Proteo Sánchez: entre las abejas y el foxtrot

De repente, en el Salón de los Pasos Perdidos, se me vino a la memoria el inicio de un bello soneto de Borges: «Antes que los remeros de Odiseo / fatigaran el mar rojo como el vino / las inasibles formas adivino / de aquel Dios cuyo nombre fue Proteo”.

Ocurrió cuando, el día del 40 aniversario de la Constitución, un estrecho colaborador de Pedro Sánchez me habló de la ‘operación Ave Fénix’, augurando la reinvención del presidente como látigo de los separatistas, aun a costa de abortar la legislatura.  De inmediato, objeté tal denominación y le propuse como alternativa ‘operación Proteo’.

Mi argumento fue que el Ave Fénix renace de sus cenizas, después de haber fenecido carbonizado, y Sánchez no ha llegado a sucumbir nunca, aunque muchos le hayan dado por muerto tantas veces. Si el “difunto” estaba bien vivo, incluso cuando le derrocó su Ejecutiva y abandonó el escaño, quedándose al raso, sin techo institucional alguno, no va a ser cuestión de darlo por liquidado, en pleno ejercicio de la presidencia, como si la Moncloa fuera su mastaba.

Proteo Sánchez entre las abejas y el foxtrotEn cambio, la versatilidad o, si se quiere, el travestismo político de Sánchez se corresponden con las propiedades de Proteo, el dios que emerge de las aguas, pastoreando su rebaño de focas marinas, para adoptar las formas más diversas, con tal de no tener que ejercitar su don de la clarividencia.

Así lo describe el segundo cuarteto del poema de Borges: «Pastor de los rebaños de los mares / y poseedor del don de la profecía / prefería ocultar lo que sabía / y entretejer oráculos dispares«. Y conste que lo de las «focas marinas» no alude a ninguno de los dos sectores del grupo parlamentario socialista.

Pero cuando en textos clásicos de Luciano o Plutarco se define a alguien como «más cambiante que Proteo», el lector contemporáneo tiene la impresión de que nadie como Pedro Sánchez llenaría tan bien ese molde.  Era un mito que fascinaba a Erasmo y sirvió de inspiración al impactante grabado del XVII, de Cornelius Schurtz que hoy remeda y customiza Javier Muñoz, con su brillantez habitual.

Nuestro presidente ha tenido ya tantas caras, ha sido ya tantas cosas, desde dócil lazarillo de Rubalcaba hasta líder mundial de la política sobre migraciones de la ONU, desde compañero de abrazo de Rivera hasta cómplice presupuestario de Iglesias, desde mástil de la mayor bandera rojigualda exhibida nunca por la izquierda hasta socio de todos cuantos han tratado de destruir a España, que una nueva mutación camaleónica para tratar de devorar a aquellos ante los que parecía someterse, encajaría perfectamente en el guión de su trayectoria.

Tras la impactante patada que los electores andaluces le han dado en el trasero de Susana, Sánchez necesita huir hacia delante y para eso nada como un buen cambio de cara o, mejor aún, de máscara. Su equipo le ha preparado una buena vía de escape, consistente en rendirse a la evidencia de que el separatismo catalán rechaza todo diálogo que no conduzca a la secesión y mantiene la misma disposición golpista que hace un año. O sea que, en palabras de Borrell, el «ibuprofeno» de su buenismo no ha servido, ni siquiera, para reducir la «inflamación»;  y, en cambio, está minando día tras día su credibilidad como gobernante.

Se trataría de comparecer ahora, cargado de razón, ante la ciudadanía -yo lo he intentado todo, pero con esta gente es imposible- y ponerse a la cabeza de la manifestación de quienes piden medidas más enérgicas, incluido ese 155 «total y sin límite de tiempo» que preconiza Aznar. Estaríamos, en el fondo, ante una caída del caballo, equivalente a la de Rajoy -no en vano, la prensa ‘indepe’ les equipara cada día más- pero con la singularidad de que, para este nuevo Sánchez, eso supondría lanzarse a la yugular de sus propios socios de investidura y, en sentido amplio, de gobierno.

