania y Egipto, Israel intentó aislar el asunto palestino y apartarlo del mundo árabe; para ello se valió de los acuerdos de Oslo, parciales y susceptibles de interpretaciones contradictorias, pero con los que pretendía hallar un modus vivendi con los palestinos, aunque aquello fracasó. Los palestinos, que debían renunciar definitivamente a una parte considerable de su tierra y aceptar que los refugiados no podían volver a sus casas dentro del actual Estado de Israel, no pudieron obtener respaldo para ello entre su propio pueblo ni tampoco entre parte del mundo árabe, estancado en su enemistad ya tradicional hacia Israel y que además alimentó de nuevo en los palestinos la vana esperanza de que algún día se podría borrar del mapa a Israel.

La segunda intifada no hizo más que agudizar el aislamiento de los palestinos en el mundo árabe. Ninguno se sumó a la locura suicida, y por otro lado, se desvaneció la confianza de Israel en que los palestinos fueran capaces de aceptar un acuerdo razonable que posibilitara a sus ciudadanos vivir en paz.

En los últimos años los líderes árabes tienen cada vez más claro que, al igual que en el pasado ellos mismos se sirvieron del conflicto israelo-palestino para acallar la oposición interna a sus gobiernos y dirigirla hacia un enemigo externo aceptado por todos, hoy en día países no árabes, como Irán, o fundamentalistas islámicos a los que nunca les ha importado el conflicto palestino lo utilizan ahora para encender la llama del fanatismo religioso y obtener réditos de ello. Irán no limita con Israel y nunca ha tenido ni el más mínimo problema con el Estado judío, ni militar ni económico. En cambio, ahora desea obtener un liderazgo entre la comunidad islámica encendiendo la mecha del odio contra Israel, lo que no servirá para aliviar ni un ápice el sufrimiento de los palestinos.

Ésta es, en mi opinión, la razón fundamental por la que el mundo árabe relativamente moderado ha hecho el esfuerzo por intentar acabar de una vez por todas con este maldito conflicto, aun habiendo sido responsable en gran parte de su enconamiento.

No hay que olvidar que la creación de dos Estados a partir de las fronteras de 1967 supone un trabajo de cirugía geográfica realmente complicado, y no sólo por los asentamientos judíos dispersos en territorios palestinos, sino también por la partición de la ciudad de Jerusalén en dos capitales de dos estados con el consiguiente problema a la hora de resolver el estatus de los santos lugares. Además, el fanatismo islámico, ya sea árabe o no, querrá impedir a cualquier precio que todo vaya a buen puerto. Por tanto, deberá realizarse un trabajo muy meticuloso en lo referente al tema de la seguridad con el fin de defender contundentemente al Estado judío de ataques terroristas.

Incluso si los países árabes son sinceros en su deseo de acabar de verdad con el conflicto israelo-palestino, y aun si Israel logra tener el coraje y la fuerza para aceptar volver a las fronteras de 1967 (tal vez por medio de intercambio de territorios), será necesario invertir en una solución tan compleja una ingente cantidad de dinero, tanto para blindar al Estado de Israel con el objetivo de evitar posibles atentados terroristas, como para asentar a los refugiados en el Estado palestino que se establezca.

Sin una colaboración europea verdaderamente activa, sin el apoyo internacional y sin inversión económica, la propuesta histórica planteada por la Liga Árabe no podrá materializarse. Y como los árabes todavía confían en los europeos, al tiempo que crece su desconfianza en los norteamericanos, tan sólo la disposición europea a apoyar y participar en la cobertura de seguridad que le asegure a Israel que una retirada de los territorios no va a atraer una lluvia de misiles sobre Jerusalén y Tel Aviv hará que el Gobierno israelí acepte la propuesta de paz árabe, la misma en la que Israel ha creído siempre, incluso en los peores años de este prolongado y desesperante conflicto.

La comunidad europea es lo bastante fuerte y rica para ayudar a que la propuesta de paz de la Liga Árabe se haga realidad y no se convierta en un papel más que tirar a la basura, igual que ha pasado con el resto de los documentos de paz que se han generado hasta ahora.