Proteger la economía ante el riesgo

El principio básico de la gestión del riesgo financiero es compartir. Mientras más ampliamente diversificadas estén nuestras carteras financieras, entre más personas se compartirán los inevitables riesgos y menos se verá afectada una en particular por un riesgo determinado. El ideal teórico se cumple cuando los contratos financieros distribuyen los riesgos en todo el mundo, de modo que cada uno de los miles de millones de inversores dispuestos a asumirlos es propietario de una pequeña parte y nadie está sobreexpuesto.

El caso de Japón muestra que, a pesar de la alta sofisticación de nuestros mercados financieros, aún estamos muy lejos del ideal teórico. Si se consideran los enormes riesgos que no se gestionan bien, el ámbito de las finanzas, incluso en el siglo XXI, todavía se encuentra en un estado más bien primitivo.

Un reciente estudio del Banco Mundial estima que los daños causados ​​por el triple desastre (terremoto, tsunamis y crisis nuclear) de marzo podría terminar costándole a Japón 235 mil millones dólares (sin incluir el valor de las vidas trágicamente perdidas), es decir, cerca del 4% del PIB japonés de 2010.

Teniendo en cuenta una amplia publicidad sobre los esfuerzos internacionales de socorro y las contribuciones voluntarias a Japón, uno podría pensar que las pérdida económicas del país fue paliada por otros países. No obstante, algunos periódicos sugieren que las contribuciones procedentes del extranjero se deben calcular en el orden de los cientos de millones de dólares estadounidenses, muy por debajo del 1% de las pérdidas totales. Japón necesitaba compartir el riesgo financiero de manera real: rara vez la caridad asciende a mucho.

Las compañías de seguros que operan en Japón cubrieron parte de las pérdidas. El mismo estudio del Banco Mundial estima que, en última instancia, las reclamaciones totales correspondientes a aseguradoras en Japón podrían costar a estas empresas unos 33 mil millones dólares. Claramente, los riesgos asegurados fueron una pequeña parte del riesgo total. Además, incluso si está asegurado, gran parte de ese riesgo sigue siendo asumido por Japón en lugar de distribuirse con eficacia a los inversionistas extranjeros, por lo que el país sigue estando solo a la hora de cargar con los costes.

Antes del desastre, Japón emitió cerca de 1,5 mil millones de dólares en bonos de catástrofes relacionadas con terremotos, como una forma de gestión del riesgo: la deuda se cancelaba si se producía un sismo definido en términos muy precisos. Esto ayudó a distribuir el riesgo de terremotos de Japón hacia los inversores extranjeros, que aceptaban el riesgo y se sentían atraídos por los altos rendimientos esperados.

Por desgracia, 1,5 mil millones de dólares es poco más que lo que pudieron reunir las iniciativas de solidaridad, y todavía apenas una gota en el mar en comparación con la magnitud de los daños. Peor aún, hasta este triple desastre a menudo no se ajustó a la definición del acontecimiento sísmico definido por los contratos de emisión de bonos. Necesitamos muchos más (y mejores) bonos de catástrofe.

Por supuesto, frente a las dos “décadas perdidas” de Japón desde 1990, incluso el triple desastre de este año palidece en importancia. El crecimiento real del PIB per cápita japonés fue en promedio un 3,9% anual en la década de 1980, pero sólo de un 1,4% a partir de 1990. Si el crecimiento real del PIB per cápita hubiese seguido después de 1990 al ritmo de los años 80, hoy la economía de Japón sería un 60% mayor de lo que es, lo que implica pérdidas en el orden de los billones de dólares.

Japón podría haberse protegido de una buena parte de los efectos de las fluctuaciones del PIB si hubiera gestionado este riesgo de manera correspondiente. Aunque ningún país ha practicado la gestión del riesgo en una escala tan masiva, hoy es importante pensar en una innovación de este tipo.

Por años he argumentado (entre otros) que los países deberían cubrir sus riesgos mediante la emisión de un tipo diferente de deuda nacional, vinculada a su propio PIB o a un indicador similar que mida su éxito económico. En su forma más simple, los valores podrían ser proporciones del PIB. Mi colega canadiense Mark Kamstra y yo hemos propuesto la emisión de acciones llamado “billonésimos”, que cada año pagarían un dividendo equivalente a una billonésima parte del PIB de ese año, en moneda nacional.

Si el gobierno de Japón hubiera emitido billonésimos en 1990, cuando el PIB nominal de Japón fue de 443 mil millones de yenes, el dividendo pagado a los inversionistas el primer año habría sido 443 yenes. Cada año a partir de entonces, habría fluctuado en respuesta a los cambios en el PIB. Los inversionistas de todo el mundo asumirían el riesgo del PIB japonés a cambio de un rendimiento esperado, al igual que con los bonos de catástrofe.

Probablemente los billonésimos se habrían vendido a un precio muy alto en 1990, tal vez con una rentabilidad por dividendo bajo el 1%. Después de todo, la gente en 1990, presenciando unos altos índices de crecimiento, habría esperado que el PIB japonés creciera rápidamente en las décadas siguientes.

En 2010, cuando el PIB seguía siendo sólo 479 mil millones de yenes, los mismos billonésimos habrían pagado un dividendo de ¥479, yenes no mucho mayor que el rendimiento inicial y, sin duda, decepcionante para muchos inversionistas. Así, con menores expectativas de crecimiento, los billonésimos probablemente tendrían un precio mucho más bajo ahora. Ese precio más bajo habría sido una pesadilla para los inversionistas, pero una bendición para Japón, ya que le habría compensando por las pérdidas sufridas.

Cuando se considera la preocupación acerca de la alta relación entre deuda pública y PIB de Japón, actualmente del 202% en términos brutos, es necesario pensar que probablemente la relación sería mucho más baja si en el pasado Japón hubiese financiado más de su gasto deficitario con billonésimos en lugar de deuda convencional, y los hubiese emitido a inversionistas de todo el mundo. Sin duda, una carga de deuda menor sería de ayuda para que Japón enfrentase su desaceleración económica.

No podemos hacer nada hoy para compensar los fallos de gestión de riesgos en el pasado. Sin embargo, los desastres y las crisis económicas pueden tener un lado positivo si estimulan iniciativas de innovación fundamentales, al obligarnos a pensar sobre cómo gestionar los riesgos en el futuro.

Por Robert Shiller, profesor de Economía en la Universidad de Yale y economista en jefe de MacroMarkets LLC. Junto con George Akerlof, es coautor de Animal Spirits: How Human Psychology Drives the Economy y Why It Matters for Global Capitalism. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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