El propósito político último de esa operación sería arrebatar a Rivera y Casado la bandera de la firmeza en la defensa de la unidad de España, reagrupar a los socialistas en torno al liderazgo de un presidente capaz de quitarse el guante de seda para exhibir la mano de hierro y comparecer ante las urnas como el aglutinante de la izquierda frente a la crecida de Vox y su efecto contagio en Ciudadanos y el PP.

Después de cambiar de faz ante el separatismo, quien llegó a la Moncloa como solución profiláctica frente a la corrupción de Rajoy, mutaría, a continuación, en paladín de las conquistas sociales que pone en riesgo la extrema derecha. «Ungido por las gentes asumía / la forma de un león o de una hoguera / o de árbol que da sombra a la ribera / o del agua que en el agua se perdía«.

Pero, atención a este último verso, que inicia en realidad el terceto final del poema de Borges. Sánchez corre el riesgo de que, al cambiar tan rápida y sucesivamente de apariencia, como Proteo, en el momento decisivo no sea ni «león», ni «hoguera», sino esa «agua que en el agua se perdía». O sea, el desperdicio de otra oportunidad desaprovechada.

El gran desafío para él es adaptar su conducta al ritmo de unos acontecimientos que no está a su alcance controlar. De Sánchez dependen las medidas excepcionales sobre Cataluña y la convocatoria de elecciones generales, pero tanto el reloj de la investidura andaluza, como el del juicio a los golpistas de octubre, como el del propio detonador de la bomba que mantienen activada Torra y Puigdemont, están en otras manos.

La paloma no puede trocar primero en halcón y después en aleonado ‘defensor civitatis’ sin razones para ello. Esos cambios no suceden porque sí, de la noche a la mañana. Nadie se acuesta apaciguador y se levanta combatiente. Hasta el Proteo mutabilior, glosado por Erasmo, necesitaba sus motivos.

La mejor secuencia imaginable para Sánchez sería que el 21-D se convirtiera en una jornada de insurrección en Cataluña que le obligara a dar pasos contundentes, recabando y obteniendo el concurso de la oposición; que, como consecuencia de ello, se produjera su ruptura definitiva con ERC y PDeCAT, de forma que la falta de presupuestos quedara amortizada como el precio de su firmeza; que, entre tanto, Moreno Bonilla fuera investido presidente andaluz con el apoyo simultáneo de Ciudadanos y Vox; y que, al cabo de unas pocas semanas, se viera abocado a disolver las Cortes.

Este nuevo itinerario le permitiría presentarse a las generales como un regenerador de la centralidad constitucional, amenazada no sólo por el separatismo y el rupturismo podemita, sino por la hidra de tres cabezas, alentada por la pulsión reaccionaria de Vox. Seguiría así el camino indicado por el propio Proteo, en una de las Geórgicas de Virgilio, cuando el apicultor Aristeo logra que le aconseje cómo proceder ante la muerte de sus abejas. Sus instrucciones son claras: debe aplacar a los dioses, a los que ha ofendido, levantando un altar en su honor en el bosque, sacrificando allí algunos de sus mejores animales y regresar al cabo de nueve días. Transcurrido ese tiempo, Aristeo descubre que una tupida colmena de abejas hacendosas ha brotado de los cadáveres de las víctimas propiciatorias.

Es obvio que los Torra y Puigdemont, pero también los Rufián y Tardà, por mucho que jueguen a insurgente malo e insurgente bueno, reúnen todas las condiciones para que caiga sobre ellos la espada de la ley. Pocas cosas como su sacrificio ritual aplacaría la ira de los dioses de la opinión pública, que tanto se ha hecho notar en Andalucía. Media España les tiene ganas y la otra media está harta de soportarles.

También tendría sentido que esa muestra de arrepentimiento -equivalente a la abjuración de Iglesias del chavismo- alumbrara un enjambre de votos socialistas, a la par que una nueva colmena catalana, en la que la laboriosidad de sus gentes deje de estar atenazada por los zánganos que han hecho del separatismo subvencionado un modus vivendi.

