Protagonistas de nuestra historia

Hoy se cumplen 40 años de las primeras elecciones libres en nuestro país. Cuatro décadas desde que la fuerza de la corriente arrastrara a todos hacia la democracia, en feliz expresión de Garrigues. Durante muchos años se ha conmemorado unánimemente la Transición como uno de los pilares esenciales de nuestra historia y una carta de presentación de una España moderna y avanzada. Pero en la actualidad el populismo y el secesionismo plantean una enmienda a la totalidad de este legado, como se ha puesto de manifiesto esta misma semana en el Parlamento.

En lugar de brindar el merecido reconocimiento a quienes nos precedieron e impulsaron una impecable transformación política, se les trata de presentar como una élite al margen de su pueblo, tutelada por oscuros poderes fácticos de intereses inconfesables. Ese ejercicio de postverdad no es casual, sino que está dirigido a debilitar los fundamentos sobre los que se asienta nuestra convivencia. Es una parte más de un proyecto revisionista, no sólo del conjunto de pactos sobre los que se articula nuestro Estado de Derecho, sino también sobre la forma en la que se deben afrontar los grandes retos que tenemos por delante.

Los desafíos políticos, económicos, territoriales y sociales que afronta nuestra sociedad del siglo XXI no son menores que los que tenía la España de junio de 1977. Pero en lugar de hacerse sobre la idea de acuerdos, como se hizo entonces, se pretende dibujar una línea roja que divida a los españoles en dos mitades y volver a las constituciones que dejaban de lado a una parte de los ciudadanos. Hasta la expresión de Fernández-Miranda «de la ley a la ley» fue puesta en cuestión ayer en el Congreso, contraponiendo legalidad y democracia, como si no fueran conceptos intrínsecamente indisociables.

Las similitudes del momento actual con el de entonces empiezan en una situación económica de crisis profunda y cambio de modelo económico: en el 77 tras la crisis del petróleo y con las distorsiones de la automatización industrial, y ahora, tras la crisis financiera y en plena revolución digital. También el panorama internacional era inestable en los setenta de la guerra fría, con los efectos de la guerra de Vietnam y la caída de Nixon cuestionando el liderazgo norteamericano y la URSS amenazando la construcción europea, ámbitos que no resultan nada ajenos a nuestros días.

En el entorno nacional, los años de plomo del terrorismo de ETA y Grapo generaban la inseguridad que en nuestros días suscita el yihadismo, y las mismas corrientes políticas que contemporizaban con los pistoleros de entonces son los que reniegan del pacto antiterrorista de ahora. Por otro lado, se repiten cuatro décadas después los debates bizantinos sobre el modelo de Estado, la unidad y la soberanía nacional, la solidaridad interterritorial, los derechos y agravios históricos o la plurinacionalidad, retrotrayéndonos a un debate territorial decimonónico.

En cuanto a la estructura política, el punto de partida de las elecciones que hoy conmemoramos fue lo que se denominó como una «sopa de letras» de partidos, que los españoles fueron canalizando con sus votos hacia proyectos políticos mayoritarios y cohesionados. Confío en que también en nuestros días las nuevas mayorías las lideren los proyectos tolerantes y transversales y no aquellos a los que les sobre una parte de los españoles o pretendan moldearlos a base de ingeniería social.

El pasado es imprescindible para aprender de los errores cometidos, pero la vida pública española necesita mirar al futuro. La memoria de la historia se tuvo presente para unir y no para dividir. No existió amnesia histórica, sino magnanimidad, concordia y reconciliación. Creo que el mejor homenaje que podemos tributar los que somos deudores de esa época irrepetible es contagiarnos del sentido de Estado, el patriotismo, la moderación y la generosidad de los artífices de la Transición, con el Rey Don Juan Carlos a la cabeza.

Eso es lo que hicieron en el mes de junio de 1977 la sociedad española y sus representantes políticos. El ganador de esas elecciones, Adolfo Suárez, comenzó la corta legislatura prometiendo una Constitución que, en sus propias palabras, no resolvería todos nuestros problemas pero nos convertiría en protagonistas de nuestra historia. Hoy, nuestra tarea es preservar ese legado y continuar esa historia de éxito que nos han permitido disfrutar del periodo más próspero y pacífico de la historia de España.

Pablo Casado, portavoz del PP.

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