Pero todo puede suceder de otra manera, nada conveniente para Sánchez. El presidente necesita un ‘incidente del golfo de Tonkin’ -o sea un casus belli como el de Johnson contra los norvietnamitas- sin que parezca que lo busca. Y el principio de proporcionalidad en la respuesta restringe su margen de movimientos a las reglas del foxtrot: tres pasos hacia un lado, uno hacia el otro; y, a continuación, lo mismo, sólo que en sentido opuesto.

Eso es lo que le ocurrió el pasado fin de semana con el corte de la AP-7 por los CDR y la apelación de Torra a la vía eslovena. Ambos episodios dieron de sí para las cartas de apercibimiento de sus ministros, para un duro discurso en el Congreso y para una ofensiva mediática, pero nada más. Sánchez se dio, enseguida, por satisfecho con el compromiso de la Generalitat de preservar el orden público, aparcando la depuración de los Mosos. Tres pasos hacia un lado, uno hacia el otro.

El ofrecimiento formal de un encuentro con Torra el propio 21-D inicia los tres pasos en la dirección contraria, en la seguridad de que, enseguida, tendrán el correctivo de su pasito atrás. Sánchez asume que sea Torra el que se haga de rogar, le atribuye a través de la portavoz Celaá la condición de «anfitrión» -como si el Gobierno de España no estuviera en su casa en Barcelona- e incluso acepta que le hable de autodeterminación; pero él responderá con referencias al Estado de Bienestar, como en todo buen diálogo de besugos. Tres pasos para avanzar, un cuarto para recular.

Así podría seguir hasta el infinito, atrapado en un baile que, tras su apariencia de constante  movimiento, esconde el inmovilismo sustancial de quien continúa siempre en el mismo sitio. Algo así, como si el Estafermo se hubiera hecho danzarín.

Este era el ‘plan A’ de Sánchez, en la medida en que tiene como pista de baile la Moncloa. Allá lo que les suceda a Cataluña y a España entera, mientras él permanezca. Bastaría con que Tezanos tuviera el don de que se cumplieran sus desvergonzadas profecías, incluso con un 30% de rebaja, para que nadie sacara al presidente del foxtrot.

El problema es que Andalucía ha abierto el abismo bajo sus zapatos de charol, demostrando que el tiempo juega en su contra; que cada día que siga teniendo a los separatistas como pareja de baile, seguirá perdiendo apoyos. Hay quien incluso le ha advertido de que, si se empeña en continuar así otro año más, puede terminar haciendo «un UCD» electoral.

Máxime cuando ni Casado, ni desde luego Rivera, van a facilitarle el discurso de la «alerta antifascista» que pretende compartir con Iglesias. Una vez que alcancen su acuerdo de 47 escaños, la aritmética del parlamento andaluz les vendrá al pelo para recordar a los socialistas lo que pasó en el Pais Vasco, cuando el PP hizo lendakari a Patxi López, a cambio de nada; lo que pasó en Madrid, cuando Ciudadanos firmó el Pacto del Abrazo para investir a Sánchez; o lo que ha pasado en la propia Andalucía, cuando Juan Marín ha sustentado a Susana Díaz casi una legislatura completa. Si tan dañina les parece la influencia de Vox, la abstención en la investidura de un candidato de centroderecha debería estar garantizada. ¿O es que el PSOE sólo se siente constitucionalista y sólo tiene capacidad de llegar a acuerdos transversales cuando le conceden el poder?

Sánchez está atrapado, constreñido en el tiempo por la cuenta atrás de la legislatura y en el espacio por la dependencia de lo que haga su pareja de baile. Pero por su mente zumban las abejas de la audacia. Necesita que algo pase pronto y si no pasa, contribuir a provocarlo.

Su estrategia no requiere convertirse en Ave Fénix. Le basta una mutación más terrenal.  Pero, dentro del repertorio político, esperen cualquier cosa. Ya lo advierten los dos últimos versos del soneto de Borges: «De Proteo el egipcio no te asombres / tú, que eres uno y muchos hombres«. Este lunes habrá que tener los oídos bien abiertos en la Copa de Navidad de la Moncloa.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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